La cuestión moral

Enrico Berlinguer. Foto flickr Maddy

Por Robert Deglané

31 de mayo. Cerramos con estas cartas de hoy un ciclo tártaro; este escaparate de correspondencias lo dejamos simplemente en suspenso. Acabado mayo y terminada la fase más crítica de este encierro que motivó nuestra correspondencia en el desierto, los tártaros hemos acordado clausurarlo con el recuerdo de un personaje singular, Enrico Berlinguer, el que fuera máximo dirigente del PCI entre 1972 y 1984. Falleció un 11 de junio de hace treinta y seis años, a consecuencia de un ictus que le sobrevino mientras daba un mitin en Padua. ¿Por qué Berlinguer? Por dos razones: porque nos da la gana, como dice Bizco Pardal, y porque todavía se puede aprender del pensamiento y acción de ese dirigente político. Berlinguer, no me voy a callar precisamente ahora, es un gigante de la política en un periodo y en un país de enanos.

Berlinguer fue sin duda un dirigente político peculiar. Querido por buena parte de los afiliados comunistas y respetado por una gran mayoría de italianos que no le votaron durante las décadas de los años 70 y 80 del pasado siglo. El político italiano hoy sería un bicho raro; y es fácil pensar que lo fue también durante los años en que dirigió el mayor partido comunista de Europa occidental. Funcionario del partido desde los 22 años,  prototipo de burócrata militante al servicio de la revolución tras la postguerra del 45 –lo cual es lo mismo que decir de la “revolución imposible”–, expresa, sin embargo, las maneras y los contenidos de una personalidad pertrechada de una potente cultura política y de una gran fuerza y altura intelectual. En eso, como en tantas otras cosas, siguió los pasos de su modelo, el indiscutible dirigente Palmiro Togliatti. Berlinguer no hablaba en latín, como así lo hacía Togliatti con De Gasperi, el otro mítico dirigente del partido católico, pero sí te podía citar a Maquiavelo de memoria o hablar durante un buen rato de la música de Wagner.

Los años que van desde 1972, cuando Berlinguer es elegido formalmente secretario general del PCI,  a 1984, año de su muerte, forman una década extraordinaria. Se abre con la etapa final de la guerra del Vietnam y los movimientos de protesta en buena parte del mundo capitalista, y se cierran solo cinco años antes de la caída del Muro de Berlín. Son los años en que Berlinguer elabora las tres grandes arquitecturas políticas que marcaron sin duda buena parte de las reflexiones políticas de ese final de siglo XX. Me refiero a la estrategia del compromiso histórico (1973), la política de austeridad (1977) y la teoría sobre la diversidad del PCI y la cuestión moral (1981). Son tres diferentes maneras de tratar la realidad política italiana que venía desplegándose desde los años 50 en el país alpino pero, al mismo tiempo, son tres versiones de una misma filosofía política berlingueriana: no hay política sin reflexión ética. Es decir, la política sin un proyecto de liberación de la persona es un ejercicio de artificio.

La cuestión moral se puede resumir en esta breve sentencia con la que respondía a las preguntas del periodista Scalfari: «Los actuales partidos son principalmente máquinas de poder y clientela; con un escaso o mistificado conocimiento de la vida y de los problemas de la sociedad, de la gente; con ideas, ideales y programas pocos o vagos; de sentimientos y pasión civil, cero. Gestionan intereses, los más dispares, los más contradictorios, a veces incluso turbios, sin ninguna relación con las necesidades y demandas humanas emergentes, a veces distorsionándolas, sin perseguir el bien común. Su propia estructura organizativa se ha adaptado a este modelo, ya no son organizadores del pueblo, formaciones que promueven su maduración e iniciativa civil: son más bien federaciones de corrientes, de camarillas, cada una con un jefe y un subjefe». Berlinguer trataba de traspasar una «democracia de partidos» que de ser un fundamento constitucional positivo estaba convirtiéndose en una oscura malla de intereses corporativos, particulares y con claras connivencias mafiosas. Lo que trataba el dirigente comunista era de reconstruir la democracia surgida de la Resistencia, una democracia de partidos efectivamente, pero sobre la base de que esos partidos lo eran en cuanto representantes de grandes corrientes culturales del pueblo italiano, no en cuanto grupos de poder y con intereses bastardos. Aquellas corrientes culturales, según Berlinguer, eran básicamente la católica, la socialista y la comunista; las tres expresaban el núcleo de la Italia de la Resistencia, la que había renacido tras el fascismo. Bien es verdad que tal proyecto pivotaba especialmente sobre dos vectores que Berlinguer pensaba eran los decisivos en Italia: el católico, a través de la DC, y el comunista, con su partido como aglutinador de las fuerzas laicas y seglares. Tales eran las grandes corrientes sobre las que había tratado de levantar aquel compromiso histórico tan polémico, tan debatido y, según el mismo dirigente comunista, tan mal comprendido.

La cuestión moral significaba revalorizar al PCI como partido diferente, distinto a los demás, no tanto por ser un partido superior a los otros sino por ser una fuerza política que al no haber participado en los gobiernos nacionales no estaba sometida a la acusación de corrupción. El PCI era por eso mismo un partido llamado a liderar una nueva forma de gobierno capaz de combatir y derrotar dicha corruptela, dicha combinación de intereses económicos particulares, partidarios y de fuerzas oscuras que funcionaban tras los poderes representativos. Lo expresa de forma directa en respuesta a Scalfari: «los partidos han ocupado el Estado y todas sus instituciones, a partir del gobierno».

Tal posicionamiento de Berlinguer le acarreó una fuerte discrepancia en el propio PCI, empezando por el ala derecha que encabezaba Giorgio Napolitano. Esta posición planteaba un acuerdo con los socialistas de Craxi a fin de llegar al gobierno en coalición. La propuesta de Berlinguer, que implicaba acusar también al PSI de formar parte de ese entramado de corrupción, suponía impedir esa vía. Fue el momento de la gran divergencia entre Berlinguer y el ala derecha comunista, divergencia que llegará hasta el momento de su muerte en Padua en 1984. A partir de aquel 1981 y de aquella cuestión moral las correlaciones internas en el PCI estuvieron sometidas a una agitación y una dinámica de la que ya no saldrían con ninguna síntesis y que, de una forma u otra, continuaron hasta los debates de 1989, los de la transformación en otra fuerza política. Pero esto ya no lo pudo vivir Berlinguer.

¿Podemos sacar para España alguna lección de esta reflexión que hemos tratado de resumir? Siempre es un ejercicio de riesgo traer hacia nuestro terreno los apuntes y pensamientos de una buena cabeza política; se puede caer en la falta de rigor o en la ausencia de contexto, dos vicios de la cultura de citas que tanto nos invade. Sin embargo, y asumiendo ese riesgo, me parece que la reflexión berlingueriana sobre la cuestión moral o crítica de una degenerada partitocracia en el interior de las democracias puede ser procedente en estos años y en España. Lo que en torno a los años 2011-2014 –años de la crisis de representatividad de los partidos y que estuvo en buena medida en la base del 15-M– vino en llamarse casta no es exactamente lo mismo. En esta posición pululaba un cierto flujo populista, crítico contra el sistema de representación partidaria que en Berlinguer jamás lo hubo. Nuestra «nueva política», hoy ya en el gobierno, proponía una ruptura radical del modelo constitucional de partidos para proponer no se sabe qué. Posteriormente, y con la constitución de Podemos como partido político parlamentario, esta corriente de protesta se ha ido integrando en el cauce de la acción parlamentaria. Me atrevería a decir que casi ha quedado reducida a eso, a un grupo parlamentario que actúa solo y exclusivamente desde esa plataforma institucional, sin ninguna red –salvo la digital– de actividad o de apoyo social.

Sigue vigente aquella propuesta de Berlinguer de resignificar a los partidos no precisamente como «máquinas electorales» ni como «sujetos de poder» sino como entidades de pensamiento y cultura colectiva, representativas de las fuerzas vivas que actúan en la sociedad, creadores de programas capaces de aglutinar a amplias masas de personas unidas por unos ideales. Esa cuestión moral sigue siendo una brújula necesaria en estos tiempos de tormentas y borrascas y por ello el pensamiento de Berlinguer sigue actual.

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