Los humores de la post pandemia

Foto de Jon Tyson en Unsplash

Por Bizco Pardal

Primer tranco

9 de mayo. Recibo un correo electrónico del director del blog –naturalmente, El desierto de los tártaros—  con una exigencia: «¿Esta pandemia ayuda a reforzar los lazos sociales y la solidaridad o más bien puede generar mayor desigualdad y confrontación?». Es una pregunta turbadora. Al menos para un servidor. Por estas razones: se ha dicho repetidas veces, incluso desde este desierto tártaro, que no tenemos referencias de nada que mínimamente se parezca a lo que nos está ocurriendo, de ahí que pronosticar lo que se nos exige a los tres escribidores se me antoja asaz arriesgado. Además, hay que preservar esta firma, el Bizco Pardal, de caer en errores de bulto en las previsiones, porque luego vienen las hablillas con las críticas de los eternamente tristones. Quien esto firma sigue, de esa manera, las enseñanzas del primer Bizco, becerrista ecijano y académico por el Sacromonte: «Háblese lo justo, con fundamento y adecuada prosodia». A él le tocó becerrear en plazas de mala muerte cuando la pandemia de cólera de finales del siglo XIX. Y según explicó, una vez retirado de las becerradas, lo único que quedó fue que la carne antes de asarla o freírla le pasaban por agua hirviendo. En tierras de secano y regadío todavía se conserva esa práctica. Podemos colegir que fue lo único que cambió. Las gentes, pasada la epidemia que se ensañó en los Montes Orientales, volvió a ser como antes, como siempre. Después hubo cambios. No cambiaron  porque hubiera pasado el cólera, sino porque llegaron periódicos de Madrid y Barcelona a Izavieja que decían que nadie se quitara el sombrero ante los señoricos. Después se construyeron las Casas del Pueblo.

Segundo tranco

Los grandes chamanes de la sociología callan de momento. Han aprendido a ser una miajica prudentes. La sombra del primer Bizco Pardal es alargada: no te apresures a hablar ni a ponerte el marsellés. A mí mismo me pasa tres cuartos de lo mismo: nada o muy poco sabemos de los comportamientos de la gente, salvo cosas importantes como la magnífica experiencia que se repite masivamente en toda España de la gente aplaudiendo en los balcones y otras experiencias similares. Ahora bien, no creo que de dicha situación se pueda inferir un comportamiento de conducta en el futuro, esto es, cuando esto pase. Por lo que –Ignacio de Mágina docet–  «nos movemos en el terreno de la pura especulación» si siguiéramos al pié de la letra el alegato del director del blog. Y más importante todavía: contravendríamos el estatuto epistemológico del primer Bizco Pardal. 

Tercer tranco

Poco puedo decir. Pertenecer al árbol genealógico del Bizco te hace ser muy comedido. Prudencia, pues. Ahora bien, quien tenga un cierto barniz de cultura –o de cultureta, según decía Joan de Sagarra, gran experto en terrazas de bar–  puede arriesgarse a proponer algunas pistas sobre las tendencias sartoriales del personal cuando esto pase.

La cosa dependerá del número de agraviados. Por ejemplo, ¿es de recibo que los futbolistas de élite les hayan hecho varios reconocimientos y tests mientras que para el personal sanitario –en casa del herrero, cuchillo de palo–  la cosa no haya sido tan brillante? ¿o que los miembros de  las fuerzas de orden público tampoco hayan recibido el tratamiento adecuado?

Por otra parte, vengo observando desde hace tiempo  con preocupación que va coincidiendo progresivamente el espacio público con el espacio político,  y éste va  ahogando a aquel.  Con lo que la traslación de la bronca política al espacio público es más rápida y difusa que nunca. Las organizaciones políticas que quieran meter zahúrda tienen un cierto campo abonado en ese mundillo de agraviados, con razón o sin ella.

Así pues, todo dependerá del volumen cuantitativo y cualitativo (viejas categorías cuyo uso está en franca retirada) de los agraviados, ya lo sean reales o imaginarios. Del grosor de ese sotobosque como campo de cultivo de aventuras y, sobre todo, desventuras.

Cuarto tranco

Lo que no parece difícil de prever es el comportamiento político de algunas fuerzas. Aquí tenemos un gigantesco almacén de conductas –sin ir más lejos–  desde que oficialmente empezó la pandemia. En este periodo ha adquirido más cacofonía «la doble verdad, la doble moral y la doble contabilidad», que dijera el maestro Manuel Vázquez Montalbán.  

No es irrelevante hablar de esto porque en buena medida el contagio y la exasperación de la política se trasladan así mismo a la sociedad que cada vez más se irá contaminando de ese ambiente de bronca a discreción. No es sólo el ambientillo de las bataholas del Congreso de los Diputados, sino la permanente matraca de esa camada de tertulianos que ya no respetan los más mínimos valores del periodismo. Ese ambiente no aflojará. Y ya veremos de qué manera se invertirá esta situación. Pero una cosa es clara: por nosotros, tártaros de adopción, no quedará.  

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