Aquel Mendizábal desamortizador

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Por Bizco Pardal

Primer tranco. 26 de abril. Mi primera y única sugerencia: aprovechen el tiempo de confinamiento para leer; hay suficientes horas en el día –según dicen son veinticuatro— para, incluso, leer. Yo llevo esto del confinamiento con filosofía: leyendo, leyendo se me pasa el tiempo volando. En todo caso, quizás valga la pena aclarar qué tipo de literatura sería la más pertinente en estos momentos y cuál sería la menos recomendable. No incitaría un servidor a la literatura ´de enclaustramiento´. Verbigracia, La peste (Albert Camus), El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) y similares. No hay que meter más agobio en la cabeza que el que ya nos trae la situación. Tampoco aconsejaría libros que, en otros momentos, lo haría con sumo placer, por ejemplo, los de Lucio Magris. En el polo opuesto –la literatura de evasión–  tampoco vamos a recomendar libros excesivamente sencillos y ligeros de cascos como los de Heidegger, Kierkegaard y similares. Libros, sí. Pero libros de evasión. Ponga un Simenon en su confinamiento: el comisario Maigret siempre es una garantía. Y no se olvide nadie de este nombre: Carlos Arenas Posadas con dos novelas de gran arboladura, Las sierpes y Cerca suena una descarga. Carlos Arenas, excelente novelista y eminente catedrático, siempre tan exigente con el alumnado que a mí me aprobó con un 5 raspado.   O los Episodios Nacionales de don Benito Pérez Galdós. Yo, sin ir más lejos, tenía pendiente su Mendizábal.  Me metí en él de hoz y coz.

El episodio Mendizábal tiene una contemporaneidad pasmosa. En España había dos grandes bloques –los servilones y los liberales–  que se hociquean mutuamente sin descanso. Como ahora. Fueron tiempos en que los servilones intentaban bloquear las reformas de Mendizábal. Como ahora que las derechas de secano y orinal pretenden impedir las propuestas de avance. Tampoco en aquellos se ponían de acuerdo, unos y otros, en que «el río Guadalquivir pasa por Lora, pasa por Lora, Lora del río». Más todavía, nadie se dignaba comprobar si era cierto o bulo desmedido. Ahora estamos en la fase del «igualico que el defunto de su agüelico». Leer el Mendizábal de Galdós, no obsstante, sería literatura ´de consuelo´: de aquellos calostros venimos y, sin embargo, podríamos convenir que hemos avanzado. Ya sabemos que efectivamente el rio Guadalquivir pasa por Lora, pasa por Lora, Lora del río.

La novedad ahora en relación a los tiempos de Mendizábal es que la gran zahúrda ya no se caracteriza por susurros de boca a oído, sino por ese chirimbolo que provoca el efecto instantáneo de la información, ya sea veraz, ya sea mendaz. El susurro iba a la velocidad del sonido: 340 metros por segundo; el bulo a través de tuiter es en tiempo de Planck. Así nos lo enseñan en Izavieja.

Segundo tranco. Ignacio de Mágina, tártaro de blasón,  se hace eco de que Angelicas Merkel ha dicho «que estamos al comienzo, no al final de una fase». Es un concepto que proclama su filiación a la filosofía idealista propia del alma teutona: siempre estamos al ´principio´ de algo. Ya lo advirtió corajudamente el famoso barbudo de Tréveris que no había que fiarse de los filósofos alemanes. Frases con mucho esmalte y poca cosa más. Por eso hemos desaconsejado más arriba la lectura de tales pensadores en estos tiempos, y en los otros venideros.

Bien, sigamos la corriente a Angelicas: estamos al principio. Al principio de lo que sea. Que, en este caso, conviene recordar que se trata del inicio de la batalla naval y la pelea nabal por la distribución, reparto, pitas pitas y demás de esos dos billones de euros –rebañando por aquí y rebañando por allá–  para levantar Europa. Contiendas naval y nabal que iremos viendo desde el confinamiento a cal y canto o progresivamente abriendo los postigos.

Sea de una u otra manera tendremos que seguir leyendo. Libros, porque los periódicos –yo necesito cada mañana que el papel y la tinta me soben los dedos, erotismo que no tienen los diarios digitales— los periódicos, digo, no dicen naíca de ná que tenga interés. En mi opinión. Libros convenientes para esta fase que indica que estamos al ´principio´ de lo que sea. De manera que, acorde con este momento de recelo sobre cómo irá el reparto de esa mies bi-billonaria, los libros a leer deberían ser diferentes de cuando estábamos, todavía sin saberlo, antes de la fase inicial.

Tercer tranco. En primer lugar, seguiremos desaconsejando aquellas obras de la literatura universal y doméstica que añadan más preocupaciones a las que ya se tienen. Pongamos un ejemplo musical: no son tiempos para escuchar a don Ricardo Wagner, demasiada prosopopeya. En cambio, es más que aconsejable acudir al bon vivant de Joaquín Rossini. Su Barbero de Sevilla –si es posible cantado por Maria Callas, Luigi Alva y Tito Gobbi—sería una bendición. También ahora los amantes del flamenco deberían orientarse a los cantes livianos –alegrías y bulerías—con especial referencia a Canalejas de Puerto Real y Pepe Marchena.

Los libros, los libros… Mientras los mandatarios discuten cómo se rebaña la manteca colorá se puede aprovechar el tiempo leyendo. Un inciso: ¿no os parece, queridos tártaros que el registro de la solidaridad es un dialecto que no entienden los bárbaros del Norte? A mi juicio los dirigentes del Sur deberían argumentar que se trata de que esa cantidad bi-billonaria sirva para una salida general de Europa. Tratar defectuosamente a los países del Sur –más de ciento cincuenta millones de habitantes–  es mutilar a Europa, demediar su desarrollo económico. Cerramos el inciso.

Los libros. Literatura ligera. Nada de excesivas complicaciones. Las novelas policiacas de Fred Vargas, que es una mujer. Como mujeres fueron George Sand y Fernán Caballero. También para esta fase la cálida figura del inspector Maigret parece oportuna. También las novelas festivas de Eduardo Mendoza. Y siempre los carvalhos de Manuel Vázquez Montalbán.

A los empedernidos de la política les sugeriría el libro de conversaciones entre Pablo Iglesias y Enric Juliana, Nudo España, que es donde se expresa por primera vez de forma pública la evolución de Iglesias, vale decir, de sólo la protesta a intentar ejercer de hombre de Estado.

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