Contrato social

Photo by Vinicius “amnx” Amano on Unsplash

Por Robert Deglané

27 de mayo. Mi experiencia, directa y aprendida de los demás, acerca de la influencia que la pandemia está ejerciendo sobre nuestro modo de vivir en sociedad me confirma una obviedad: la Covid-19 está cambiando ya nuestra cultura social. Y en esa cultura, la parte que afecta al trabajo es componente fundamental de nuestro ser social. Es palpable que este impacto vírico va a cambiar nuestra manera de relacionarnos y de establecer nuestros enlaces con la propia naturaleza.

Hace años, un señor llamado Jeremy Rifkin habló del «fin del trabajo» como señal primera del nuevo modelo civilizatorio. La tecnología y los avances científicos iban eliminando de la vida social el factor de trabajo humano hasta llegar en algunos casos a ser innecesario. Como ocurre en muchos casos, creo que el señor Rifkin cogió el rábano por las hojas. La automatización elimina fuerza humana de trabajo en algunos procesos productivos pero, a su vez, genera posiblemente más trabajo humano en otros segmentos de la vida social. Los datos no parecen ir por donde predijo el americano: que los cajeros automáticos eliminen personal humano en los bancos no quiere decir que así sea en todas las facetas de la producción ni de los servicios.

La pandemia ha mostrado a su vez la calidad de muchos trabajos, como habéis dicho muy bien, amigos tártaros. Funciones hasta ahora invisibles u ocultas al resto de los mortales el coronavirus nos las ha hecho florecer con nuevos prestigios. El antiguo barrendero se ha convertido en un empleado de salud pública tan necesario como un policía sin semáforos. Un enfermero de ambulancia adquiere una posición indispensable cuando a un familiar le afecta un episodio de repentina gravedad y tenemos que llamar urgentemente al 061. Una cajera de supermercado ha pasado a ser, también lo decís, personal indispensable y no sometido a la cuarentena. Un maestro que se hacía cargo de nuestros nietos –la de abuelo es ya mi estado y situación– y que deja de recibirlos a las 9 de la mañana en las puertas del cole se ha convertido en la figura ausente que más añoran los padres. Sus trabajos son necesarios y, así lo asumimos, no pueden ser puestos en entredicho en estas semanas de encierro y miedo colectivo.

Al contrario, hemos experimentado la sensación de que podemos vivir sin necesidad de recurrir a otros trabajos o servicios que antes nos parecían completamente útiles. Podemos vivir, generalmente, sin ir al banco ya que casi todas nuestras operaciones son ya electrónicas y a distancia. Podemos también hacer las gestiones con  el ayuntamiento o con hacienda mediante el uso del sistema Cl@vePIN y, generalmente, con más rapidez que desplazándonos al local del ayuntamiento. En cierto modo, este trance social provocado por el coronavirus ha potenciado una división social, tecnológica y laboral que ya venía dibujándose desde hace años. Hay trabajos que van a lo mejor a desaparecer definitivamente tras esta pandemia y hay otros que posiblemente van a revalorizarse. Las tendencias están marcadas, ya veremos a dónde nos lleva la realidad.

De todos modos, yo huiría como de la peste de las grandes predicciones y los majestuosos planes de futuro. La experiencia de estos cortos pero intensos meses nos indica que es bueno hacer ciertos adelantos de futuro pero sin exagerar. Hay que disponer de buenas herramientas predictivas, estadísticas, matemáticas; hay que dejarse acompañar de buenas líneas estratégicas que te ayuden a navegar por un océano de innumerables casos particulares. Pero del mismo modo que todos, al nivel que sea, hemos tenido que responder con una buena dosis de improvisación y respuesta inmediata, aprendidas de nuestras experiencias y saber hacer, es posible que a partir de ahora nadie tenga la llave del destino asegurado. Vamos a tener que ir adaptándonos a las nuevas realidades, acomodando nuestros cuerpos y nuestras mentes a escenarios unas veces desconocidos y otras simplemente intuidos. La buena experiencia de estos tres meses es que se ha demostrado que el cuerpo social humano no es una máquina que responde al input SI/NO de la cibernética. Para que ese cuerpo social funcione necesita del uso de la razón, la lógica, la emoción y la experiencia, todos ellos factores de inmensa importancia a la hora de poner en marcha ese organismo.

El trabajo no ha terminado ni va a extinguirse a corto plazo. Sigue siendo un elemento decisivo de ese organismo social que llamamos Humanidad. Lo que sí puede estar ocurriendo es que ese factor que reside en lo más decisivo de la vida social humana esté transformándose a marcha acelerada y ante eso todos tengamos que adaptarnos. Y esa adaptación, que tendrá que ser de todos, solo será posible si recuperamos aquella propuesta ilustrada del contrato social. Solo a través de un encuentro de intereses diversos será posible reconstruir un mundo donde el trabajo, y sus protagonistas, estén adecuadamente reconocidos y valorados. Una obligada revalorización del  trabajo ligado a la formación, la jubilación y el ocio como factores de la vida social buena y plena. Esa será posiblemente la revolución que tenemos por delante y a la que tenemos que acercarnos con los mejores instrumentos del conocimiento y experiencia humanas adquiridas en esta crisis.

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