Berlinguer: exploraciones sobre el “buen sentido”

Por Ignacio de Mágina

31 de mayo. Si tal como se filtró días atrás en algunos medios blogueros, los tártaros hemos decidido cerrar por vacaciones nuestra sociedad de correspondencia hablándonos sobre una figura y un discurso como lo son Enrico Berlinguer y su “austeridad” -nunca del todo entendida o siempre mal entendida-, no veo por qué deberíamos justificarlo. Algún conocido me insiste y me dice que lo hagamos. ¿Por qué? le pregunto, y contesta diciéndome: “así no provocáis ninguna confusión”. No estoy seguro de que podamos contribuir todavía más a la gran confusión política del país. Podría decirse que hoy y desde hace tiempo el “confusionismo” es la ideología dominante que, como sabemos o sabíamos, es la ideología de las clases dominantes. Dicho esto, es simplemente pretencioso, cuando no pedante, pensar que bajo el nuevo vocablo del “tartarismo” se tenga la influencia de la que me habla mi conocido. Berlinguer y su discurso sobre la austeridad, interpretada como sobriedad, sí tuvieron cierta y relativa influencia en su momento. Aunque fijaos bien, que sólo con el paso del tiempo aquella propuesta mal identificada ha sido valorada y su influencia ha podido aumentar en cierta medida. Por eso nos ha parecido que, tomando la distancia necesaria, puede ofrecernos una mirada no sólo sobre el mundo de ayer sino también sobre el de hoy.

«La intervención de la cultura en un proyecto de renovación de la sociedad italiana», pronunciada por el dirigente comunista italiano en el Teatro Eliseode Roma, el 15 de enero de 1977, planteó unas conclusiones ante una convención formada por intelectuales, comunistas y de otro signo, y representantes políticos de diferentes orientaciones. No obstante, conviene recordar que otra intervención similar se repetiría, dos semanas después, en la asamblea de obreros comunistas de  Lombardía, en el Teatro Lírico de Milán. ¿Por qué inició Berlinguer el año con su intervención en una convención de intelectuales? Este dato indica que la cuestión no se reducía a reunir a aquel grupo, sino a establecer una corriente entre el mundo del trabajo y la cultura. Por otro lado, que Berlinguer hiciera estas presentaciones públicas no significa, tal como recordó Antonio Tató, secretario personal del dirigente del PCI, que la argumentación más completa y orgánica de la política de austeridad no tuviera sedimentos previos, elaborada al compás de los propios acontecimientos que tuvieron lugar tiempos atrás (http://pasosalaizquierda.com)

La aportación de la cultura para la elaboración de un proyecto de renovación de la sociedad de la que habló Berlinguer –referida a una sociedad italiana que atravesaba una profunda crisis durante los llamados “años de plomo”- debía ser el resultado de una investigación y de un trabajo común que superara lo que hubiera realizado o pudiera realizar el propio grupo dirigente del PCI. Cabía “evitar el error de los proyectos elaborados sólo desde un escritorio”, pero además la reforma intelectual y moral, la transformación de la sociedad, no podía pasar por la aplicación de “doctrinas o esquemas ni copiar modelos ya existentes”; conducía, por el contrario, a la búsqueda de superar el parón del motor de impulso que representó la Revolución de 1917, tal como el propio Berlinguer planteó en 1981 ante el golpe de estado del general Jaruzelski en Polonia. Era necesario, según decía, “recorrer caminos nuevos todavía por explorar, es decir, inventar algo nuevo, pero que esté bajo la piel de la historia, algo maduro, necesario y, por consiguiente posible, es natural que el primer momento de nuestro trabajo haya sido y tenga que ser el encuentro con las fuerzas que son o deberían ser creativas por definición: con las fuerzas de los intelectuales, de la cultura”. El dirigente italiano apelaba a una necesaria síntesis entre la fuerza social principal, en aquel momento la clase obrera, y los grupos que expresan la acumulación y el desarrollo de la cultura y la civilización. No puedo dejar de mencionar aquí, sin entrar en ella, aquella afortunada imagen de la “alianza de las fuerzas del trabajo y la cultura” que formuló el comunismo español durante la dictadura franquista, un descubrimiento propositivo sin, por ello, tratar de mitificar nada apelando a la épica del momento.

Pero retomando el discurso de Berlinguer, éste argumentaba la necesidad del protagonismo de todas las fuerzas intelectuales en las propuestas e iniciativas encaminadas a revitalizar y renovar las instituciones culturales (comenzando por la escuela, la universidad y los centros de investigación) y, al mismo tiempo, con el fin de “participar en la elaboración de las opciones globales, y no meramente sectoriales, que han de constituir la base del proyecto” de una nueva sociedad. No habría solución al problema “(…) sin un aumento del saber y del amor al saber, sin una renovación de los instrumentos del saber para que la producción de cultura y, por consiguiente, las instituciones culturales, participen también en el saneamiento y en la renovación de toda la sociedad”. De lo contrario, difícilmente se podría resolver la contradicción de dejar atrás la esfera del “sentido común” para afianzarse en el terreno del “buen sentido”, la capacidad para resolver la necesidad de ordenar una nueva manera de ver el mundo, más compleja y arraigada a la realidad. Esto requeriría de la intelectualidad, en todas sus facetas (filosóficas, culturales y científicas), aun sabiendo de la complejidad el grupo y de la especialización de los propios intelectuales en categorías que los distinguen entre ellos.

Visto en perspectiva, sin embargo, si el pasado siglo XX entre otros rasgos distintivos podría decirse que fue “el siglo de los intelectuales”, en el inicio de este siglo lo destacado ha sido “el silencio de los intelectuales”. Una cuestión esta que viene de lejos. Cuando menos tiene su comienzo a partir del debate abierto una vez que Mitterrand ocupó el Palacio del Elíseo en 1981, apelando directamente a la actitud de la figura histórica del “intelectual crítico” o “intelectual de izquierdas” forjada durante la posguerra mundial. En efecto, a lo largo de las últimas décadas se habría producido la desaparición de un tipo de intelectual, aquel que hablaba en nombre de la historia, con raíces en la larga tradición ilustrada. Sin embargo, tengo la impresión de que aquella polémica fue posiblemente artificiosa, respondería más a las claves que planteó en su momento el sociólogo francés Pierre Bourdieu, haciéndose antipático o muy antipático para algunos, cuando argumentó que en la medida que se participaba en el llamado debate sobre “el silencio de los intelectuales” no se buscaba más que relevancia periodística, en detrimento de mantener su rol fundamental: la irreverencia o crítica a todos los poderes. Es decir, aquel supuesto debate situaba a la figura del intelectual en el narcisismo en la misma medida que lo alejaba del compromiso con la sociedad de la que formaba parte, de mezclarse con la vida práctica y de no encerrarse sobre sí mismo como mero observador y especialista.

Lo llamativo del tema es que cuarenta años después vuelven de manera reiterada las preguntas: ¿Dónde están los intelectuales? ¿Por qué su silencio? Tal vez la pérdida de la función social inmediata de esta categoría profesional o, tal vez, el predominio de un desorden intelectual privilegia el papel de lo que ha sido el tipo tradicional de intelectual y, de nuevo y como antes, los periodistas -en concreto aquellos de esta profesión que se consideran literatos, filósofos y artistas- se presentan a sí mismos como los “verdaderos intelectuales”. Es cierto que ahora se situaría en una escala degradada que en los medios de comunicación se identifica con el “experto opinante”. Esta figura se correspondería a la más típica de las categorías intelectuales, la de los “clérigos”, disfrazados de escribas sentados, cuyo propósito es persuadir a la mayoría de la población de cuáles son sus intereses inmediatos y futuros, con una visión del mundo hegemónica y funcional a los poderes que defienden la imposibilidad de otra vía distinta, de otra posible forma de vida en sociedad.

Los partidos políticos tienen que hacer política, decía Berlinguer. Hoy no parece que estén haciéndola. La falta de pasión política es compensada con la bronca y el insulto, dejando de lado las exigencias y las necesidades de la ciudadanía ante nuevos y urgentes problemas. Se desarrolla en mayor profundidad lo que ya entonces Berlinguer calificó como “mercantilismo” de Estado, aquello que cabe hacer de él, más que perseguir el bien común. El resultado es que la democracia se reduce en lugar de ampliarse y desarrollarse. Ante esta situación el propio dirigente italiano se preguntaba: “¿No ha llegado el momento de cambiar y construir una sociedad que no sea un basurero?”. Frente a esto, la alternativa democrática propuesta por Berlinguer contenía los elementos que él denominó “socialistas”. Hoy podríamos hablar en parecidos términos de la necesidad de ir más allá del tipo de partidos existentes, de propiciar nuevas formas. La movilización social tiene que ir acompañada de una solución política a partir de nuevos protagonistas y nuevas energías, dentro y fuera de los partidos, vinculados con otros ámbitos de la sociedad, sin concebirse como una nueva alianza entre los partidos tal como son. El mundo intelectual y de la cultura es un elemento necesario, no sólo desde su campo de especialización sino también de su intervención política, del gobierno de la sociedad, desde el terreno del compromiso con un “orden nuevo” frente al “nuevo desorden” que hoy se plantea como pulsión y amenaza.

Como sabéis el “tartarismo” es una respuesta a una situación concreta, a un estado de ánimo, a una corriente de afectos e intereses compartidos. No tiene más vínculos que los establecidos entre los miembros de una improvisada sociedad de correspondencia. Decía una figura intelectual y política de gran formato que “Todos los hombres son intelectuales; pero no todos los hombres tienen en la sociedad la función de intelectuales”, del mismo modo que no se dirá que todos los hombres son cocineros o sastres por el hecho de que cada cual puede freírse en algún momento un par de huevos, o coserse un desgarrón de la chaqueta. Pues bien, los tres tristes tártaros (un persistente heterodoxo, un experimentado instructor de bases y un cronista y editor de papeles de otros) hemos hilvanado pensamientos en nuestra relación epistolar que no responden únicamente a un estado de ánimo. Somos seres contradictorios. Por eso, de ser un grupo de “intelectuales” lo es heterogéneo por origen, generación y trayectorias, incluso por gustos estéticos. El tartarismo no se ha concebido como ideología, ni nueva ni vieja, aunque las ideas de sus miembros, todas mezcladas, pueden contribuir a ofrecer una cierta visión del mundo. Nuestro apodo, interpretado por algunos como incivilidad o vandalismo intelectual, seguramente advierta sobre el hecho de que los bárbaros no vienen de fuera sino que están adentro.

Me despido de vosotros al abrir un paréntesis en estas cartas tártaras, intercambiadas durante estos meses de confinamiento. Bien comienza lo que bien acaba. Desde luego, dadas las circunstancias no ha podido ser la reunión de amigos en el campo ante la peste que asolaba Florencia, como relata Boccaccio en el Decamerón (1348), pero sí me atrevería a decir que, como en aquella reunión, sí ha sido una terapia frente a la pandemia.

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