A cambio de nada

Por Ignacio de Mágina

3 de Mayo 2020. Nos preguntaba ayer Bizco Pardal: ¿qué cine estáis consumiendo durante
estos días de confinamiento? Mientras pensaba la respuesta, imaginé
qué tipo de cine consumiríamos en el futuro. Tengo pocas dudas sobre
las producciones que llevarán a las pantallas la experiencia de la
pandemia (la domesticación de la naturaleza nos ha devuelto lo que
hemos sembrado nosotros mismos…) y las múltiples facetas
dramatizadas de una catástrofe, la infinidad de guiones y géneros que
ofrecerán una visión de este asunto. Es posible que las películas que
se hagan nos cuenten lo que hemos vivido y experimentado, lo que
estamos viviendo y experimentando, a diferencia de la edad
prepandémica cuando nos ofrecían visiones de apocalipsis donde las
máquinas, los extraterrestres, las conspiraciones y las guerras eran
el leitmotiv de la mayoría de las superproducciones hollywodienses y
era algo que íbamos a vivir y experimentar, pero estaba lejos. El
cambio, intuyo, será notable. O tal vez no ¿quién lo sabe? Pero no es
lo mismo pronosticar un desastre futuro que relatarlo en medio de él o
una vez pasado… Las especulaciones se cortaron en seco… Con buen
criterio, Bizco Pardal me vino a decir que, tal y como como reza el
dicho popular, “Vísteme despacio, que tengo prisa”. Porque esta nueva
crisis no ha hecho más que comenzar

Nuestro amigo tártaro nos insistió de nuevo: pero ¿qué cine estáis
viendo durante estos días de encierro? Él confesó que no está
predispuesto a consumir películas de sufrimiento ¿para qué, si ya
estamos en el reparto de una de ellas? Poco pathos y más
entretenimiento, nos vino a decir. La salud mental es frágil siempre y
más ahora. Más “Joselito” y menos Bergman, espetó mientras se llevaba
a la boca un palillo repleto de berberechos (¡qué no son de lata! Eh,
son del mercado de Mataró…, nos dijo). Esta elección sobre el
consumo del cine de entretenimiento del amigo Bizco Pardal, claro
está, es tan legítima como personal. Aunque me parece que hoy “El
niño de la voz de oro”, protagonista de “La vida nueva de Pedrito
Andía” (1965) dirigida por Rafael Gil y famoso en los años cincuenta
del pasado siglo XX, no es conocido más allá de la frontera
sentimental de algunas generaciones (por lo que conozco de Bizco, su
disfrute del cine interpretado por “El pequeño ruiseñor” pudiera tener
algo que ver con su coincidencia con el niño prodigio, e incluso con
su participación como extra en alguna de aquellas películas, durante
los años estudiantiles de ambos en un instituto de la localidad
valenciana de Utiel, pero esto son confesiones hechas por el joven
tártaro durante una larga sobremesa, que no debería desvelar aquí…).
Tampoco me parece que la prolífica producción del director sueco
Ingmar Bergman, que debutó con el film “Crisis” (1945) y fue
reconocido con “El séptimo sello” (1956) y “Fresas salvajes” (1957),
sea objeto hoy del consumo de masas (¿lo fue alguna vez?); la lentitud
que caracteriza su cine tiende a producir, por lo menos a mí, un doble
confinamiento, de existir eso.
Sí, estoy dando un gran rodeo… Bueno, es una manera de hacer tiempo
mientras nos vemos pixelados en la sesión de whatsapp matutina en la
que, por primera vez, conversamos los tres tártaros, haciendo un vermú
on-line y preparando las próximas epístolas que nos han acompañado
hasta aquí desde hace más de 45 días… (Roberto Deglané, mientras
saborea la mojama gaditana, me cede la palabra…) ¡Dani Guzmán, A
cambio de nada! Esa es la última película que he visto, les digo, y es
el tipo de cine que ahora, pero también antes, me ha atraído. Es cine
de barrio y yo soy de barrio. Es drama social y la vida es un drama
con momentos de tragedia. Es voluntad y tesón de Guzmán, que estuvo
empeñado 10 años en explicarnos la historia, su historia, y logró
reconocimiento en los Goya (puede verse en abierto en la televisión
pública: https://www.rtve.es/m/alacarta/videos/somos-cine/cambio-nada/5550452).
Mientras disfrutaba de la historia de un adolescente y una anciana en
un mundo grande y terrible, pensaba en la fragilidad de las vidas de
las personas que durante estos días han recibido en sus barrios una
especie de bomba de racimo en forma de crisis múltiple: sanitaria,
económica y social. No voy a hacer ningún spoiler, pero recomiendo la
película de Guzmán en unos tiempos en los que lo que recorre el país
es el fantasma de un síndrome, el de la resistencia a aceptar los
cambios. Un conjunto de síntomas que afectan a la interacción social y
expresan una inflexibilidad del pensamiento y la estrechez de
intereses.
Al terminar de ver “A cambio de nada”, no dejaba de venirme a la
cabeza un tiempo, en principio, bien distinto al que vivimos, una
etapa prerrevolucionaria en Europa, y una frase escrita por un joven
barbudo, popular entre sus círculos más cercanos como “el pequeño
jabalí”, como era el joven Marx, para quien: “Las reformas sociales
jamás se llevan a cabo gracias a las debilidades del fuerte; siempre a
merced de la fortaleza del débil” (otra recomendación: la lectura de
la biografía de Karl Marx que escribió ya hace más de dos décadas el
escritor y periodista británico Francis Wheen, Debate, 2015).

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