De la seda de los balcones al percal de la sanidad pública

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Por Bizco Pardal

Primer tranco

27 de mayo. Dice Mateo que «no sólo de pan vive el hombre». Mateo, el menos espiritual de los apóstoles del Galileo, antiguo recaudador de impuestos. O sea, publicano. En efecto, es mucho mejor que el pan esté acompañado de unas buenas lonchas de jabugo o, en su defecto, de la buena morcilla que se hace en la matanza de Izavieja. Pues bien, de igual manera se podría decir que no sólo de aplausos vive el que trabaja en los servicios esenciales durante estos tiempos tan infecciosos.

La gran paradoja es que en su inmensa mayoría esos asalariados, excepto honrosas excepciones,  forman parte de ese cuantiosísimo ejército de precarios y malpagados. Su gratificación está siendo –mejor dicho ha sido–  en unas especias muy particulares: los aplausos y ovaciones de las ocho de la tarde en las ciudades y pueblos de España. Nos han cuidado y se han contagiado del virus. Habrá que decir sin reservas que han sido el macizo de la responsabilidad. Hemos leído en diversos libros de Historia que ese mismo comportamiento se ha dado en otras ocasiones similares. Pero, en esta ocasión, lo hemos visto nosotros, hemos sido contemporáneos de ese código deontológico que, en la mayoría de las veces, se ha transformado en solidaridad.

Leo en un librito de Stefano Rodotà (Solidarietà un´ utopia necessaria. Laterza, 2014)   que la palabra solidaridad «se ha convertido en una palabra proscrita». Y que, de hecho, hay quienes la quieren liberar de su sentido positivo. Más todavía, «la eliminación del principio de solidaridad como guía de la acción pública y privada y criterio de valoración de los comportamientos se presenta, además, como un acto de arbitrio, una amputación indebida del orden jurídico». Pues bien, el comportamiento profesional de los sanitarios ha desbordado los códigos de la práctica profesional y se ha convertido en un inmenso paradigma solidario. Los aplausos de millones de personas es una austera correspondencia a tanta abnegación.

Ahora bien, no puedo dejar de expresar mi cólera ante los comportamientos de centenares de miles de personas que, en las dos últimas semanas, han contravenido escandalosamente las normas sanitarias y de prevención. En primer lugar, los dirigentes del Partido Apostólico que, con el Manifiesto de los Persas, ha llamado a manifestarse públicamente. En segundo lugar, a un cuantioso ejército –mitad pijos, mitad garrulos–  que se ha confrontado con la normativa sanitaria. Unos y otros con la mirada comprensiva de algunos estetas de la ocurrencia que han elaborado una teoría chocante que igualaba confinamiento sanitario a déficit de libertad. Se vistan como se vistan estas actitudes han sido, y hasta el momento son, un desprecio a la solidaridad activa (Bruno Trentin llamaría solidaridad transparente) de los profesionales sanitarias de todas sus categorías y del conjunto de los trabajadores de los servicios esenciales.

Digamos las cosas por su nombre: mientras estos profesionales daban el callo cobrando una miseria y con unos empleos precarios, algunos estratos de la sociedad –asalariados o no–  estaban tan panchos en sus casas (algunos se fugaron a Marbella) con sus buenos o regulares empleos y sus salarios buenos o también regulares. La Administración Pública no ha dicho cuatro cosas sobre el particular. 

Segundo tranco

Ahora bien, la relación entre los profesionales de la salud y el conjunto de los asalariados de los servicios esenciales con la sociedad ha creado una profunda interferencia en el deterioro del concepto y la práctica de la solidaridad. Esa solidaridad transparente de los balcones ha devuelto nuevas vitaminas al viejo y noble concepto de la solidaridad. Así pues, podemos establecer con precaución la siguiente hipótesis: posiblemente dejen un substrato en la sociedad española y, aunque la solidaridad no tiene trayectos lineales, tal vez quede un rescoldo caliente. En todo caso, recuperamos la variación del concepto del publicano Mateo: no solo de aplausos viven los profesionales de la sanidad y los trabajadores de los servicios especiales. Por lo que somos del siguiente parecer: la solidaridad de las balconadas y su rescoldo deberían orientarse a que la ciudadanía apoye activamente las reivindicaciones de aquellos profesionales que, además, interesan a dicha ciudadanía. Empezando por romperle el espinazo a esta paradoja: los profesionales de las áreas más sensibles del Estado de bienestar (welfare state)  no tienen la dignificación salarial, la contratación laboral y la valoración social de su trabajo. De manera que la solidaridad transparente de los balcones debe reorientar su fisicidad al apoyo de las reivindicaciones de estas categorías profesionales. Robusteciendo, además, la sanidad pública. Más todavía, potenciando la investigación, el desarrollo y la innovación en ese espacio de la sanidad pública.

Tercer tranco

Las fuerzas políticas deberían reflexionar sobre la disparatada lucha política que se ha dado durante la pandemia. La acción subversiva de las derechas apostólicas –tanto las carpetovetónicas como las de Waterloo–  ha sido lamentable. Parecía que le interesaba más ir a degüello contra el gobierno progresista que arrimar el hombro contra la pandemia. Una parte de la cara de España ha dado mucho que hablar (mal) en Europa. En cierto sentido, parecía que se volvía a las luchas decimonónicas entre los serviles y los liberales. De hecho, visto desde una perspectiva tártara, digo para mi coleto que las acciones callejeras de los cayetanos de Madrid y otras ciudades españolas han sido una exasperada reacción contra el ambiente de los balcones, con la solidaridad transparente que se daba desde los balcones.  

Constará Dios y ayuda recauchutar esa situación. Pero, al menos en el terreno de la Sanidad, debería concretarse una tregua de larga duración y, estableciendo los oportunos consensos, abrir un proceso de negociaciones para poner al día la Sanidad pública española y, muy particularmente, la condición de vida y trabajo de sus profesionales. 

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