Teletrabajos: una ruptura con continuidades

Photo por Arlington Research on Unsplash

Por Ignacio de Mágina 

22 de abril. Una ruptura. El teletrabajo estas semanas de confinamiento ha aparecido con toda su fuerza y como una posible solución a los problemas que se plantean en la crisis económica y social en la que ya estamos inmersos. Las nuevas tecnologías permiten desarrollar nuevas formas laborales en el propio domicilio. Sin embargo, no todo es lo que parece. Vamos a tener que hacer frente a las contradicciones, que las tiene, de una solución planteada ahora como mágica. No es la prótesis que se emplea sino las condiciones del empleo las que han definido y definirán las formas del trabajo y los trabajos.

La continuidad es que la fragmentación y la flexibilización del trabajo, desde el punto de vista temporal y espacial, tienen desde hace tiempo un carácter progresivo y extenso. Hoy constituyen dispositivos de erosión de las identidades individuales y colectivas. Amenazan la cohesión social de las “sociedades del trabajo” existentes desde el siglo XIX, en particular en Occidente. El trabajo asalariado como vínculo social, como elemento vertebrador e instrumento de socialización ha ido perdiendo importancia. Pongo sólo un ejemplo, el año 2014 en Alemania, el motor de Europa, dependían del contrato temporal o a tiempo parcial o el minijob (“relaciones laborales atípicas”, se denomina) uno de cada tres ciudadanos; aunque cabe precisar que no toda forma de trabajo parcial es necesariamente precaria de por sí. Para ahorrar aquí cifras, sólo os digo que la tendencia es generalizada, con particularidades relevantes, en el conjunto de países de la Unión Europea. Otra cuestión distinta, es que la crisis pandémica haya hecho visible, no sé si solo de momento, el “valor social” del trabajo. Que esto tenga continuidad después depende de otras cuestiones. Pasada la crisis, es previsible que aparezcan los peces…

Una continuidad con cambios

Un océano de trabajo informal se extiende por todo el planeta. A pesar de la dificultades para la su definición y cuantificación, según algunas cifras disponibles a partir de la OIT, hoy en el mundo habría más de mil millones los trabajadores informales. En paralelo a la financiarización del capitalismo desde los años setenta, las tendencias a la informalización han ganado terreno en las sociedades occidentales. Se ha impuesto la idea que el trabajo asalariado exige más flexibilidad a los individuos, estamos en el paradigma de la sociedad y el trabajo “flexibles”. La informatización, la digitalización y la robotización son las palabras clave en este asunto.

Los cambios pasan por observar que el fenómeno de la informalidad del trabajo remunerado plantea un reto global, extraordinariamente complejo de afrontar y que no parece que tener solución ni fácil ni rápida. Como la financiarización es consecuencia de aplicar, cada vez de manera más generalizada, los principios del mercado en áreas cada vez más numerosas de la economía y la sociedad, en las condiciones que establece la comunicación digitalizada a nivel global. Es cierto, como seguro que estaréis pensando, que es en el “Sur Global” donde las realidades de las formas de trabajo están marcadas por el predominio de la “economía informal”. Pero cabe recordar que el trabajo asalariado “informal”, mal pagado, desprotegido y precario siempre ha existido en Europa y, de hecho, constituyó en este continente un fenómeno de masas en los siglos XVIII y XIX. Incluso, en perspectiva histórica, puede decirse que el modelo de trabajo permanente, regulado y codificado o “formal” ha sido también un fenómeno minoritario en muchos lugares del “Norte Global” durante buena parte del siglo XX, en el mejor de los casos pudo representar una norma, pero no fue la regla general.

Es cierto que durante la segunda mitad de ese siglo XX las “relaciones atípicas” en el trabajo pasaron a ser un fenómeno marginal, pero para ello tuvieron que darse tres condiciones: un crecimiento económico inédito hasta entonces durante tres décadas consecutivas, una institucionalización del trabajo asalariado dentro de las empresas a partir de la presión del movimiento sindical, que fue fundamental, y, por último, un papel del Estado a través de las leyes, los reglamentos y los controles estatales.

Nuevos y viejos retos del movimiento sindical

En el caso el movimiento obrero, históricamente el sindicalismo desplegó su energía ante tres desafíos relevantes. El primero fue garantizar una protección ante la inseguridad creciente que imponía el modelo capitalista. El segundo reto que tuvo que afrontar el movimiento sindical fueron los conflictos de distribución y dominio propios de la relación entre capital y trabajo en una relación asimétrica, a partir de lo que se materializó la conquista de un salario mínimo interprofesional, así como la defensa y exigencia de un trabajo adecuado y digno frente a la degradación, instrumentalización o mercantilización del trabajo que se produce bajo el capitalismo. Es decir, la forma clásica de la “alienación” que está en la crítica de Marx. Y ahí han estado y tratan de continuar estando los sindicatos, como nos decía en una carta anterior el amigo Bizco Pardal.

Un mito persistente: Estado y Mercado

Tal como plantea el historiador alemán Jürgen Kocka en su breve e interesante síntesis “Historia del capitalismo” (2014), es necesario poner en cuestión el persistente lugar común neoliberal según el que entre Estado y Mercado se establece una mutua exclusión. En estas relaciones entre Estado y Mercado, con variantes, las intervenciones estatales han sido y son imprescindibles para el nacimiento, construcción y la supervivencia del propio capitalismo. Han sido los instrumentos políticos los que han permitido a los mercados capitalistas un marco de actuación, la garantía de un mínimo de paz y el establecimiento de normas y los marcos institucionales contractuales. Sin la intervención del poder político nada de esto sería posible. Pero mitigar los grandes problemas sociales que comporta un modelo de “sociedad flexible” y de informalización generalizada pasa, entre otras cuestiones, por un fortalecimiento de los estados para que lleven a cabo una intervención cada vez más decidida. Hoy nos encontramos, sin embargo, un mercado global frente al que se ofrece un mapa mental dibujado en clave nacional. Es decir, con la ausencia de un estado con lógica global, a lo sumo embebido por la globalización económica del Mercado Total.

Por tanto el sistema económico, cada vez más global y con efectos más transfronterizos, no se ve contrarrestado por ninguna forma de estado igualmente global y transfronterizo que pueda oponer una resistencia real a una dinámica mercantilizadora desbocada. No sé vosotros, pero no parecen apreciarse alternativas superiores frente al capitalismo; a lo sumo se conciben o se observan variantes y alternativas muy diversas dentro del capitalismo. Lo que hace pensar que lo que está en juego es su evolución, más que su fin. Pero no quisiera contribuir a la burbuja de especulaciones en una bolsa de pronósticos con valores al alza en el mercado de los expertos.

Lo que parece evidente es que existe cada vez más la necesidad de una intervención compensatoria, preventiva y duradera por parte del Estado junto con la presión de la sociedad. Esto sólo es posible si los instrumentos políticos y la sociedad civil son lo suficientemente fuertes y su compromiso es decidido, algo para lo que es fundamental la crítica al sistema frente a la actual devastación que se está produciendo si atendemos a las cifras conocidas sobre cómo está ya, y no cómo irá, la economía y el trabajo.

Un horizonte

Tal como ha planteado recientemente el jurista Alain Supiot, las sociedades humanas, para subsistir y formarse necesitan un horizonte común, a la vez como límite y como proyección. La gobernanza por los números que se ha impuesto a partir del «el orden espontáneo del mercado» aparece como un fantasía. Lo que hace medio siglo Friedrich Hayek denominó el «espejismo de la justicia social» aparece con desnudo realismo. Como plantea el mismo Supiot “Ningún determinismo presidió esta gran invención jurídica del siglo XX que fue el estado social. Fue la respuesta democrática al empobrecimiento de masas, a las masacres dementes y a las experiencias totalitarias engendradas por la segunda revolución industrial (…) hoy como ayer, la clave de bóveda de esta arquitectura será el estatuto que se dé al trabajo. Para tener alguna oportunidad de escapar a esta hegemonía cultural del Mercado Total. Frente a la bancarrota moral, social, ecológica y financiera del neoliberalismo, el horizonte del trabajo en el siglo XXI es el de su emancipación del reinado exclusivo de la mercantilización”.

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