Diferentes

Foto de Alexis Fauvet en Unsplash

Por Robert Deglané

11 de mayo. Los tecnócratas o simplemente técnicos las denominan «situaciones de estrés». Consisten en esa serie de acontecimientos que someten a las instituciones, pueden ser también a los individuos, a un nivel de presión extraordinario que ponen en riesgo o superan la capacidad de sus recursos. El coronavirus ha suscitado en la mayoría de los países ese tipo de situaciones en las que, en primer lugar, las estructuras sanitarias son las que han soportado la presión directa. Pocos países, al parecer y a la espera de que conozcamos evaluaciones más serenas, se han salvado de ese estado de tensión; pocos sistemas hospitalarios han soportado sin casi estrangularse la presión de los enfermos en UCIs y en camas.

En el caso de España se sabe que hemos sido uno de los países donde la pandemia ha entrado con mayores costos y consecuencias negativas. No ha sido el único; me atrevo a señalar a la primera potencia mundial, los EE.UU., sometidos a una gestión muy deficiente, incluso caótica al parecer en algunos estados, y en el caso de la ciudad de Nueva York y sus poblaciones colindantes subiendo hasta alcanzar los primeros puestos en las cifras de infectados, enfermos y fallecidos a causa del coronavirus.

En estos dos casos, España y Estados Unidos –no tengo datos de otros países– los problemas de gestión administrativa derivadas de la convivencia de autoridades distintas han ocupado primera plana. Las divergencias de Trump con una serie de estados y de estos con el Presidente en relación con quién debe tomar las decisiones, cuándo y cómo han mostrado una cara poco usual de aquel país. Hemos visto cómo en el Estado federal norteamericano emergían los conflictos históricos entre los estados federados y la Unión. En otras circunstancias (un naciente estado industrial norteamericano), con otros problemas (la esclavitud y la igualdad) y en distinto momento histórico, llevó a los ciudadanos a dividirse en dos irreductibles bandos, federados y confederados y dirimir sus diferencias en una sangrienta y costosa guerra civil (1861-1865).

España es otro país donde sus instituciones de gobierno, las del Estado y las inferiores, distintas y articuladas en lo que se ha venido en denominar Estado de las Autonomías, muestran un estrés considerable. Cada una está sufriendo el impacto de la Covid-19 sobre sus sistemas propios de gestión y, a la vez, la mayoría de ellas están estableciendo una relación con el Estado que podemos llamar, para no exagerar, complicada o conflictiva. Especialmente en el caso de Cataluña y de la Comunidad de Madrid. Si en los principios de la crisis pandémica ya asistimos a una agresiva política mediática desde la Generalitat catalana, tratando de descalificar groseramente la gestión política que estaba haciendo el Estado, descalificación que un día era por una cosa y al otro por su contraria, al llegar el momento de la llamada “desescalada”, cincuenta días después, la ofensiva contra el gobierno del Estado ha venido especialmente desde el propio centro del mismo, desde Madrid. Ambas comunidades, Cataluña y Madrid, están gobernadas por dos “coaliciones” situadas en la directa oposición al gobierno estatal. Bien es verdad que por razones, fundamentos y orígenes distintos. Cataluña quiere demostrar en este ciclón pandémico que el estado español le sobra; y la Comunidad de Madrid está obsesionada con ocuparlo para colocar al frente del mismo a su referente político. Por unas razones o por otras, también hay que decir por las vacilaciones, errores y desaciertos del gobierno de Sánchez, lo cierto es que Madrid y Cataluña se han constituido en las Carolinas del Norte y Carolina del Sur que le hicieron la vida imposible a Lincoln, el Presidente federal.

Una persona sabia y conocedora de los entresijos político-institucionales de nuestro país como es Pere Vilanova ha titulado una reflexión suya como La demolición (El País del 4 de mayo). Es un término explícito que se entiende perfectamente en catalán: la demolició. Vilanova nos sitúa en un terreno de reflexión ciertamente interesante: está en peligro la supervivencia del Estado autonómico. Es tanto el estrés que sobre el gobierno de ese Estado están ejerciendo los territorios autónomos que más que debilitar a la cabeza del mismo, el señor llamado Pedro Sánchez, lo que están haciendo es debilitar un modelo de coexistencia administrativa de un país civilizado que llamamos España. Modelo que está constitucionalizado y consagrado en las leyes. Primero fueron las mascarillas, las cifras, el confinamiento, las compras a China, luego los ritmos de la desescalada, las fases, las provincias, etc. Y, como remate del tomate, todo un vicepresidente de la primera autonomía por población como es Andalucía se sale con una declaración donde la decisión de dejar fuera de la fase 1 a las provincias de Granada y Málaga la considera –literalmente– “ataque frontal a Andalucía por haber hecho las cosas bien”. La simple o normal diferencia en la gestión se convierte en un «discurso identitario», copiando de este modo el camaleónico dirigente andaluz de Ciudadanos al propio Torra. ¡Por sentirnos diferentes!

¿Va a sostenerse el actual estado autonómico tras el paso de la crisis? Muchas brechas están abiertas y van a seguir abiertas. El estado ha demostrado en esta coyuntura que tiene, a pesar de todo, fuelle, resistencia y capacidad para coordinar e imponer a territorios y ciudadanos medidas de excepción. A veces contra ellos mismos, pero esta es parte de la característica de excepcionalidad. Lo que no sabemos es por dónde van a ir los caminos, si han quedado expeditos, tras la catástrofe sanitaria. No sabemos cómo responderán los barones autonómicos –de ellos habla el artículo de Vilanova– ante el desafío de una plan de reconstrucción económica y social. Sabemos dónde están los puntos dolorosos: las dos grandes megalópolis de este país, Madrid y Barcelona, las más castigadas por la pandemia, y las que concentran el peso económico, estratégico y político. Madrid y Cataluña, dos construcciones políticas seguramente sobredimensionadas simbólicamente pero con un efecto extraordinario sobre el conjunto de España. Y ambas gobernadas por dos acérrimos opositores del gobierno de España.

Malos vientos por delante. Menos mal que en este juego de contrastes y de supervivencia/destrucción del estado nos quedan dos cartas importantes: una, que los llamados agentes sociales, patronal y sindicatos, se han puesto a trabajar en un plan de contención de la sangría; y dos, que Europa está ahí, detrás de nosotros, vieja y con achaques…pero sigue siendo nuestra protección ante la estupidez o la locura.

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