¿Propagandistas o monjes urbanos?

Photo por Preston Goff on Unsplash

Por Bizco Pardal

Primer tranco

El sindicato no valora sus propias conquistas. Por eso tiene un considerable déficit de explicación de sus logros sociales. Este es un mal endémico, que viene desde muy, muy atrás y no parece que sea exclusivo de nuestro país. Y diré más: como consecuencia de todo ello aparecen dos consideraciones. Una, no se organiza la aplicación de las conquistas;  dos, tampoco se verifica la evolución de dichos logros. Más todavía, no existe un seguimiento de las consecuencias concretas de dichas conquistas. Por ejemplo, la reducción de la jornada de trabajo ¿en qué se ha concretado?

En realidad es bastante chocante que los sindicalistas no valoren sus propias conquistas. Es como si consideraran que el único premio o satisfacción fuera que Dios se lo pagaría en la otra vida. O, tal vez porque, aunque parezca extraño, los sindicalistas tienden a confundir solidaridad con caridad. Naturalmente, estas son hipótesis arriesgadas que pueden provocar sarpullidos en las pieles del común de los sindicalistas. En todo caso, descabelladas o no estas hipótesis, lo cierto es que hay un notable déficit de valoración de las conquistas sociales. Y, sin embargo, a sensu contrario, cuando hay retrocesos se pone el grito en el cielo sin cortapisa alguna. En ninguno de los dos casos, se hace referencia a la mano larga de esa vieja dama que es doña Correlación de Fuerzas, como la acostumbra a llamar un veterano sindicalista. En el primer caso, porque ha sido favorable al sindicato; en el segundo caso, por lo contrario.

He sido testigo, cuando yo era secretario de la Unión local, de estas limitaciones: una insuficiente valoración de lo conseguido en los convenios, un sonoro silencio a la hora de explicar por ejemplo acuerdos que se consideraban positivos –o incluso muy positivos–  tal como los pactos de pensiones. Al final, parecía que los incrementos de aquellas pensiones eran obra y gracia del gobierno y tres cuartos de lo mismo en los convenios, vale decir, concesiones de la contraparte. Ausencia, por tanto, de pedagogía de la función tutelar y de la representación del sindicato. Llámenme exagerado, pero soy de este parecer: el sindicato no ha enseñado qué es al conjunto de los trabajadores. Repito, esto viene de los tiempos de antañazo. Pero las nuevas generaciones no han sabido corregir esas patologías.

En resumidas cuentas, los bienes democráticos, o sea, las conquistas sociales se fueron alcanzando gradualmente y a los sindicalistas se les escapó cómo iban manifestándose entre sus beneficiarios y, por ello, qué paradojas e incluso contradicciones iban apareciendo. Por ejemplo, la reducción de los horarios de trabajo comportaba con frecuencia un incremento de las horas extraordinarias. Algunas veces nos lo hemos planteado esta cuestión en Izavieja.

Segundo tranco

Hay una biografía de Pablo Iglesias que se titula “Pablo Iglesias, educador de muchedumbres” (Juan José Morato, Marzo de 1977 Ariel). La pregunta, impertinente a todas luces, es: ¿el sindicato es un ´educador de muchedumbres´?  No estamos planteando una educación alternativa: no hay un teorema alternativo al teorema de Pitágoras. Estoy insinuando algo más nuestro y elemental: ¿el sindicato ha explicado convenientemente, ha educado a su importante base afiliativa –que es su fuerza estable–  cuál es su misión y cometido? Creo que no. Pero hay algo más importante: que tampoco lo ha hecho a los millones de asalariados que no están inscritos en la casa sindical. No lo es –tenedlo por cierto, queridos tártaros–  en el primer escalón de la convivencia social (el ecocentro de trabajo, que dice un amigo nuestro) a la hora de elaborar el convenio colectivo.

Tercer tranco

El sindicato entiende el convenio colectivo como un contrato. Es lo justo. Más sofisticada –e igualmente justa–  es la apreciación que hace el eminente jurista Francesco Carnelutti: el convenio colectivo «tiene alma de ley y cuerpo de contrato». Pero hay algo más: el convenio colectivo puede nacer, si el sindicato lo desea, a través de una conversación entre todos los afectados que deciden poner en limpio sus reivindicaciones,  el orden de prelación de las mismas y las compatibilidades entre todas ellas.  Es el espacio—tiempo donde se expresa la democracia vecina de los asalariados entre—sí. Es o debería ser el pensador colectivo. Más todavía, cuyo objetivo es ser fuente de bienestar, a través de su «cuerpo de contrato» al tiempo que es, simultáneamente, un legislador implícito en su faceta de «alma de ley».

Cuarto tranco

La democracia sindical es un tema que se ha abordado desde los primeros andares del sindicalismo. Siempre fue un asunto áspero porque, hasta hace relativamente poco, el sindicalismo nacía de la pila bautismal de los partidos, incluso en los pocos casos que el partido nació antes. Papá partido nunca quiso que su hijo se emancipara. Y cuando este, ya mayor, decidió salir del cascarón –la llamada correa de transmisión—  el paradigma había cambiado radicalmente. Con lo que se dio la siguiente cosa chocante: el sindicato emancipado seguía relacionándose con los asalariados de la misma (o casi) manera que cuando estaba realquilado en la casa de papá partido.  Por lo que todavía está por construirse una relación entre el sindicato y el conjunto de los asalariados que sea la expresión de: a) la real independencia que significa la mayoría de edad del sindicato, b) los cambios tecnológicos que se suceden cada dos por tres; y c) la morfología cada vez más molecular del ecocentro de trabajo.

¿Propuestas concretas? Nosotros somos solamente un grupo de tártaros y, por ende, poco duchos en la materia. Ahora bien, por ahí circula un librito, No tengáis miedo de lo nuevo, que puede ser útil. Sus autores podrían ser tártaros si no fuera porque en la tribu hay un númerus clausus y no damos la entrada a cualquiera.    

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