Visita a la izquierda

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Por Ignacio de Mágina

22 de mayo. Analizar la cuestión que nos plantea la camarada tártara Mariana Denglois, persona clave para explicarnos lo que pasa ahí afuera, en las arenas de la sociedad y la política, no me resulta fácil. La petición que nos hace es exigente y desafiante: las izquierdas y su necesidad de pedagogía. Ante esto debo confesar que formo parte de la desorientación general, hasta el punto de preguntarme si soy de los “nuestros” o estos “nuestros”, buena parte de las veces, forman parte de los “míos”. De Omnibus dubitandum

No estoy ya en medio de la vida como dijera el poeta, sino que me encuentro unas leguas más allá. Por eso me vais a permitir, estimados tártaros, que refiera una anécdota que pasado el tiempo adquiere cierta categoría. En una ocasión, un joven historiador en ciernes, brillante, reflexivo y, por supuesto, gramsciano me dijo: “mira, aunque le hayas querido mucho, esta persona no aportó ni una sola idea, no pasará a la historia por ello…”. La persona que había muerto, pronto se cumplirán 10 años de su fallecimiento, era amigo del alma. Aquel viejo comunista del siglo con el que yo había mantenido una relación de más de 20 años al final no habría aportado nada, pues no había sido autor de una sola idea propia, según la arrogancia de aquel joven estudiante de Historia. Aquellas palabras pretendían descubrirme algo de lo que, por otro lado, yo era conocedor. La juventud es atrevida y debe serla, incluso se presenta en ocasiones con una crueldad sin envolturas, seca y desnuda. Lo sé porque alguna vez fui joven antes de ser “joven maduro”, esa categoría inventada a la que se aspira cuando sabemos que todo ya está decidido, como que los lunes son días laborables. No compartí entonces aquel juicio tan severo, aquella valoración medida con la capacidad de elaboración intelectual, descartando otro valor igual de fundamental como es el papel de las personas que por su actitud encarnan unas ideas, que son agentes activos y principales en difundir y hacer circular aquellas ideas, aunque no sean propias, en la sociedad y lograr que arraiguen. Esto se mide con la práctica, con la acción, y no exclusivamente con la teoría. La injusticia no desaparece denunciándola sino combatiéndola a campo abierto. Esto significa conocer cuáles son sus causas y demostrando en la práctica los mecanismos de funcionamiento con políticas concretas y en momentos determinados, hoy posiblemente, con todas sus limitaciones y críticas, estas políticas se llamen ERTES, se llamen renta mínima vital. Pero mañana pueden llamarse de otra manera…

Pasados los años, aquel mismo joven del que os hablo se había hecho historiador, un especialista reconocido en su campo de estudio. Observé que no había abandonado cierta tendencia hacia la posición de un determinado tipo de intelectual dedicado a interpretar el mundo, pero que cuando se mueve en el mundo opone, no se sabe bien porqué, pagar una cuota a Greenpeace a afiliarse a un sindicato como si fueran opciones contrapuestas. Pasados los años, aquel joven historiador estaba ya un poco más allá de la mitad del camino de la vida, y entonces reconoció que en la política no había dirigentes obreros…, aquellos mismos que con frecuencia, según había sostenido tiempo atrás, no aportan una sola idea nueva, pero que con su acción diaria encarnaron en la práctica y en buena medida esas ideas de otros. Desde luego, no es nada nuevo, somos seres contradictorios. La moraleja, si la hay, de esta historia que os explico es que en la izquierda continúa el contagio taylorista según el que uno piensa y otro hace, el cerebro en la oficina y la mano en el taller, traducido y resumido: la vanguardia y la masa, el partido y el sindicato. La teoría práctica o la práctica teórica que con frecuencia se defiende de manera machacona por parte de un sector de las izquierdas que atesora una supuesta superioridad moral, no va más allá de la retórica huera, del selfie intelectual, de la referencia erudita para tapar la falta de ideas propias, de la mención de los pensadores en los altares del pasado a los que los enviamos después de momificarlos. Sean muertos recientes o cadáveres centenarios, su peso en nuestros cerebros unas veces nos oprime y otras nos justifica.

La izquierda tendría que saber qué quiere ser y eso obliga a elegir, a tomar decisiones. Sin embargo, y tal vez no estéis de acuerdo, tengo la impresión de que la izquierda está atrapada en las palabras y los conceptos de otro tiempo (masa/vanguardia, partido/movimiento, reforma/revolución,…), sin haberlos digerido por completo, recitadores de pasajes como quien ofrece una misa. Nos resistimos a asumir una derrota histórica que no se concretó con la Caída del Muro en 1989, sino que venía de lejos cuando se optó por imitar aquello que se combatía. La implosión soviética sirvió de cortina de humo para cubrir la incapacidad de imaginar mundos alternativos para organizar la vida material, el trabajo esencialmente, pero también las relaciones con los otros y con la propia naturaleza. La lógica productivista y el Mercado Total formaron la tenaza que fijó la política en un único norte posible. La persuasión en la explosión de los deseos abrasó cualquier posibilidad al discurso de la sobriedad berlingueriana. El motor quedó parado. El florecimiento de las identidades vino de la mano de las diferencias. El orgullo, no se sabe bien porqué, fue confrontado con la vieja dignidad. Como lo fuera Greenpeace al Sindicato. El crecimiento selvático del campo de la “libertad sin los otros” allanó el pensamiento de la dirección única. Su víctima fue la igualdad y ahora se está pagando. El capitalismo se observó como un objeto, cuando en realidad es una relación. Nosotros somos el capitalismo. Aceptamos la servidumbre voluntaria. El problema de la izquierda como mi propio problema, tal vez, es reducir su pensamiento a hablar de sí misma. A la arrogancia de ser portadores de la Idea sin preocupación alguna sobre quién debe encarnarla y a quién va dirigida. Mientras tanto, otros van haciendo. Ante esto tengo que deciros que soy partidario de luces cortas, pero también las largas en la conducción

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