Realidad

Montparnasse, Photo by Kevin Dell on Unsplash

Por Robert Deglané

26 de abril. Hablemos de lo que estamos leyendo en este tiempo de recogimiento y meditación, que diría el cartujo. Debo reconocer que mis lecturas son dispersas, desperdigadas. No tengo en estos momentos orden ni concierto capaz de organizarme ningún plan de lecturas. La actualidad, además, manda y la prensa digital absorbe bastante del tiempo dedicado a leer.

Un artículo de José María Lassalle que leo hoy en La Vanguardia me sirve para presentaros un libro útil en estos tiempos de inflación e intoxicación de las redes sociales, asunto que ya tratamos hace pocos días. Lassalle se refiere a Michiko Kakutani y su libro La muerte de la verdad. La autora fue crítica de libros durante muchos años en el New York Times y el libro destripa las maneras en que las redes sociales se han convertido en un depósito de mentiras, infundios y manipulaciones, creándose de ese modo un arma de destrucción masiva de los consensos y certezas que sirven para convivir en paz. Trump, según Kakutani, sería el fiel reflejo y el mejor exponente del inductor de esa filosofía de la mentira. El último ejemplo de su intervención sobre los desinfectantes, la lejía y el rayo de luz solar como medio de eliminar el virus del cuerpo pasará a la historia. Pero no sabemos cuántos ciudadanos le seguirán siendo fieles tras este escándalo. El libro de Kakutani lo tuve que leer en la primavera pasada con motivo de una charla que debía dar y me impresionó por los ejemplos que ponía y las consecuencias que su autora sacaba de todo ello. Hoy, Lassalle lo amplifica en su estupendo artículo sobre la presencia de la nueva extrema derecha o neofascismo en los actuales territorios de la política. Frente a un optimista Castells, siempre fervoroso seguidor de las tecnologías digitales de la comunicación, Kakutani expone la cara negra de ese mundo reconvertido en el medio de intoxicación preferido por los movimientos y grupos del neofascismo y cita a Andrew Keen, empresario de Silicon Valley, que «avisó de que Internet no sólo había democratizado la información más allá de lo que cualquiera podría imaginar en sus sueños más locos: estaba, además, sustituyendo el verdadero conocimiento por la llamada wisdom of the crowd, «sabiduría de la turba», que borra peligrosamente las fronteras entre hechos y opiniones, entre los argumentos informados y la especulación jactanciosa». Y en esa estamos.

Ignacio de Mágina nos habla de la incertidumbre en estos tiempos aciagos. Me gustaría sugeriros la lectura de la ya clásica filósofa germano-americana Hanna Arendt. Mi amigo Antonio me recomendó ayer mismo que leyera su introducción de 1951 a la edición norteamericana de su también ya clásico Los orígenes del totalitarismo. El libro salió publicado en EE.UU. precisamente en el momento en que las dos superpotencias –Estados Unidos y la Unión Soviética– se enfrentaban, ambas ya con medios nucleares de disuasión. Ante una realidad que inspiraba pánico o al menos incertidumbre, Arendt escribía «Jamás ha sido tan imprevisible nuestro futuro, jamás hemos dependido tanto de las fuerzas políticas, fuerzas que parecen pura insania y en las que no puede confiarse si se atiene uno al sentido común y al propio interés». Una judía alemana, escapada de aquel país secuestrado por el nazismo y superviviente por suerte de la muerte, convertida en cierto modo en una apátrida del pensamiento ortodoxo había escrito aquel libro «por el convencimiento de que sería posible descubrir los mecanismos ocultos mediante los cuales todos los elementos tradicionales de nuestro mundo político y espiritual se disolvieron en un conglomerado donde todo parece haber perdido su valor específico y tornádose irreconocible para la comprensión humana, inútil para los fines humanos. Someterse al simple proceso de desintegración se ha convertido en una tentación irresistible no sólo porque ha asumido la falsa grandeza de una “necesidad histórica”, sino porque todo lo que le era ajeno comenzó a parecer desprovisto de vida, de sangre y de realidad».

Hoy vivimos tiempos similares en nuestras percepciones. No se trata del peligro de una guerra termonuclear sino de la realidad de una pandemia que ha desmontado todos nuestros aparejos de vida individual y social. Termina Arendt su introducción con una sensación de pesimismo que no tiene por qué reñirse con la voluntad de encarar el presente real: «Esta es la realidad en la que vivimos. Y por ello son vanos todos los esfuerzos por escapar al horror del presente penetrando en la nostalgia de un pasado todavía intacto o en el olvido de un futuro mejor».

No quiero terminar, sin embargo, con esa sensación de pesadumbre. Un 25 de abril de 1945 millones de italianos cantaban Bella Ciao y festejaban el final de la pesadilla fascista. Un 25 de abril de 1974, millones de portugueses (y algunos españoles la aprendimos después) entonaron el Grandola Vila Morena e iniciaban una etapa de libertad y democracia. Ayer, de nuevo, puse en altavoz las dos canciones y aplaudí a esos dos pueblos a los que tanto nos une. Es tiempo, también, da fraternidade.

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