La austeridad, según Berlinguer

Por Bizco Pardal

31 de mayo. En efecto, El desierto de los tártaros dejará de estar en sus pantallas. Lo ha confirmado oficialmente el portavoz del grupo, Robert Deglané. Las razones de su nacimiento (servir de vínculo emocional durante el confinamiento) han desaparecido felizmente. O eso, al menos, creemos tocando madera. Seguiremos en el anonimato pues no hay motivos para quitarnos esa mascarilla. El triángulo esférico Montes Orientales granadinos, el río Barbate y las faldas del Montseny seguirán naturalmente hermanados así en la dicha como en la desgracia. Nos marchamos a nuestros quehaceres: el primero es zahorí diplomado, el segundo vende libros haciendo el seis por ciento de descuento y el tercero investiga en las entretelas de la química orgánica.

Los tres, en esta última ocasión, hablaremos de Enrico Berlinguer desde tres aspectos diversos en los que brilló nuestro amigo italiano: la cuestión moral, la austeridad y el papel de los intelectuales. A un servidor le ha tocado el tema de la austeridad. Normal: es lo más adecuado para quien vive y trabaja en Izavieja.

Berlinguer, una figura fascinante. Testigos de su nominación como secretario general del Partido Comunista Italiano en el XII Congreso explican la emoción de los congresistas cuando dijo como quien no quiere la cosa: «No seré ni Togliatti, ni Longo». Y vaya que lo cumplió.

Primer tranco

Enrico Berlinguer dio la campanada con sus Conclusiones en la Convención de los Intelectuales en Roma, Teatro Elíseo, 15 de Enero de 1977 (1). Italia vivía en aquellos entonces unos tiempos convulsos. Los terrorismos de la extrema derecha y de las Brigadas Rojas estaban haciendo una tenaza contra la democracia y el Estado. Algunos sindicalistas serían objeto de atentados de las BR: por aquellos días a mi amigo Claudio Sabattini  le desfiguraron la cara y las manos; dos años más tarde caería asesinado el obrero del puerto de Génova, Guido Rossa. A su vez, la crisis económica tras la subida de los precios del petróleo a raíz de la guerra del 73 entre los árabes y los israelitas  estaba provocando una importante conflictividad laboral en todos los sectores de la producción y los servicios.  En ese contexto político Enrico Berlinguer pronunció el discurso político que comentamos.

La idea central del discurso —la austeridad—  venía rondándole la cabeza a nuestro hombre desde hacía tiempo. Antonio Tató, su mano derecha, lo ha explicado en una magnífica entrevista que publicó la reputada revista Pasos a la Izquierda (2).  Este discurso fue publicado  en castellano por Materiales un año más tarde en la versión que hizo Alberto Nicolás y la introducción de Julio Segura. El discurso causó revuelo. Y hasta hubo quien aseguró que era «visionario», una expresión que tiene mil significados en política desde el más agraciado y lisonjero hasta el más demoledoramente despectivo. Finalmente hubo quien, a fuer de caritativo, envió el discurso al vecindario de los utópicos como si se tratara de los fraticelli medievales. 

Hubo quien dijo que no se había entendido el discurso. Falso. Lo captó todo el mundo de los amigos, conocidos y saludados de Berlinguer. Lo entendieron los comunistas, los socialistas y la izquierda en general. Vaya que sí. Vieron que era una lúcida heterodoxia que ponía en cuestión la teoría del desarrollo sin límites y el consumismo irracional, las formas de producir y el qué producir.  En resumidas cuentas, todos –o casi todos–  sintieron repelús porque aquello ponía patas arriba la economía y la industria. Lo mejor sería tratar el discurso con un displicente ninguneo. Berlinguer no fue arropado por los reformistas de Giorgio Napolitano ni los izquierdistas de Pietro Ingrao.  Tampoco los dirigentes sindicales de la época se dieron por aludidos. El sindicato era hijo y nieto del fordismo, y todavía la voz de otro heterodoxo, Bruno Trentin, no le había ajustado las cuentas al Evangelio según Henry, el famoso ingeniero y capitán de industria norteamericano. Más todavía, al sindicalismo italiano se le hacía cuesta arriba a principios de 1973 plantear una política de austeridad tras las conquistas salariales de los otoños calientes de principios de la década de los setenta.

Por último, hubo quien sospechó que Berlinguer había dado en la diana, pero temió las consecuencias de su discurso. Así es que se alineó con los temerosos, aunque dejando el siguiente mensaje: «Tener razón antes de tiempo es equivocarse». Irreprochable la sesera acomodaticia de este nicodemita.

Segundo tranco

Berlinguer parte de una consideración: la austeridad es el medio de impugnar por la raíz y sentar las bases para la superación de un sistema que ha entrado en una crisis estructural y de fondo, no coyuntural; cuyas características distintivas son el derroche y el desaprovechamiento, la exaltación de los particularismos e individualismos más exacerbados, del consumismo más exacerbado. Algo que posteriormente plagiaron no pocos ecologistas que ni siquiera se dignaron citar la fuente berlingueriana.


Berlinguer, además, afirmó testarudamente que: la política de austeridad no es de nivelación tendencial hacia la indigencia ni se propone la supervivencia de un sistema económico y social que ha entrado en crisis. El dirigente comunista, por el contrario, enfatizaba que ha de tener como finalidad –y por eso puede y debe ser asumida por el movimiento obrero— la justicia, la eficacia, el orden y una moralidad nueva. Temas que fue desarrollando y ampliando a lo largo de sus discursos políticos. Véase ya la madurez de su planteamiento en el discurso ante los jóvenes en 1982 (3).

Tercer tranco

Las izquierdas no quisieron entender la propuesta de Berlinguer. Peor todavía, daban la sensación que se encontraban en la confortabilidad de sus rutinas. Seguía esposada voluntariamente a la ideología del taylorismo—fordismo. Tan solo contestaban el abuso de las prácticas de dicho sistema, pero no el uso. Mientras tanto, así las cosas, se producía un ´efecto Penélope´: de un lado, Berlinguer tejía un proyecto profundamente de izquierda con «elementos de socialismo»; de otro lado, se iban apagando –en expresión de Juan de Dios Calero— los faros de largo alcance de la izquierda, dando paso a una luz de quinqué para gestionar el día a día de manera administrativa. Solo luz de gas.

1)            http://www.mientrastanto.org/boletin-101/documentos/la-austeridad-1977
2)           Dos recuerdos sobre Berlinguer: La “austeridad” y la “cuestión …

3)           Discorsi della Domenica: discorso di Enrico Berlinguer ai giovani

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