Puerta de Lilas

Por Bizco Pardal

El joven Ignacio de Mágina ofrece ciertos rasgos de mi vida que hasta ahora doña Clío no había considerado, por irrelevantes, desvelar al público. En concreto, mis gustos cinematográficos. Tiene el buen criterio de no ponerle adjetivos ni establecer comparaciones entre el cine de Joselito, el pequeño ruiseñor, y el de Antonioni. Joselito o el cine plano y sin complicaciones; Antonioni, con su Notte que es para mí el paradigma del tostón por antonomasia. La Notte tiene una enorme ventaja: los que no entendemos de cine podemos decir abiertamente que dicha película es un latazo sin que nadie nos fulmine con su maldición o nos endilgue una sonrisilla despectiva. No ocurre lo mismo con Bergman, hay que tener cuidado con él, porque sus parciales suelen ser muy pendencieros. Tres cuartos de lo mismo sucede, en la literatura, con el Ulises de Joyce. Puedes meterte con él, sabiendo que la mirada de tu interlocutor será comprensiva. Lo que no ocurrirá si afirmas imprudentemente que Rayuela es un tabardillo. Pero estamos hablando de cine.

Yo me inicié en eso del cine en uno de verano, el cine de Bizcochito, que era una almazara cuando yo vivía en la ciudad de los cuatro arcos. Imposible no almacenar un caos; las películas se sucedían en el mayor desconcierto: Gilda y La hermana de San Sulpicio con Rita y Carmen Sevilla respectivamente, que –según nos decía Bizcochito–  eran primas segundas. El tercer hombre y El pescador de coplas con Orson y Antonio Molina. Atila y La niña de fuego con Jack Palance y Lola Flores. Todavía los artistas eran Gari Cope, Jamestevar, Jamemazon hasta que en la emisora parroquial de Atarfe les canviaron el nombre y al principio no sabíamos quiénes eran.

En resumidas cuentas, con tanto abigarramiento de películas y estilos era improbable que yo pudiera alcanzar la ascesis de cinéfilo, un selecto Gotha donde efectivamente están todos los que se consideran tal. Y como prueba que un servidor no está en ese Olimpo les diré que la única película que considero digna de los dioses es Puerta de Lilas, dirigida por don Renato Clair.  Yo la vi en el Salón Pérez  –una sala cutre entre lo cutre–  de Utiel. Me han dicho que ahora es un restaurante por todo lo alto, muy historiado. Atención, mis queridos tártaros: he vuelto a ver Puerta de Lilas estos días. Con esa película me olvidé de la pandemia y su confinamiento, también de ese liante de Roures que –me dicen–  se ha hecho con El terrat de Buenafuente. Roures que según se habla en Izavieja es un chaquetero. Y un chequetero. Sin ingenio. Desde luego, ni punto de comparación con Curzio Malaparte, que se pasó de Mussolini a Badoglio. Malaparte les echó un discurso a los soldados, en cierta ocasión, sobre la vergüenza que había sido el fascismo y les dijo que esperaba que fuesen dignos de Italia y supiesen luchar por su honor. Tras lo cual le preguntó a un soldado: «¿Podrías repetir lo que he dicho?». «Sí, mi capitán, que hemos de ser dignos de la vergüenza de Italia». A lo que don Curzio, sensible a la sabiduría contadina respondió: «Muchacho, me has entendido perfectamente».   Puro cine. Me imagino a Vittorio de Sica y a Alfredo Landa.  

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