Neologismos

Foto por Roberto Ardolino on Unsplash

Por Ignacio de Mágina

14 de mayo. Estamos en tránsito. Para algunos el sentido es único, para otros es un doble sentido e incluso para otros más es, en sí mismo, un contrasentido. Pero estamos en tránsito hacia no se sabe qué y no se sabe dónde. Mientras tanto, una eclosión de palabras y gestos han ido llenando unas calles inicialmente desiertas y cada día que pasa más concurridas. Algunas imágenes de estos días las muestran inquietante y, tal vez, prematuramente concurridas.

El tema de hoy, en realidad la excusa para intercambiarnos estas cartas, es otra eclosión distinta. En este caso afecta a la profusa difusión y circulación de neologismos o bien al simple uso de expresiones y términos nuevos para la mayoría de la ciudadanía: pico de la curva, aplanar la curva, desescalada, “nueva normalidad”, hibernación económica, Epis, Fase 0 y Fase 1, mascarilla FFP2/KN95, ventilador mecánico, seroprevalencia…, Palabras que tomamos prestadas de los expertos, del mundo científico como fuente de neologismos, y a los que nos hemos ido acostumbrado durante estos casi dos meses de confinamiento, expresiones lingüísticas que han ido enriqueciendo, según como se mire, nuestro vocabulario diario. Pero no hay duda, el neologismo que los resume es la Covid-19.

Hemos pasado de una relativa afasia inicial a la verborrea desenfrenada. Nosotros mismos y nuestra improvisada sociedad de correspondencia tártara es un ejemplo de lo que digo. Pero, como sabéis, existen otras muchas estafetas y buzones que envían y reciben mensajes diarios dentro de una botella, lanzados al mar de nuestras propias incertidumbres.

Aquella afasia inicial era particular. Un momento cargado de silencio. Sin embargo, pronto se convirtió en un griterío. Se trataba de hacer frente al espacio en blanco o a la oscuridad muda, perturbadora. A la incapacidad de articular palabra. Al terror (¿que sí no pudo provocar la imagen de los estantes de papel higiénico vacíos en los supermercados?). A un rostro boquiabierto y unos ojos salidos de sus órbitas, siguió el empeño en rellenar el silencio con sonidos (“Hola oscuridad, mi vieja amiga…”). Los primeros, fueron rudimentarios, básicos. Eran sonidos “esenciales”–“esencial”, ese adjetivo difundido por la huera pedantería actual de la autoayuda-, propios de la condición humana, dando paso a las cabezas parlantes, quemando la casa.

Los dispositivos móviles, si ya lo estaban antes, hoy están todavía más hiperconectados 7×24, 24 horas y 7 días a la semana. Forman un flujo continuo. Van lanzándose señales a través de tuits, memes, hashtags que aprovechan la sorpresa o la extrañeza ante la sucesión de neologismos y expresiones y términos de nuevo uso. Suministran con frecuencia antiguos vocablos que se hacen pasar por novedad. Se va rellenando espacio y tiempo para explicarnos a nosotros mismos dónde estamos y a dónde vamos. Queman la casa. Se altera la forma de relacionarnos con las nuevas tablillas de “tierras raras” que han sustituido a las de arcilla y de papel, pero también la forma de escribir y de leer sobre ellas. La intensidad, la velocidad, la facilidad aparente para construir paraísos artificiales o infiernos bien terrenales. Una capacidad humana que continuamos desarrollando desde antiguo. Es la verborrea globalizada. Es lógico, necesitamos explicarnos. El “diazayusismo” es la nueva palabra que ha irrumpido en la escena de la política como espectáculo, todavía es pronto para saber si es heroína, icono o víctima. Desde el mundo de la política y la membrana que le rodea algunos se empeñan en evitar palabras que expliquen, se dedican a lanzarlas como piedras para que oscurezcan, oculten, para que enreden. Para no saber dónde estamos, la manera más eficaz para no plantearse hacia dónde nos dirigimos o queremos caminar. Estamos en tránsito

Ansiamos la “nueva normalidad”, la cierta “normalidad” o simplemente retomar la “normalidad”, como sucede después de cualquier acontecimiento catastrófico. Palabras nuevas llenas de viejas referencias. Pero lo cierto es que también podría decirse que el riesgo sería olvidar que procedíamos ya de una “nueva normalidad”. De los tiempos de la “hipernormalización” de los que, no sin cierto punto  conspiranoide, nos habló el periodista británico Adam Curtis (“HyperNormalisation”, 2016). La falsedad era “hipernormal”, la propia de una crisis como la de 2008, una crisis hiperreal. En ella se trataba de vivir con la amenaza constante de la recaída en una nueva crisis, como lo era el continuar con las políticas de austeridad en las dosis adecuadas para mantener al animal con las constantes vitales mínimas, sin plantearse cura alguna más allá del medicamento caducado del control del déficit y el mercado desbocado.

Estamos en medio del torrente de palabras, de nuevas palabras, de neologismos que han venido abrigándonos del frío durante esta glaciación repentina, aunque no tanto, porque ahora sabemos por los científicos que estaba diagnosticada, pero no prevista. Por eso no deberíamos olvidar que, por encima del resto, tal vez el neologismo estrella somos nosotros mismos y nuestra nueva condición. Palabras todavía…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s