Valor de uso, valor de cambio

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Por Ignacio de Mágina

27 de mayo. El otro día saboreaba un cortado en el “Café de Chinitas”. Mediaba, por supuesto, la distancia social establecida por las autoridades sanitarias. El local estaba concurrido, pero la gente andaba como pisando huevos; saludos con la mirada, abriendo los ojos como santo y seña; baile intuitivo, esquivando la trayectoria de los cuerpos; agitación de las piernas para aguantar la orina ante un riesgo inminente,…, “¡Unos servicios higienizados con no sé cuántos productos!”, se apresuraba a informarnos el tabernero, mientras mordía un palillo por debajo de su máscara en grana y oro, con un rostro bordado que identifiqué con: ¡la Argentinita…! Genio y figura. Los diseños de fantasía han eclosionado en el brioso sector de la confección de estas prótesis de las que ya dependemos en nuestra vida diaria. A veces pienso que es como si hubiéramos decidido ponernos en sombrero en la boca, recuperando un viejo hábito que había quedado en desuso.

Mientras estaba en el aprendizaje de dar un sorbo tras otro por debajo de la mascarilla protectora, pensaba en una de las circunstancias que nos ha hecho vivir esta crisis sanitaria de la que, al parecer, dicen que estamos saliendo, ya sabéis: “desescalando”. Me preguntaba qué conclusión podríamos sacar de que los llamados “servicios esenciales” se hayan correspondido con aquellos sectores más precarizados, peor pagados, de la población trabajadora, mientras que los más protegidos desde un punto de vista laboral y con mayor prestigio social quedaban recluidos a los “servicios no esenciales”. El mundo al revés.

Por poner un ejemplo, una cajera de supermercado no ha dejado de ir a trabajar por su consideración de “servicio esencial”, mientras que un catedrático universitario no se ha movido de su casa, eso sí, haciendo clases on-line o atendiendo como bien ha podido a sus alumnos y, en teoría, aplicando una “evaluación continuada” prescrita por el Espacio Europeo de Educación Superior, por el llamado “Plan Bolonia”. El personal sanitario, por supuesto, no ha dejado de ir a trabajar mientras que un CEO empresarial, es decir que el consejero delegado o director ejecutivo, ha mantenido sus reuniones de trabajo por videoconferencia, sin moverse de su domicilio.

No hace falta decir que un cálculo rápido, y tal vez poco preciso, muestra que la diferencia salarial entre unos casos y otros es más que notable. Como mínimo, la trabajadora del supermercado cobra 10 veces menos que el catedrático universitario. Imaginaos la diferencia que puede establecerse entre la remuneración de ese personal sanitario en todos sus escalafones, desde el camillero al cirujano, con el directivo empresarial, una diferencia que podría situarse muy por encima de unos ingresos, tirando por lo bajo, 100 veces superiores en el caso del directivo.

Lo que en la “antiguo normalidad”, según y cómo, era invisible se ha hecho plenamente visible: la aceptación y la arbitrariedad de los criterios sociales y económicos para dar valor a una actividad laboral en detrimento de otra. No deja de ser llamativo que en eso que, para entendernos, podríamos llamar la vida de antes se consideraba como una tarea esencial, fundamental para la formación y cualificación de los jóvenes universitarios, ha pasado durante estos meses a ser “un servicio no esencial”, mientras que aquella otras actividades consideraras socialmente como menores y con poco “valor añadido” han adquirido relieve, haciéndose imprescindibles como trabajos en medio de la pandemia. Llama la atención cómo se ha venido valorando la actividad de un ejecutivo y cómo se remunera, fundamentalmente no por la riqueza o la rentabilidad social que crea en función de cubrir las necesidades de la sociedad, como es el caso del personal sanitario, sino en función del reparto de dividendo de los accionistas. Estos cambios nos alertan de nuevo sobre esa subjetiva y escurridiza idea del “valor social del trabajo”. De quién crea y para quién se crea la riqueza en nuestras sociedades; de cómo se apela a un permanente y sostenido “crecimiento económico” sin preguntar con frecuencia para qué, simplemente como un fin en sí mismo.

En definitiva, nos remite a una reflexión sobre la ceguera mostrada por una “mano invisible” llamada mercado total, nos alerta sobre la carga de subjetividad en la definición del llamado “valor de cambio” y del menosprecio hacia el “valor de uso”. Si esta enorme crisis no ha hecho mella en nuestras concepciones sobre este asunto, y no está nada claro que lo haya hecho, la pandemia habrá sido una tormenta en medio de la noche. El portal que hayamos atravesado nos conducirá al mismo sol que en la vida de antes. La vida nueva que algunos pronostican y anhelan habrá sido un sueño interrumpido por la pesadilla de la “nueva normalidad” como una “nueva precariedad”. Frente a esto queda oponer un contexto de confianza en que la concepción imperante del “valor de cambio” caiga, aunque sea de manera progresiva y lentamente, en desuso. Esto, ya sabéis, como deseo y como aspiración, desde el optimismo, frente a una realidad que desde el pesimismo se prefigura muy dura. Se requerirá de un “túnel cuántico” para perforar esa realidad, un fenómeno que rompe con los principios de la mecánica clásica y que, simplificando, nos mostraría a nosotros mismos atravesando una montaña.

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