El dilema

Foto de Filip Filkovic Philatz en Unsplash

Por Ignacio de Mágina

9 de mayo. ¿Esta nueva pandemia podría contribuir a reforzar los lazos sociales y proporcionar una mayor igualdad o más bien pueda generar desigualdad y confrontación en la sociedad? Esta pregunta, por supuesto, nos hace movemos en el terreno de la pura especulación. Alguien podría pensar que la reflexión sobre mundos imaginarios, sobre maneras futuras de vivir en común es todo menos útil. Sin embargo, no estaría de más recordar que si bien no todos los mundos imaginados por el ser humano se hicieron reales, históricamente los mundos reales fueron construidos a partir de ser más o menos imaginados. Si el invento requiere de preguntas, se podría decir que las preguntas imaginan formas distintas de pensar y de actuar.

Como comentamos en estas mismas cartas tártaras, la pandemia no es una guerra. Este debate en torno al uso de lenguajes y estrategias bélicas ante un enemigo como el COVID-19 sí que me parece que tiene poca utilidad. Entre otras razones porque, según los especialistas, el virus no se vencerá, sino que nos obligará a convivir con él, como, por otro lado, ha pasado con otros virus como la peste negra, pero también, de manera más contemporánea, como ha pasado con la gripe. Sí convendría recordar, sin embargo, que tanto la guerra como la pandemia pueden agruparse bajo el rótulo de “Los cuatro jinetes de la equiparación” (guerra con movilización masiva, revolución transformadora, fracaso del Estado y pandemia letal) de los que nos habla el historiador norteamericano Walter Scheidel en su ambicioso estudio “El gran nivelador. Violencia e historia de la desigualdad desde la Edad de Piedra hasta el siglo XXI” (Crítica 2018), para referirse a las formas de ruptura violenta que históricamente han reducido de manera consistente la desigualdad material. Aun así, el mismo Scheidel recientemente ha reconocido que, desde el punto de vista histórico, nuestro conocimiento tiene límites para saber si la pandemia puede operar como igualador en nuestras sociedades. Alertándonos, al mismo tiempo, sobre el riesgo de emplear las analogías históricas, tentadoras pero siempre resbaladizas por su superficialidad.

Lo que sí sabemos es que en el otoño de 1347, pulgas de rata, las portadoras de la peste bubónica, introdujeron la epidemia en Italia a través de unas cuantas naves procedentes del Mar Negro. Durante los siguientes cuatro años una pandemia avanzó rápidamente a través de Europa y Oriente Medio. El pánico se extendió y quizás un tercio de la población europea pereció. La plaga volvió una década más tarde y los estallidos periódicos continuaron durante un siglo y medio, extendiéndose a la siguientes generaciones. Ante la destructiva plaga, el historiador árabe Ibm Khaldun dejó escrito que “todo el mundo habitado cambió”. Está bien recordar lo que dijo este sabio para poner en evidencia lo que hoy dicen otros disfrazados de sabios y sin citarlo. A lo largo de las olas de la epidemia que se sucedieron durante aquella etapa histórica, la escasez de la fuerza de trabajo produjo la alarma entre las élites adineradas. El desequilibro entre capital y trabajo, según algunos historiadores de la economía, propició que los ingresos reales de los trabajadores no cualificados se duplicaron en gran parte de Europa durante algunas décadas. Este fortalecimiento de la posición de los subalternos habría provocado el miedo de los ricos a las pandemias (Walter Scheidel, ¿Por qué los ricos temen a las pandemias? https://www.sinpermiso.info/textos/por-que-los-ricos-temen-a-las-pandemias). Más más adelante volveré sobre este asunto.

En cuanto a la guerra cabe decir que no hay dudas sobre el hecho de que al día siguiente de cada una de las dos últimas guerras mundiales, la idea que prevaleció era la de una justa redistribución de la riqueza. Ken Loach, en “El espíritu del 45” (2013) nos ofreció una buena panorámica sobre este asunto, centrando su objetivo sobre la anterior crisis de 2008. Aunque tampoco conviene olvidar  -como no lo hace el propio Loach en su documental- que desde los años setenta del pasado siglo XX, aquella idea de 1945 ha sido sometida a la ferocidad religiosa de los defensores de un orden espontáneo del mercado, del “Mercado Total” del que nos ha hablado el jurista especializado en derecho social Alain Supiot.

Supongo que coincidiremos en ver que desde el inicio de la pandemia actual se ha manifestado un progresivo giro en los gobiernos hacia el discurso y la defensa de las políticas sociales. Se ha venido hablando del necesario “escudo social”, ya sea por parte del actual gobierno de coalición en España como por parte de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Se ha defendido, de palabra y en cierta medida de hecho, el robustecimiento del papel del Estado frente al mercado, esa sombra sin nombre. Se ha ido planteando anteponer el bienestar humano, siendo la salud un derecho esencial, al crecimiento económico. También se han detectado formas hasta cierto punto novedosas de sociabilidad que iban en la dirección contraria a la hegemonía de un individualismo social exacerbado en nuestra sociedad.

La aparición de estas formas de relacionarse socialmente ha sido analizada brevemente en un artículo cuyo título traduzco: “Por qué el coronavirus podría crear una sociedad más igualitaria en Gran Bretaña” y que me ha proporcionado el amigo Deglané (https://www.theguardian.com/commentisfree/2020/may/04/coronavirus-equal-society-britain-wellbeing-economic-growth). Sus autores son Richard Wilkinson y Kate Pickett, epidemiólogos y estudiosos de la desigualdad en la etapa actual (lectura recomendable: “Desigualdad: un análisis de la (in)felicidad humana”, 2009), sostienen que la pandemia nos ha unido de manera similar en algunos aspectos de manera parecida a como lo hace una mayor igualdad, según mostraría la investigación y los estudios sobre este fenómeno que ha marcado la evolución durante las últimas décadas de las sociedades occidentales, más incluso que el caso de otras.

Así como la guerra, la pandemia nos haría sentir que tenemos más cosas en común de lo que a priori habría fijado un modelo de “sociedad de la diversidad” que apostó, en ocasiones de manera obsesiva, por la multiplicación de las identidades. Según Wilkinson y Picket hoy existe una percepción de “recomposición de la sociabilidad”. Este fenómeno, de producirse, se daría de manera paradójica puesto que surge al tiempo que se mantiene el distanciamiento social. Aparentemente se dan expresiones que nos indican que esto pueda ser así. Esta tendencia a la cohesión comunitaria se ha manifestado a través de manifestaciones y acciones durante los períodos de confinamiento en los diferentes países: redes de ayuda mutua para atender a la gente mayor, voluntariado en el reparto de alimentos, de asistencia médica,… Aparecen palabras como vecindad, proximidad, comunidad, solidaridad. Estas son expresiones reales y efectivas, al fin y al cabo. Se manifiesta la necesidad de solidaridad, término que deriva de solidez, de una solidez frente a la incertidumbre que vive hoy la sociedad. Así, parecería que una mayor igualdad pudiera cambiar la naturaleza humana, esto por lo menos es lo que nos plantean o entiendo que nos plantean Wilkinson y Pickett.

El escenario final más dramático que podamos imaginar de la actual pandemia, tanto en número de pérdidas de vidas como de afectación a las siguientes generaciones, no es comparable, por lo menos a día de hoy, con las consecuencias que produjeron las catástrofes epidémicas antiguas. Y aquí retomo el tema de la fuerza de trabajo y el temor de los ricos a las pandemias. Parece improbable que el trabajo llegue a ser lo suficientemente escaso como para incrementar los salarios, ni para hacer que se desplome el valor de los bienes inmuebles, nuestras economías actuales ya no se basan en la explotación agrícola y el trabajo manual como lo hicieron en tiempos antiguos, nos dice, nuevamente, el historiador Walter Scheidel. Sin embargo, la lección más importante de la historia perdura. Esta lección pasa por asumir que son las elecciones políticas las que resultan definitivas para saber si la desigualdad crece o decae como respuesta ante la pandemia. En el caso de EEUU, dependerá de las próximas elecciones presidenciales, previstas para el 3 de noviembre, la dirección del cambio de la sociedad en un sentido o bien en otro, como plantea el propio Scheidel.

Esto me lleva a afirmar, finalmente, que en el caso de Europa se precisa de un nuevo proyecto del llamado Estado social, hoy envejecido. Como bien sabéis los dos, en la Constitución española se habla de estado social y de derecho, como en tantas otras constituciones de los estados miembros de la UE y de otros países del mundo con sistemas democráticos. La pandemia es la oportunidad, la necesidad es este nuevo proyecto de Estado social guiado por una idea antigua y al mismo tiempo actual como es la de que “No hay paz duradera sin justicia social” (una última lectura recomendada: Alain Supiot, “Grandeza y miseria del Estado social”, Col. Informes núm. 101, 2014, traducido por Javier Artistu y Pedro A. Jiménez Manzorro, http://www.1mayo.ccoo.es/noticia:298063–).

Sin embargo, la reducción de las diferencias sociales en ingresos y riqueza requiere y se enfrenta, por supuesto, a algo más que el deseo de un proyecto. Nos plantea el dilema entre defender el actual orden de cosas o bien impulsar cambios que hagan posible reformas redistributivas similares a las llevadas a cabo durante la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Esto siempre y cuando los intereses de élites poderosas, ya sea en Europa o EEUU, no se interpongan en el camino. Así pues, no dejamos de movernos en el terreno de la pura especulación.

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