Orgullo y pasión

Cacerolada individual. Foto Atlas para La Voz de Galicia

Por Robert Deglané.

18 de mayo. Voy a someter a vuestro esmerado juicio, queridos tártaros, una declaración solemne pero provocativa: las reacciones de nuestra derecha salmantina –léase del barrio de Salamanca de Madrid– no responden tanto a la tradicional simbología e ideología de nuestra derecha carpetovetónica como al impacto globalizador. Y como esto va de pedagogía, trataré de hacerme explicar.

Las cohortes salmantinas salen a la calle con sus banderas –esta vez constitucionales, curiosamente, y no con el aguilucho–, sus plumíferos sin mangas, sus mascarillas con la banderita…y con sus cacerolas, no sabemos si estas son para hornilla de gas o para cocinas de inducción, algo más sofisticadas. El hecho es que salen a la calle de su barrio para protestar contra el confinamiento y las leyes del estado de alarma, profiriendo ese magnífico grito de ¡libertad!, que puesto en su boca es como si le pusieras un micrófono a un mono. Los chicos y chicas de acento gangoso, los maduros rentistas de esas calles madrileñas que dan su nombre a un marqués urbanizador y especulador, han decidido comunicarnos a gritos que ya no aguantan más y que están dispuestos a gritar y salir a la calle hasta que don pedro Sánchez se marche. Estas manifestaciones de nuestra extrema y descerebrada derecha sociológica tienen un marchamo muy nuestro, muy de «España cañí», pero a la vez coincide con un amplísimo seísmo social que se está produciendo en todo el mundo y que responde a unas claves sustanciales y nucleares.

Dichas claves van por la vía de la globalización; mejor dicho, del rechazo a esta globalización que está sustrayendo poder, influencia, capacidad de generar negocios y sentido existencial de vida a una buena parte de las clases medias acomodadas y no tan acomodadas de todo el orbe. Trato de decir que los procesos globalizadores que comenzaron hace ya dos décadas o más están afectando de forma particular, aunque no única, a esas capas tradicionales sostenedoras de unas derechas nacionales que antes estaban de acuerdo en los consensos sociales y los acuerdos democráticos y hoy están dispuestas a derribar todo eso para recuperar no se sabe qué.

Alguno me dirá: ¿son acaso de clase media esos campesinos y trabajadores de las zonas agrarias del medio oeste que votan a Trump? Ya les contesto: obviamente no, son clases trabajadoras que, como en otras muchas ocasiones, trasladan a un discurso conservador, patriota, nacionalista, las expectativas frustradas de sus ingresos y sus influencias perdidas. Ante la ausencia de un discurso desde la izquierda americana, capaz de atraer la frustración de esas clases marginadas por la globalización –discurso que por otra parte fue posible durante los años que van desde 1930 a la década de los sesenta como bien nos recordaba Richard Rorty en un librito de hace unos años, Forjar nuestro país–, esas capas trabajadoras han puesto su confianza en los discursos demagógicos, ultranacionalistas y falsamente proteccionistas de la nueva derecha que lidera Trump.

Veamos el caso de Francia, similar pero diferente, en este caleidoscopio de proyectos neoconservadores, más o menos libertaristas, más o menos parafascistas, más o menos ultranacionalistas. Le Pen es Juana de Arco, no una figura nacional de otro país. Su identificación con la figura heroica francesa es necesaria para recoger el consenso de una sociedad estructurada entre campo y ciudad, ganadores y perdedores de la globalización, capas altas urbanas y capas trabajadoras marginadas. Esta nueva derecha nacionalista francesa cataliza bajo un prisma francés y proteccionista lo que es resultado de un proceso de relocalización industrial y de globalización comercial.

Quiero decir con todo lo dicho que ante la globalización homogeneizadora la respuesta que se da es a partir de unos discursos identitarios y nacionalistas. Pero ese discurso particularista lo único que hace es esconder la frustración generalizada de capas muy diversas e incluso contradictorias entre sí, dándoles una pátina de unidad que nos recuerda, solo nos recuerda, a aquellos procesos del fascismo italiano y el nazismo iniciales de los años veinte del siglo pasado.

El sociólogo Colin Crouch describe de forma precisa este fenómeno: «La globalización es, para muchos, un atentado a su deseo de sentirse orgullosos en los diversos ámbitos de vida: en el trabajo, en su identidad cultural, en su comunidad, en las ciudades y países en los que viven, en el amplio abanico de ideas que constituye la noción alemana de Heimat, la patria» (Colin Crouch, Identità perdute Globalizzazione e nacionalismo, Laterza, 2019).

Lo que se está produciendo, así lo entiendo yo, es una ruptura en el tradicional proyecto de la derecha neoliberal que, desde los años 70 y prosiguiendo en la primera década de este nuevo siglo, montó un aparato ideológico, cultural, hegemónico y de reparto de beneficios que llegó hasta los sectores más relacionados con lo que llamaríamos “clases subalternas”: el piso hipotecado pero al fin y al cabo piso en propiedad e incluso segunda residencia en la playa, el 4×4 renovado cada cinco o pocos años más, las vacaciones en Oriente o en el Caribe, la universidad para los hijos, la sanidad doble (una pública financiada con los impuestos y otra particular de cuota privada) para evitar las colas en urgencias, el colegio privado porque el público está lleno de inmigrantes, la posibilidad de hurtar parte de las ganancias en una economía tributaria oscura y de tipo B, etc.

Las gentes que salieron por la tarde a la calle a golpear cacerolas y gritar ¡libertad! son los herederos de aquellos fachas del bigote paso de hormiga y gafas oscuras…pero también son los apartados de una rueda de la fortuna que a otros les ha dado mejores resultados. Son pocos pero ruidosos, no saben expresar de otro modo su descontento y siempre lo adornan de una música al estilo del novio de la muerte, pero fuera de su barrio se difuminan en un Madrid más complejo y diverso.

Y aquí es a donde quería llegar. La cuestión primordial no es lo que hacen los pijos de ese barrio del centro-norte capitalino; el auténtico y verdadero “problema” va a ser cómo van a reaccionar ante esta crisis las clases subalternas, las inmensas masas que habitan en las periferias madrileñas, barcelonesas, sevillanas, valencianas, etc. y a las que esta crisis puede hacer mucho daño. En ese verdadero caldo de cultivo que son las ciudades populosas, centradas en economías de servicios e industria, es donde se juega el destino de nuestra democracia.

Según Crouch, lo que está en juego desde hace unos años en este proceso globalizador es una nueva fase del conflicto que surgió ya en el siglo XVIII entre valores del antiguo régimen y los de la Ilustración. Un conflicto en el que por un lado se sitúan los representantes de la autoridad conservadora y de la tradición familiar y, por el otro, la libertad de la razón, de la innovación y del cambio. Es difícil, seguramente, sintetizar todo en esa forma histórica de guerra de ideas y modelos de vida. No es que globalización sea igual a modernidad, ni defensa de lo conquistado se identifique con la tradición conservadora. Es algo más complejo, sin duda, pero tiene mucho de ese enfrentamiento que no es ya solo de clase sino también de concepciones amplias sobre la vida y la convivencia «en un mundo grande y terrible», como dejó escrito el sardo.

Apostilla: el título de esta entrada, Orgullo y Pasión, corresponde a una película de 1957, dirigida por Stanley Kramer y cuyo argumento es el siguiente: Guerra de la Independencia (1808-1814). En 1810, durante la invasión de España por las tropas napoleónicas, un grupo de guerrilleros, con la colaboración de sus aliados ingleses, intenta evitar que un cañón de gran calibre caiga en manos de los franceses. No digo ná.

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