Neolengua

Photo by Matthew Pablico on Unsplash

Por Robert Deglané

14 de mayo. Toda época tiene su lenguaje, su carga de símbolos, su propio imaginario. La Primera Guerra Mundial está asociada a las palabras trinchera y gas. La primera fue el arte de la guerra defensiva por naturaleza, planteada como un combate de masas encerradas en las zanjas de tierra frente a otras masas enemigas que hacían lo mismo. Hasta ver quién aguantaba más. Este modelo de arte militar llegó posteriormente a identificar toda una estrategia política: el italiano Gramsci recurrió a la metáfora de guerra de movimientos y guerra de posiciones para referirse al cambio por antonomasia en la política europea de aquella postguerra. El gas fue el instrumento del nuevo terror de masas, el arma invisible que asestó el golpe definitivo a cualquier género de guerra de honor. A partir de aquellas escenas la guerra adquirió su moderno y verdadero sentido que luego se repetiría de una u otra forma en Vietnam y en las guerras entre Irán e Irak.

La Segunda Guerra nos trajo el vocabulario alemán a nuestra casa. Blitzkrieg o “guerra relámpago”, en el que montados sobre carros de combatelos ejércitos de Hitler llegaron en dos pasos a Varsovia o París. De aquella guerra nos llegó otro legado lingüístico más peliagudo: la Endlösung o “solución final”, término que venía a ocultar el significado más real de «exterminio físico de los judíos». Un exterminio que a partir de los años sesenta se convierte en la shoah para unos y en el Holocausto para la gran mayoría. Toda la época nazi estuvo marcada por un uso artificial y falseado de la propia lengua alemana, según nos lo explicó de forma límpida Viktor Klemperer.

George Orwell imaginó en su relato 1984 un mundo distópico en el que la lengua adquiría un papel de dominación fundamental. Orwell nos dice que el mundo del futuro se organizará en torno a tres modelos de una neolengua. Este código estaría estructurado en tres Vocabularios, el A, el B y el C. El primero estaría compuesto de palabras de la antigua lengua común pero reducido al mínimo de vocablos destinados a expresar pensamientos simples y objetivos, casi siempre relacionados con objetos concretos o acciones físicas. El vocabulario B consistía en palabras que habían sido construidas deliberadamente con propósitos políticos y que, consecuentemente, implicaba una complicidad por parte del hablante. El listado de palabras que se denominaba como Vocabulario C estaba compuesto exclusivamente de términos técnicos y científicos y era usado casi exclusivamente por los científicos del Sistema. Lo que pretendía el escritor inglés con este relato de la neolengua era identificar un sistema que reducía la capacidad simbólica del humano a lo mínimo indispensable y donde todo el material e instrumental de comunicación necesario era facilitado por el Estado, por lo que Orwell llama el Ingsoc.

Hoy, bastantes años después de aquella imaginación literaria orwelliana hemos sido testigos de un desarrollo de lo que podríamos llamar el Vocabulario C hasta límites insospechados. La técnica, la ciencia y las actividades ligadas a estas han plagado nuestro mundo de términos, conceptos y vocablos que usamos diariamente a veces sin saber ni siquiera lo que significan exactamente. Y, en el peor de los casos, usados por los sacerdotes de esas sabidurías con significados que tratan de ocultar precisamente el sentido real. Cuando comenzamos a usar el término posverdad como sustituto de mentira es que hemos comenzado a entrar en el reino de Orwell. Hoy día, buena parte de nuestro cuerpo de signos de comunicación está impregnado de palabras con significados oblicuos, esquinados, en definitiva confusos o falsos.

En el caso de la Covid-19, la enfermedad ha pasado a ser un respirador mecánico y una curva algorítmica. Nuestros muertos son cifras estadísticas como en un parte de guerra. Y la salida de la crisis viene marcada por el término montañero de la desescalada. Es difícil que vayamos a salir de esta red de términos, lenguaje tecnocientífico y discursos retóricos con apariencia de ciencia. Desde hace décadas los lenguaje C y B se nos han impuesto con su brevedad, capacidad de síntesis y, a veces, potencia de oscurecer la realidad.

No sé dónde está la salida de esta selva y no conozco la solución para evitar esta jerga. Posiblemente tendremos que habituarnos a vivir en este mundo hecho de dos hemisferios, el de la certeza y la exactitud que nos las da el buen juicio y la búsqueda desinteresada de la verdad –así creo que hablaba Sócrates frente a los sofistas– y el de las neolenguas donde la realidad es trasmutada en imaginación. Un entrenamiento más para esta salida de la pandemia.

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