Tempos y adagios

Amsterdam confinada. Foto por Max van den Oetelaar on Unsplash

Por Robert Deglané

25 de mayo. Los hechos del 20 de mayo no creo que pasen a la historia con mayúsculas aunque están cubriendo todos los titulares y crónicas. La firma de ese extraño acuerdo acerca de una «derogación íntegra de la reforma laboral» de Rajoy con vistas a conseguir votos para sacar adelante el estado de alarma se ha convertido en un ejemplo de la política actual española. No voy a comentar mucho más de lo que Ignacio de Mágina o Bizco Pardal hacen en sus columnas ya que son contundentes y expresivas de la sensación de decepción y morriña que ha causado esa firma. La firma del documento tuvo un tempo concreto, el miércoles previo a la votación sobre el estado de alarma, pero los firmantes se dejaron llevar por esa fracción de tiempo sin calcular que la política sigue consumiendo, después, minutos y minutos, sin que el partido parezca tener fin. Tempo continuo…

Sigamos con los tempos. Leo esta mañana de domingo La Vanguardia, periódico que suelo comprar en el kiosko-bar de la calle Antonio Maria Claret y que leía acompañado de un café con leche y un croissant, objetivos imposibles ahora en estos tiempos de pandemia. Me llevo por tanto el periódico a mi casa y me tomo allí el café nespresso. Leo a mi alcaldesa Ada Colau, en una entrevista que le hacen Enric Sierra y Ramon Suñé. Nuestra Ada habla de muchas cosas relacionadas con esta ciudad: turismo, tranvía, transporte público y privado, de masas e individual y, como es evidente dado el tempo, entra también en los asuntos madrileños: alta política. Ante la pregunta que le hacen los dos periodistas sobre su opinión tras el voto favorable de Ciudadanos al estado de alarma, dice Colau: «…en las políticas de presente y futuro hay que seguir trabajando y dialogar mucho con quien tenemos los principales acuerdos y eso pasa por la mayoría de la investidura. Porque con las medidas sociales que creemos que hay que impulsar, no creo que Ciudadanos esté de acuerdo con muchas de ellas». Adagio continuo, nada ha cambiado, sigue la misma melodía y con los mismos instrumentos.

Y, sin embargo, parece que el mundo ya no es el mismo que el de enero de este mismo año. Todo ha cambiado y, si todo ha cambiado, significa que todo ha cambiado. También la situación política. Hablan Mágina y Pardal de la falta de sintonía entre parlamento y sociedad a la hora de establecer los tempos y las melodías. Esa carencia de simetría entre realidad y sintonía también ha llegado a las esferas del poder que se asienta en una ribera de la plaça de Sant Jaume. Una, la de la Generalitat, ya estaba totalmente cacofónica; pero la de la ribera municipal sigue atrapada por el embeleso de la melodía del año pasado. Siguen sin acordarse los ritmos, los tempos y las cadencias entre política y sociedad. Palazzo y piazza.

¿En qué cabeza cabe que lo que va a venir tras este verano ardiente se va a poder gestionar desde la mayoría de la investidura, como afirma Colau? ¿Quién en su sano juicio puede afirmar que los números y cifras que van a saltar de esta inmensa catástrofe social se van a poder contener en un presupuesto estándar como el que podía tener en su cabeza en febrero la ministra Montero? ¿De qué medidas sociales habla la alcaldesa Colau cuando comiencen a saltar por los aires el desempleo, el cierre de empresas, los Eres, cuando los consumos se reduzcan al mínimo en algunos sectores, cuando los stocks de muchas empresas no tengan salida? ¿Qué presupuesto con esta mayoría de investidura va a poder absorber una previsible deuda del 120 por ciento del PIB? ¿Cómo se va a pagar eso? ¿Quién se va a hacer cargo de esa deuda y con qué programa político?

Pongámonos en una hipótesis: si estamos de acuerdo –y nos lo está diciendo la propia Unión europea– en que la primera y urgente medida es incrementar el gasto sanitario y en dependencia…¿por qué negarse a sumar a ese proyecto la mayor cantidad de apoyos parlamentarios, incluso a los que no votaron la investidura? ¿Qué riesgos hay que Ciudadanos u otros apoye ese programa presupuestario?

No sabemos en qué va a quedar finalmente el programa europeo de Reconstrucción ni cómo éste va a ser implementado en España. Pero algo es seguro: las cuentas del reino se van a multiplicar en sus capítulos de números rojos y habrá que hacer profundos y amplios reajustes que afectarán a todas las partidas y a todos los españoles. Comentaristas como Joaquín Estefanía hablan de que «hace falta un plan que dure varias legislaturas de modo que la deuda no aplaste a las próximas generaciones». Este es el capítulo número Uno en la partitura de la política española y ello demanda, por tanto, un cambio de ritmo en los tempos y en los objetivos. Los interlocutores sociales parece que se han dado cuenta; muchos analistas de medios también captan la importancia histórica del momento. Solo en la política, en algunos o bastantes circuitos de la actividad política, notamos ese errar sonámbulo, abstraído, ensimismado, como si las cosas que están ocurriendo necesitaran los mismos tratamientos que los de hace tres meses. Ingenuidad o incapacidad.

Concluyendo, que es gerundio. La distancia o el distanciamiento entre «los hechos consuetudinarios que ocurren en la rúa», que decía Juan de Mairena, y los que transitan por los meandros de la política empieza a ser preocupante. La campana que engulle a los políticos en sus números, tempos y melodías impide, a veces, que llegue la música de la calle, el ritmo claro y contundente de los que transitan por las vías públicas y esperan de esa campana que se adapte a las circunstancias nuevas.

Un colofón: la disonancia cognitiva en la política española está alcanzando niveles de peligro. Antes, cuando eso afectaba al Gobierno se le llamó el síndrome de La Moncloa y hacía referencia al aislamiento que el poder se ofrecía a sí mismo como método de gestión de los asuntos públicos. Hoy ese síndrome puede estar llegando a otros ámbitos del poder, incluso del poder local.

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