El 1º de Mayo: rito y símbolo

Trabajando en altura. Foto Flickr por Paolo Carboni

Por Ignacio de Mágina

30 de abril. El Primero de Mayo o el 1º de Mayo no es una fecha en el calendario,
como bien nos recuerda Bizco Pardal. Durante los últimos más de cien años
nunca la ha sido. Aquello hecho por la clase trabajadora y sus
organizaciones de manera reiterada y a lo largo del tiempo durante el
primer día de mayo del calendario gregoriano -ese que siendo
originario de Europa se ha extendido prácticamente al resto del mundo-
ha pasado a ser un rito y un símbolo. En esta fecha se han ido
sedimentado experiencias, luchas y reivindicaciones de la clase
trabajadora y de sus organizaciones que nos retrotraen a
acontecimientos que tuvieron lugar en Chicago hace ahora 134 años. Era
el momento de los llamados “Tres 8”: las ocho horas de trabajo, las
ocho horas de esparcimiento y ocio, y las ocho horas de descanso.
Programa racionalista y justo del movimiento obrero y sindical que
visto desde hoy adquiere, por decirlo de alguna manera, sentido y
sensibilidad en los turbulentos tiempos que corren. Pero sobre todo
que nos retan hoy a completarlo y en particular a imaginar, como
entonces hicieron sin Tuiter ni Facebook, un programa mínimo tan
máximo, tan movilizador y efectivo.

El 1º de Mayo es con ironía el May Day al otro lado del Atlántico, es
la damnatio memoriae, el borrado de memoria que evita enfrentarse a
uno de los acontecimientos que mancha la historia y la democracia de
la joven nación estadounidense.

El 1º de Mayo ha sido día cruento, momento de mártires, fecha
proscrita, ritual internacionalista, vigilia de la revolución y rojo
amanecer. Ha sido también unión obrera, expresión de fuerza y
movilización política, muda de domingo, desfile callejero,
manifestación abierta, grito de reivindicación, música y cortejo que
serpentea por la ciudad proletaria a su conquista. Pero también fue
momia y estandarte, así en el Oriente como el Occidente, del “trabajo
exaltado” que legitimó dictaduras.

El 1º de Mayo fue en nuestro país el día del “Productor”, coros y
danzas del Franquismo, cara de San José Obrero vestido con el azul y
el negro de la sotana nacionalcatolica y el correaje fascista.  Ha
sido también el 1º de Mayo día clandestino, cita en la calle, acción
relámpago, carrera y golpes de los “grises” a caballo. Ha sido ese
cruce entre Historia y Vida que puede acabar bien o puede acabar muy
mal. En nuestro país el 1º de Mayo fue uno de los primeros días
liberados de aquel pozo que llamaron Cruzada Nacional.

El 1º de Mayo se ha construido como un “lugar de memoria” ¿Qué es
esto? Me diréis. Pues, como señalaba el ya desaparecido filósofo
francés Paul Ricoeur, no son sólo lugares topográficos sino sobre todo
marcas exteriores, referencias para las conductas y las relaciones
cotidianas, formas de entenderlas, santos y señas para ocupar cada uno
su sitio.

El 1º de Mayo, como lo es el 8 de Marzo, es calendario simbólico.
Aunque hoy parece haber perdido lustre conforme el trabajo en nuestra
sociedad se tornaba evanescente, cuando el trabajo sonaba a eco del
pasado. Ese eco del trabajo y los trabajos durante estas semanas ha
retumbado como un trueno en un cielo seco, ha abierto profundas
grietas en la corteza de la sociedad. El golpe ha hecho abrir los ojos
sobre las manos visibles que construyen, que curan, que dan, que
distribuyen, que atienden, que enseñan, que cuidan, que entregan, que
limpian y que friegan, que alimentan, que protegen, que abren y que
cierran, que alumbran, que traen al mundo y que entierran. Son las
manos y las cabezas que la ola de la posmodernidad lanzó a un pasado
inexistente y condenó a un futuro ciego.

Sin embargo, este 1º de Mayo de 2020 que coincide con la pandemia y
con un viernes en el calendario, hace absurdo la fuga en un puente
largo. El confinamiento en un Primero de Mayo es el mayor reto a un
Día Internacionalista que es rito y símbolo de una larga historia
sedimentada por la aspiración de la justicia social. Este 1º de Mayo
más que nunca necesita que inventemos un espacio abierto, un espacio
en blanco sobre el que volver a reescribir. Un momento de encuentro o
de reencuentro, una exigencia y un discurso que denuncie el desorden
al mismo tiempo que imagina un futuro distinto y por eso mismo
posible.

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