Crisis de las autonomías y pandemia

Foto de Manuel Peris Tirado en Unsplash

Por el Bizco Pardal

Planta baja

11 de mayo. La alternativa a la crisis del Estado de las autonomías no es la vuelta a la centralización, a eso que los constructores de vocablos enfermos llaman recentralización. La alternativa es el federalismo. En todo caso, conviene precisar a qué nos referimos cuando hablamos de crisis del estado de las autonomías.

En estos tiempos tan aceleradamente cambiantes cuarenta años son una eternidad.  Y decir «que veinte años no es nada» solo vale como homenaje a Carlos Gardel, que en su tiempo también hizo furor en Izavieja y sus alrededores. Con todo, la biografía de las autonomías se ha desarrollado durante una serie de cambios tecnológicos, sociales y culturales de gran envergadura. Tantos, tan gigantescos y tan profundos cambios han hecho envejecer, con toda naturalidad, al Estado de las autonomías. Como diríamos en mis tiempos de abotargamiento de conceptos ampulosos esos eran factores objetivos. Naturalmente, ha habido también otros de no menor incidencia. Por ejemplo, la crisis de la política y las recurrentes crisis económicas de estos últimos cuarenta años. Total, que entre unas cosas y otras el estado de las autonomías ha estado sometido por esas «situaciones de estrés» de las que habla nuestro amigo, el librero Roberto Deglané. Que ha llegado al agobio en estos momentos de pandemia.

Entresuelo

Todas las gangas del estado de las autonomías  se han concentrado en esta ocasión. Estas gangas tienen su origen en las cascarrias del estado centralista: el patriochiquerismo, la cultura de campanario, la simulación de agravios comparativos, las envidias con o sin fundamento, la arrogancia que miran los territorios más desarrollados a los menos y otras especies por el estilo. Y lo que siempre no ha dejado de sorprenderme: el tipo de relaciones entre unas y otras comunidades autónomas daba la sensación que se parecía a las que tienen los Estados nacionales entre sí, incluso cuando se trata de tipo conflictivo. Elementos que se han exacerbado en esta ocasión tan tremendamente crítica.

En la escalerilla del pódium, la palma se la han llevado ex aequo las autoridades autonómicas de Cataluña y Madrid, puestas por orden alfabético para no crear más complicaciones. Cataluña por intentar aprovechar la ocasión para demostrar que si fuera independiente «habría menos contagios y menos fallecimientos»; Madrid para erosionar a Pedro Sánchez. El diligente Torra y la minimalista Ayuso en cordial entente en lo que alguien ha definido como «la tenaza». Esta convergencia de aparentes enemigos –vale la pena aclarar que tampoco son amigos—se ha centrado en la acusación grotesca que las medidas de confinamiento eran antidemocráticas. Se trata de una formulación tan trapacera como populista, que usaron sorprendentemente los abajofirmantes del manifiesto que encabezó Vargas Llosa con lo mejorcito de cada casa española y americana. Silenciaron que la medida es consecuencia del estado de alerta, tan plenamente constitucional como el conjunto del Título VIII de la Carta Magna.

Los de Torra atacaron el confinamiento y todas las medidas porque la lucha contra la pandemia se hacía –como formula el estado de alerta–  desde el mando único. Al diligente Torra sólo le tocaba –afortunadamente, visto desde Tartaristán y su desierto–  obedecer a pies juntillas. Los de la minimalista Ayuso siempre estuvieron a lo que dispusiera, desde la lejanía del Mediterráneo, el otro ilustre fugado, José María Aznar.

La tesis, siempre recurrente, es: desde lo más cercano se gobiernan y gestionan mejor las cosas. Lo que, deseando en mi caso ser verdad, nunca demostró ser un dogma. La segunda parte de ese constructo –lo más cercano como única panacea–  ha ocultado que en ese topos (más lo cercano) es donde más proliferan las presiones de los grupos corporativistas y los movimientos mafiosos y cuasi mafiosos contra los poderes políticos.  Algún día sabremos más cosas en lo atinente a ciertos negocios que no olían bien de ciertos gobiernos autónomos con gentes inescrupulosas con relación, entre otras, las mascarillas. Lo «más cercano» tiene también esos avatares. Como también la oscura relación de los gremios  con las autoridades para presionar en la flexibilización de esa cosa, también llamada con otro palabro enfermo, la desescalada. Lo más cercano tiene también su particular condición de olla podrida.

Por lo demás, los dirigentes autonómicos –tengo esa arriesgada impresión— siempre sobrevaloraron sus capacidades para enfrentarse a la crisis; y, por otro lado, la aplicación de los mecanismos constitucionales desde el Gobierno central, con la necesaria unificación de las competencias, tuvo algunos desaciertos que fueron magnificados y utilizados demagógicamente por las fuerzas de «la tenaza».

Principal

La pandemia está consolidando una relación negativa, por partida doble, entre las comunidades autónomas entre sí y todas ellas con el Estado central. Entiendo que ese doble malestar ha deteriorado más, si cabe, las cuadernas del edificio constitucional. Ahora bien, al menos en teoría hay un elemento que podría corregir esa doble relación negativa: la asociación de esfuerzos, desde las comunidades autónomas, para el Pacto de Reconstrucción. Pongo énfasis: hay dos sujetos que deben figurar en esa concertación, con independencia de la morfología que adopte, los llamados agentes sociales y las comunidades autónomas. Ese pacto puede ser, debe ser una buena ocasión para racauchutar los desperfectos que se han producido en esta pandemia.

Primera planta

Acabamos reincidiendo en que la alternativa a esta crisis del estado de las autonomías no es la vuelta a la centralización. El sabio castizo dejó dicho que «lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible». Lo afirmó alto y claro Rafael Guerra El Guerra ante testigos: don Luis Mazzantini y el primer Bizco Pardal. La alternativa es el federalismo. Que trataremos gustosamente cuando el director del blog lo considere conveniente. 

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