El desavío de las derechas

Foto de Jaison Lin en Unsplash

Por Bizco Pardal

Primer piso

Según nos dice Ignacio de Mágina los bárbaros se disfrazan de bárbaros en algunas ocasiones. Podría ser un travestismo centrípeto. Pero como dijo alguien «todo es posible en Granada», digo, todo es posible en España. Los hunos se disfrazan de hunos para romperle el espinazo a su enemigo.

Es lo que sucede. Cuando España está sangrando por los cuatro costados –y no metafóricamente–  los adictos a la bronca arremeten contra los que no quieren que la sangre llegue al río. Tanto da que se apunte contra un científico, responsable de la lucha contra la pandemia, como que se enfile contra el Gobierno. Desde las cabañas de los caricatos hasta los palacios de la prensa de postín, vale decir, desde el hormiguero de ese Motos que exhibe sus conocimientos científicos amasados en la escuela de Ciruela, hasta el indecible Juan Luis Cebrián, que él mismo se otorga bula para perorar sobre lo humano y sobre todo de lo divino. El comicastro pone de azul y oro al doctor Fernando Simón; el podador de El País ironiza sobre las competencias del ministro Salvador Illa, diciendo que –ya se sabe– es «filósofo». En concreto, los dos hunos embisten a la ciencia y las humanidades. Es el trastorno de las derechas.

Segundo piso

Lo que fue pensado como comunidades autónomas corre el riesgo de convertirse en behetrías. Soy del parecer que el peligro territorial de España no es la recentralización, sino la desagregación en merinazgos. Y, más en concreto, el cada uno en su casa y en contra de todos los demás. No es solamente el «yo primero», sino el yo único. ¿La globalización interdependiente?: ¡pollas en vinagre! como se dice en Izavieja.  Es la vuelta a la Ciudad Estado, rodeada de enemigos por todas partes menos por uno que le une a otro.  

Hay bárbaros que también se disfrazan de bárbaros: son los independentistas evangélicos –alguien les llama cátaros—que expresan la desagregación más vehemente. También hay barbarillos que expresan lo más ancestral de los corporativismos viejos y nuevos, que hunden sus raíces en el cantonalismo más grotesco del «¡Viva Cartagena!».  Es la fronda autonómica. Perdón, la fronda de los merinazgos. Que está estropeando –los hunos sabiendo lo que hacen y por qué, los hotros exhibiendo el «yo no puedo ser menos»–  una salida eficaz y ordenada al confinamiento. 

Queridos tártaros, no os precipitéis motejándome de recentralizador y jacobino. Esperaos al final.

Tercer piso

La «fronda autonómica» dice el maestro Enric Juliana en La Vanguardia el 1º de Mayo. Y tan finísimo comentarista político –el más sutil y ponderado, el más original y didáctico de todos— desliza el nombre de la bicha para calificar al gobierno: «Bonapartismo». No tal, maestro. Es mano firme, cierto. A veces, titubeante, también cierto. Pero bonapartismo son palabras mayores. Mano firme, decimos, porque el mismo Juliana ha escrito que «el Gobierno está gestionando un infierno». Lo está haciendo contra el viento y la marea, perdón, quiero decir contra el huracán de las derechas trastornadas y contra la marea de los intereses corporativos de merinazgos políticos y sectores económicos.

Cuarto piso

Los entendidos con más fundamento alertaron desde el inicio que la cosa sería tremenda. Que nadie se llamara a engaño. Como diría el joven de Mágina «la piedra lanzada al pozo no devuelve el sonido», por lo que, cuando se avisaba a unos cuántos de lo que se nos venía encima, el pozo no nos devolvió el enterado. Hoy, esos hunos y esos hotros, han leído las noticias: el primer trimestre del año el PIB español ha caído un 5,2 por ciento y el de Cataluña un 8,8; el Banco Central Europeo, a su vez, nos habla de que la caída en la UE será del 12 por ciento. Fruslerías, dirán. Nosotros a lo nuestro. A nuestra behetría de secano, donde los campanarios son más acogedores. Lo del vecino me lo paso por la cruz de los pantalones. Esos hunos han creído que la pandemia era doña Correlación de Fuerzas, esa ilustre dama a veces tan inquietante. Esta es la nuestra, pensaron.  

Ninguno de esos recordó el famoso verso de Hesiodo: No se te morirá la vaca si no tienes mal vecino. Ni tampoco a Diógenes que dijo: «No sólo los mesenios sino también los bueyes han muerto; y vosotros sois sus vecinos». Por algo dirían Hesiodo y Diógenes lo que dijeron.

Con estos hunos y hotros parece difícil que las cosas mejoren. Ahora la pelea entre ellos es pura comedia. Ahora lo que está a la vista de todos es la destrucción de todo atisbo de progreso y reformas. Por eso rechazan el federalismo, la solución más idónea. Lo importante es que la bronca no decaiga.  Es el desavío de las derechas. 

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