La “vieja anormalidad”: una amenaza para la “nueva normalidad”

Foto de Loïc Fürhoff en Unsplash

Por Ignacio de Mágina

27 de abril. Estamos hoy en pleno debate sobre la llamada “desescalada”. Esta
crisis, por cierto, está contribuyendo también enormemente a
enriquecer el vocabulario de la ciudadanía, nunca en tan poco tiempo
se han introducido tantos neologismos y vocablos en el discurso
público.

La imagen que evoca el término “desescalada” es potente: cuerdas,
amarres y anclajes, crampones y calzado resistente…, pero cabe
recordarnos, por si acaso, que la escalada no la hicimos
voluntariamente sino que nos encontramos empujados a la curva de la
pandemia. Por tanto, no partimos con la previsión de tener preparado
un equipo para ir a la montaña. La desescalada la tendremos que hacer,
como es obvio, en contra de la fuerza y  la intensidad del virus que
nos llevó a una cima desoladora. Será una desescalada, por decirlo de
alguna manera, hecha a pulso.

Estamos ante el obstinado ensayo de algunos en comprobar el efecto
túnel provocado por una velocidad excesiva, el mismo que nos impide
apreciar cualquier peligro en los laterales de la carretera. Será en
las intersecciones que encontremos y en el cambio de carril donde
habrá especialmente peligro. Ayer hubo cambio de carril, la salida de
las familias con sus hijos ofreció fotografías diferentes en la Redes
Sociales y en los medios de comunicación… Vamos a ver en unos días
si la velocidad era la correcta en este tramo del camino que no es
desescalamiento, a lo sumo una pequeña parada para mojarse la boca y
recuperar fuerzas.

Estamos lejos todavía de alcanzar ese estadio de la “nueva normalidad”
y dirigirnos hacia el fin de la “anormalidad”. Sin embargo, esta
voluntad, por firme que sea, no va evitarnos convivir con  viejas
anormalidades mentales, las arrastramos desde hace años y no va a ser
fácil ni rápido dejarlas atrás. No va a ayudarnos en esta tarea en la
que habrá mucho de ciencia y de intuición, de prueba y de error, la
aparición de nuevo y con relativa insistencia de las viejas retóricas
de la épica pasada, del “Tenim presa”, “Ara o mai”…, que hoy
aparecen con ridícula desnudez. Se observan abscesis purulentas en las
redes através del pensamiento mínimo: “España es paro y muerte;
Catalunya, vida y futuro”, pozos de pus negra imposibles de refinar,
rechazados por los productores del Oriente Medio. “Pasaporte
inmunológico” de pitagorines fulgurantes con ansias de figurar.
Ratafía envuelta en banderines de colores para colocar en la plaza
pública y en el mercado doméstico. Salgamos a la calle, hagamos la
fiesta. Irredentismo independentista, a derecha y a izquierda, propio
de las horas extra de la política. Cuñadismo de sobremesa.

Un gasolinero envuelto en un trapo y un pitagorín con una calculadora
en las manos presagian malos augurios. La gasolina y las matemáticas
mediando una crisis de la producción petrolífera, como indican los
estudios recientes, puede resultar explosiva.

Tentación secesionista así en Madrid como en Barcelona. Tentación
supremacista. Ultranacionalismo de máquina expendedora. La supuesta
alma de los territorios tritura sin miramientos a las personas de
carne y hueso. Esta mezcla de mercadillo de baratija y de sesión
continua de cine porno de barrio con palomitas no es un buen equipaje
para desescalar, a lo sumo para hacer noche en el Monte Pelado de
Nikolái Gogol, donde el campesino ucraniano del cuento presenció un
aquelarre.

Si conseguimos que las explosiones ondeantes de los banderazos queden
reducidos al mínimo y adoptamos el método del paso a paso, tal vez
podamos salir de esta situación con el menor daño social y económico
posible, un daño que ya está hecho. Se trata de incrementarlo o de
minimizarlo de cara a construir una “nueva normalidad” que permita dar
un balón de oxigeno a la necesaria reconstrucción social, económica
pero también moral que tenemos por delante.

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