Descubrir, caminar

Photo por Brooke Cagle on Unsplash

Por Robert Deglané

22 de mayo. Quien, desde la susodicha «izquierda», hable de elites como si estas pertenecieran solo al reino de «la derecha», yerra. Elites, haberlas haylas en todas partes. Otra cosa es de qué naturaleza diversa o similar son y cómo se transforman en su relación con la gente común. Y, también, no es lo mismo hablar de esas elites o grupos dirigentes según a qué época de la historia nos refiramos. No sería lo mismo hablar de las elites en la antigua Roma –tribunos y patricios– que las elites revolucionarias del partido bolchevique en 1917. Me quedo, de momento, con esta idea: la historia está atravesada por esa peculiar relación, compleja y contradictoria, entre aquellos grupos que piensan, dirigen y toman las decisiones y el resto que, por lo general y sin dejar de pensar también, asumen un papel subordinado o subalterno. Concluyendo: la izquierda tiene sus elites.

El problema es cuando estos grupos dirigentes desconectan del conjunto de sus seguidores y pasan a constituirse en lo que podemos denominar una “burbuja pensante”. Lo negativo no es pensar; el inconveniente es la burbuja, la permanencia de ese pensamiento flotando en el aire, sin asentarse en ninguna realidad concreta y material. La historia de la izquierda está plagada de estos ejemplos, como también ofrece otros modelos que mostraron su capacidad de perspicacia. Los procesos de constitución de estos grupos como entes pensantes y directivos han sido peculiares y muy diversos. Uno de ellos fue la conversión del intelectual o universitario en dirigente de la institución política; otro se definió como la conversión del activista obrero en funcionario de primer rango. En la actualidad predomina el primer caso, bien es verdad que filtrado a través del proceso de legitimación que dan las urnas, los votos. No hay dirigentes ni elites políticas al margen de la selección que ofrece la metodología democrática. Al menos hemos ganado eso.

Eso que podemos llamar «la izquierda» está atravesada desde hace algunas décadas por ese proceso de burbuja o de aislamiento respecto de muchos intereses concretos de la gente. Nuestra cultura, la de la izquierda, está hipotecada por el uso excesivo, cansino y cargante de la cita de los clásicos. No hay escrito firmado por un activista izquierdista de estos tiempos que no lleve la cita de un pasaje de los Quaderni gramscianos. Gramsci es hoy el autor de moda de esta burbuja. Menos mal que es Gramsci. Pasó el tiempo del leninismo, de Guevara, de Mao –¿os acordáis cuando se citaba a Mao cada vez que no se sabía qué hacer?–. Luego llegaron los tiempos de Ingrao, de Magri, de Negri…¡Forza Italia! A partir de la crisis de 2014, con la llegada de los nuevos actores políticos venidos de las calles madrileñas, la cita de Laclau y Chantal Mouffe ocuparon el espacio mediático y de debates de la nueva formación. Citas, citas, citas…la izquierda es hija de sus citas.

Algunos nos dicen que la cosa arranca del 68, de cuando la juventud urbana y universitaria salió a levantar adoquines en París y a manifestarse ante el Capitolio de Washington. La contracultura pasó a convertirse en la cultura de aquellos movimientos que se lanzaron a cubrir los espacios del género, las identidades y las diferencias. Los Estados Unidos, país hecho de mezclas y culturas diversas, ha sido el laboratorio de estas expresiones de la nueva cultura de la identidad a partir de la diversidad. Estudios de género, los llaman en sus universidades. Estas, las universidades, han sido bautizadas como algo parecido a las iglesias, el depósito de los valores y significados de eso denominado «ser americano» y que en la actualidad compite ferozmente con la otra iglesia trumpiana, centrada en la identidad del blanco anglosajón, con raíces añejas y  asentada en las grandes extensiones del medio oeste. Dos Américas, dos construcciones identitarias, basada la una en ciertos valores progresistas, que desprecia lo country o campesino, y la otra en la belicosidad, la agresividad y la Asociación del Rifle. Richard Rorty ya denunció a finales del siglo pasado (en Achieving our country) que mientras la primera iglesia siguiera ensimismada en sus universidades y sus grupos herméticos de jóvenes universitarios rebeldes, la izquierda americana nunca conquistaría la simpatía del pueblo americano. A la segunda iglesia no hizo falta que Rorty la denunciase porque desde siempre esa corriente social y cultural ha sido la expresión ese modelo de american way of life contrario a la modernidad y a la universalidad. Más tarde, ha sido Mark Lilla (en El regreso liberal) quien lanzó un ataque a ese izquierdismo de urbanitas, enfangado en sus debates huecos y a veces incomprensibles sobre identidades y diversidades. 1968, dicen Rorty y otros, fue el final de ese potente movimiento norteamericano que arrancando de Roosevelt y el New deal llegó hasta el programa de The Big society de Johnson (1933-1969) y que fueron los años de mayor integración, cohesión y mejora de las condiciones de vida de los norteamericanos. Época, no lo olvidemos, donde los trabajadores se organizaban en sindicatos y en otras organizaciones de solidaridad y apoyo mutuo. Aquello empezó a decaer con la ofensiva reaganiana y con la colaboración inconsciente de esa izquierda cultural universitaria centrada en la diversidad: the new left. Sé que este análisis puede resultar una simplificación pero así lo dejo, por si alguien quiere darme algún mandoble.

Y más tarde llegó a España esta corriente, no sé si para quedarse o como moda pasajera. La lucha contra el franquismo y la Transición aportó su color y su tono a este movimiento. Ya en democracia constatamos que la izquierda cultural y política española bebe desde hace mucho tiempo de dos corrientes de pensamiento: una, la de la modernización a pesar de todo, la de que la innovación y la superación de los viejos símbolos del trabajo es bueno en sí mismo. No hace falta decir que esto se produce con la hegemonía del PSOE durante los años 80 y 90 del siglo pasado. La otra es la del enfrentamiento contra todo lo que signifique institucionalidad política, configuración democrática a través de los partidos políticos. Es la posición de negación  del papel de los sindicatos a la hora de organizar la representatividad de los trabajadores, es la confrontación desde el activismo abstracto o sectorial contra esa sociedad política democrática a la que se la valora como corrupta y aparente en su globalidad.

Y en estas estamos. Mientras no se consiga un reencuentro de los viejos estilos políticos con las nuevas formas de concebir la actividad política, y que tendrá que ser mediante una renovada síntesis de acción social y política, es difícil que veamos una propuesta lo suficientemente atractiva como para integrar a las gentes de la sociedad tradicional y de la nueva tecnología. Lo que la izquierda europea, y española, obviamente, tiene por delante es lograr esa nueva síntesis programática que dé respuesta tanto al apego a los valores tradicionales como a la innovación digital. Es difícil, porque si en algo se caracteriza la sociedad europea, y española, es por su composición diversa, compleja y contradictoria. Ya no hablamos de sociedades de clase –obreros frente a burgueses. Hablamos de sociedad con intereses populares pero contradictorios entre sí: cambio climático frente a agricultura intensiva que da puestos de trabajo; ahorro energético frente a trabajadores de Nissan que fabrican coches de gasoil; jubilados de Telefónica con ahorros públicos y privados colocados en fondos de inversión frente a jóvenes precarios y universitarios cuyas perspectivas no duran más de una semana o un mes.

Este es el territorio. Tenemos mapas rudimentarios que otros exploradores levantaron en el pasado pero sabemos también que queda mucho espacio por descubrir y no sabemos el peligro que acecha tras cada colina o cada precipicio. Este es el trabajo que tiene la izquierda en estos años: descubrir, aventurarse, cabalgar dentro de una variopinta caravana que tiene como proyecto dejar las tierras conocidas para tratar de vivir en un nuevo mundo al que llega casi sin herramientas, pero con toda la esperanza por delante.

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