La pesada carga de los adjetivos

Foto de Chapman Chow en Unsplash

Por Ignacio de Mágina

11 de mayo. Tal como señala el amigo Deglané, durante la crisis actual en todos los países parecen haberse manifestado señales o golpes de estrés entre territorios y gobiernos nacionales. Habrá que esperar un balance final, si confiamos en que lo haya porque, como no es infrecuente,
todo apunta a la espera de un acta final que no siempre se levanta, depende del día, del tiempo, de los vientos que han de venir y, por supuesto, del reparto de culpas y el ajuste de cuentas. En el caso de España, entramos en el tobogán de la pandemia con la salud del Estado autonómico en una situación más que delicada, con signos declinantes.

Los tembleques derivaron en sacudidas. Así que el debate en torno al enfermo de hoy estaba ya servido meses, por no decir años, atrás. Los diagnósticos de crisis y de fin de ciclo eran habituales, propios del parte diario. Los balances no cuadraban porque nadie parecía estar interesado en hacer balance alguno y menos en cuadrarlo. La contienda política y la vida pública estaban marcadas en aquellos tiempos antiguos -¿os acordáis?- por el eco de un bucle llamado “Procés”… Y en esto llegó el coronavirus… Lo que no tenía voluntad de abordarse ni por unos ni por otros, llegó envuelto en forma de pandemia. La búsqueda y definición de la cogobernanza ha venido impuesta por un
agente externo.

Algunas de las escenas vividas estos días pasados recuerdan al “Danzad, danzad, malditos” de Sydney Pollack. Se pone a prueba la destreza de los concursantes en el baile para hacerse con el premio mayor. Desde el extremo de la pista, el libertarismo de derechas junta los pies para dar los giros con la intención de presionar e impresionar al personal. Esta semana no solo había colores de alta intensidad y fuegos de artificio a derecha e izquierda. Las parejas de baile que han abundado en la pista tienen un dorsal en la espalda indicando su procedencia territorial y el escudo de su baronía. Esto es lo que ha hecho ver que la cogobernanza tal como se da es una respuesta reactiva ante el agente externo, no responde ni a una idea determinada ni a un proyecto. La confusión está servida. Lo identitario-territorial es el refresco para calmar el sudor de buena parte de los participantes en el baile, no de todos. El llamado plan de desescalada, o como se le quiera llamar, no es un traje hecho a
medida. Hay atropello para volver a la pista de baile después de la pausa. A algunos de los bailarines se les nota que les aprietan los zapatos. Un charleston en versión encuentros en la Tercera Fase ha provocado lesiones, con el resultado de no superar ni siquiera la Fase 0. En la derecha libertaria versión española ha habido un desnudo cálculo político sin taparse la boca. Al niño Cristobalito se le ha atascado el aro en la mano, pero ha sido salvado en última instancia y de momento por la conocida repartidora de pizzas a domicilio, vestida de negro. En general ha primado la obsesión con identificar criterios, evaluaciones y exámenes de cara a desconfinar territorios, no personas. Salvar economías, no vidas. El uso burdo de la lógica del falso dilema, dos únicas opciones posibles que obligan a elegir entre una o bien otra. Simplificación contra complejidad.

El periodista Enric Juliana que opta en sus análisis por la complejidad ha hablado en un artículo recientemente publicado de “federalismo salvaje”. Es una metáfora realmente sugerente. Es cierto
que el adjetivo introduce una carga terrible en un sustantivo defendido desde hace tiempo por sectores de la izquierda. Aunque es cierto que este sustantivo a menudo está necesitado de adjetivos
-recordad amigos tártaros el “federalismo asimétrico” maragalliano-, como también es cierto que casi siempre está bajo sospecha y que con frecuencia suele ser impreciso en buena parte de los debates en torno a lo que no sea, tal vez, más que una perspectiva y una visión de conjunto: la definición precisa de una relación de partes como un todo. Sin embargo, no cabe descartar que  la danza a la que asistimos hoy más bien se corresponda con la búsqueda de un “cerril confederalismo”, al menos tendencialmente por parte de determinadas Comunidades Autónomas. Es decir, la defensa de unas partes y sus soberanías sin un todo. Reclamación de altas cuotas competenciales con las que no siempre se persigue la lucha contra la pandemia, sino más bien el despliegue en clave ideológica del pancartismo electoralista y la lucha de poder. En definitiva, exigencia de limitación de un poder central. En determinados casos y con toda claridad, el objetivo no es otro que debilitar más todavía un gobierno de coalición con evidentes dificultades sumatorias en el Congreso de los Diputados. En otros casos, es una crítica hacia el poder central y federalizante para que actúe como tal. No digo que no sea necesario y deberá hacerse en algún momento, sin embargo, os tengo que decir que mi impresión es que este debate hoy se apunta, no sé si se inicia, a destiempo y con destemple.

Una experiencia reciente al otro lado del Atlántico me parece que, en cierta medida, evidencia aspectos clave del problema que plantea la situación española. Me refiero al ejemplo dado por Andrew Cuomo, miembro del Partido Demócrata y actual gobernador del Estado New York.
Debo añadir que este gobernador es hijo, para más señas, de un hombre como Mario Cuomo, aquel político demócrata y también gobernador de ese mismo Estado durante poco más de una década (1983-1994), en pleno reaganismo, que impulsó el desarrollo y la inversión pública, defendiendo que el bienestar social no solo era compatible con el crecimiento económico, sino que ambos se necesitaban. Pues bien, el actual gobernador demócrata Andrew Cuomo ha declarado que él está
personalmente muy en contra del presidente Trump, pero desde el punto de vista institucional está a su lado, al lado del Gobierno federal. Cuomo asegura que él es, desde luego, Estado, el de New York para más señas, y que tiene por ello legitimidad y competencias, pero que sin contar con el gobierno federal no puede disponer de respiradores, ni de camas hospitalarias, ni de equipos de protección y, en definitiva, no puede atender a la ciudadanía. El gobernador reclama ayuda al presidente, dado que la ciudad de New York se ha convertido en el epicentro de la epidemia en EEUU. Sin embargo, mañana cuando le haga falta la ayuda a otro estado, Cuomo asegura que allí estará él. Un federalismo sin adjetivos. A los adjetivos suele cargarlos el diablo como dicen en mi barrio.

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