‘Enemigos’ íntimos

Por Bizco Pardal

Planta baja

24 de abril. Durante mucho tiempo los nacionalistas catalanes afirmaron que «no eran ni de derechas ni de izquierdas, sólo de Cataluña». Ser de derechas no tenía postín, por lo que el vestuario de todo buen nacionalista era no ser ni lo uno, ni lo otro. En eso tuvieron una buena ayuda: el Partido Popular en Cataluña, que se sentía el único monopolista de las derechas catalanas, no tuvo inconveniente en admitir a los de Pujol en esa masía porque podía servir a sus intereses, digamos, clasistas. Las izquierdas –aunque de manera desigual–  nunca se molestaron en señalar la máscara de la derecha nacionalista. Con lo que hasta hace poco la contienda política en Cataluña no pivotó bajo los ejes de izquierda – derecha, sino en torno a quien asumía el fet nacional con más fe y esperanza y menos caridad.

En realidad al nacionalismo poco le importaba cómo podía considerársele. Sabía a ciencia aproximadamente cierta que una parte importante de su clientela le seguiría la corriente –como aquella antigua María Cristina– en cualquier dirección. Además, había tomado buena nota de que acreditados politólogos de ventas de libros en kioskos de aeropuerto llevaban tiempo fijando este criterio: ya no tiene sentido hablar de izquierdas y derechas. Lo que según Norberto Bobbio es señal de que se es de derechas, de una especie de «sociedad de ambidextros». Lo escribió a sus juveniles ochenta y cinco años en Derecha e izquierda, que editó Taurus en 1995.

Entresuelo  

En el año 2002 Artur Mas, el Enviado de Jordi Pujol en la Tierra, declara que «el concepto de independencia lo veo anticuado y un poco oxidado». Los independentistas apócrifos simulan no haber oído nada; mientras tanto, a los independentistas legítimos se les atraviesa la garganta con una raspa de sardina. Son los años en que las cachilladas pujolistas iban de bracete con las camadas de Aznar. La novedad es que el buen entendimiento no se produce sólo en Madrid, sino que se da también en el Parlament de Catalunya, es el famoso pacto del Hotel Majestic. Los años de cuando aquel Aznar hablaba catalán «en la intimidad». Son los años también de la flexión de la parábola descendente de la coalición de Convergència i Unió. Son los años de noviciado de la alta política de Artur Mas.

  Principal

Artur Mas aprovechó aquel tirocinio. Los años de gobierno tripartito le sirvieron para observar que el nacionalismo –realmente oxidado— no tenía respetabilidad en Europa ni en los grandes cenáculos del parné. Y preparó concienzudamente las cosas para provocar un giro político. En otoño de 2005, estando todavía en la oposición, pronunció una conferencia en la London School of Economics, cuyo mensaje fue: hay que devolver el protagonismo del Estado a la sociedad, de manera que los poderes públicos y la iniciativa privada compartan protagonismo. Era una cesura con las políticas nacionalistas tradicionales. De esta conferencia nadie se percató de su trasfondo: de ello alertaron un grupo de amigos en torno a la revista La factoría. Carles Navales, director, el ingeniero Manuel Gómez Acosta, el sindicalista con mando en plaza Quim González y José Luis López Bulla, jubilado sin armas ni bagajes. Sus avisos no cundieron efecto.

Las izquierdas decidieron llamarse Andana, no había que preocuparse por esas chucherías londinenses de Artur Mas.  Nadie advirtió que el caballero estaba indiciando un giro en la política de los convergentes, marcadamente neoliberal.  

Primera planta

En el año 2010 vuelve la derecha nacionalista a gobernar en Cataluña. Los nuevos planteamientos de Artur Mas se ponen en marcha a todo meter. Barra libre para las privatizaciones y políticas de drásticos recortes, antes incluso que el gobierno Rajoy haga tres cuartos de lo mismo desde la Moncloa. La dureza de estas medidas se manifiesta con más intensidad en la sanidad.

La indistinción entre la derecha nacionalista catalana y la derecha mesetaria es más que evidente. El conflicto territorial es, de momento, un trampantojo electoralista de unos y otros. Les une a ambos las cosas del parné. «La pela és la pela», que diría Joan Capri.

En todo caso, entre las consecuencias de esta política de austeridad, privatizaciones y recortes del todavía gobierno de Convergéncia i Unió está el origen del gran contorsionismo político de la derecha nacionalista catalana. El movimiento de los Indignados de la Plaza de Cataluña es observado molecularmente por Artur Mas. Es una marea que hunde sus raíces en la izquierda sumergida, no tiene vínculos con el nacionalismo, mayoritariamente habla en castellano en las asambleas. Esa marea tiene una pátina ligeramente anticapitalista.

Ese movimiento de nueva estampa comete un error de bulto: el cerco al Parlament de Catalunya y el intento de impedir que los diputados entraran en el edificio. Artur Mas, se recordará, tuvo que acudir en helicóptero. Con todo, el error ha intimidado al Gotha nacionalista. Es más sus veedores acreditan que esa marea ha venido para quedarse. Y que, andando el tiempo, madurará y ¿quién sabe? Primera reacción: hay que darle alas a las CUP, su anticapitalismo puede servir de trinchera frente a los Indignados. Segunda reacción: es necesario que el nacionalismo salte cualitativamente a otro estadio, concretamente al de la amenaza de la independencia. Es la gran contorsión del nacionalismo de la derecha catalana

Los acontecimientos posteriores son sobradamente conocidos y sobre el tema –mejor dicho, monotema–  catalán hay más literatura que sobre las guerras púnicas.

 Segunda planta

El maestro de periodistas Enric Juliana ha hablado de la pinza entre las derechas y los de Waterloo. Cierto, pero tengo para mí que ahora ya no es pinza sino tenaza, como ha dicho el capataz del blog Metiendo bulla. Tenaza de salvación de unas políticas económicas y sociales que comparten. Tenaza de unos valores morales y religiosos que también comparten. Tenaza mediante idénticos instrumentos de subversión. Tenaza, en suma, para hundir al gobierno de coalición progresista. Por lo que, según decimos en Izavieja: «Si los dos hablan como los patos y andan como los patos, no le demos más vueltas a la cabeza: son patos». 

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