Momento para cambiar

Photo by Timon Studler on Unsplash

Por Robert Deglané

22 de abril. Por lo que vengo siguiendo en los medios acerca de esta crisis del coronavirus se van formalizando, con lindes a veces dinámicos y nada claros, lo que podríamos denominar dos «lecturas para el futuro» tras esta crisis.

Una primera, que podremos llamar «rupturista», basa su previsión es que estamos en las puertas de un profundo y cambio brusco de las tendencias que hasta ahora era dominantes en la economía, los modelos productivos, los hábitos de consumo, los estilos culturales de las masas de occidente y de oriente. Desde el principio hemos oído sus voces de alarma, sus llamamientos a repensar muchos de los actuales fundamentos de vida social. Y esas voces van, es lo interesante de este momento, desde las posiciones más «altermundistas» hasta conocidos exponentes del «mainstream» de estos años pero que, por sus niveles de información, vieron desde el primer momento el alcance rupturista que iba a provocar este fenómeno pandémico.

Una segunda posición tira por el camino de la rutina, del “ya pasará este vendaval y volveremos a donde estábamos”. Ve lo que está ocurriendo como un fenómeno crítico más, acostumbrados a esa repetición de crisis de las cuales siempre sale vencedor el que sabe resistir y sobrevivir. Darwinismo aplicado a la marcha de la sociedad. Son los que más apuestan, en estos momentos, por reiniciar desde ahora mismo el ritmo de la economía normal, diaria.

Y, seguramente, irá surgiendo una tercera posición que, más tímida en estos momentos, se irá adaptando a un nuevo momento tratando de mantener viejos hábitos en estructuras del pasado, modelando nuevos estilos en viejas rutinas, con esa filosofía práctica y oportunista de leer los acontecimientos para adaptarse a ellos, pero sin tratar de cambiar su desarrollo.

Esta crisis está atacando al corazón de la vida social: la economía y el trabajo. No voy a repetir el ya cotidiano discurso de la importancia del trabajo en nuestra vida y cómo esta crisis ha revalorizado el mismo, especialmente en los trabajos menos valorados hasta ahora. Sí quiero insistir en que igual que la crisis sanitaria del coronavirus podrá estar controlada en los próximos meses –una visión que puede ser tildada de optimista– la crisis social, económica y moral que trae como consecuencias va a durar bastante más y tendrá sin duda repercusiones en todo el mundo.

Por ello es importante que desde este mismo momento comencemos a reflexionar sobre las modificaciones que se van a producir en el mundo del trabajo tal y como está concebido hoy. Hemos asistido, desde hace dos décadas por lo menos, a una alteración profunda de la relación entre el trabajador y el patrón, del concepto de salario o retribución, de la concepción de ‘jornada de trabajo’, de puesto de trabajo, de las cualificaciones requeridas, etc. Vemos cómo han surgido nuevas abstracciones ficticias de la actividad laboral a través de las figuras de los falsos autónomos, los trabajadores uberizados, etc. Y todo ello, ha venido acompañado de una filosofía donde al «laissez faire» se le incorporaba la filosofía negativa de la estabilidad: todo el que recibía una paga establecida por contrato permanente era considerado “un privilegiado”. No digamos nada del funcionario, apreciado en algunos sectores de esta «nueva economía» como un verdadero expoliador de la energía de la sociedad.

Tengo la impresión de que la crisis ha venido a recuperar ciertas buenas tradiciones del mundo del trabajo y posiblemente traerá otras nuevas incorporaciones al complejo mundo de la producción social. Desde los primeros días de la crisis se ha constatado que el mercado (el laissez faire) no era capaz de reaccionar ni de solucionar casi ninguno de los problemas a los que nos veíamos sometidos en esos momentos de pánico y dolor. Fue el Estado y sus servicios el que resolvía y daba salida a las medidas capaces de sanar enfermos, ordenar la vida productiva, proteger la seguridad del ciudadano, organizar a la gente para momentos de máxima preocupación. Es el Estado (llámese España o Unión europea) quien va a poner en pie un plan y una financiación para remediar los males.

Lo que vendrá a partir de ahora será un replanteamiento de la vieja tensión estado-mercado que caracterizó a las batallas sociales del siglo XX. Y todo ello afectará al trabajo y a la recomposición de las relaciones dentro de ese ámbito, y de este con el mercado y con el estado. Posiblemente, asistiremos a la revalorización de los trabajos sociales, del intercambio generoso de productos entre unos y otros, de la revalorización y consecuente recualificación de empleos que hasta ahora eran considerados de último orden. Surgirán nuevas modalidades de producir y nuevos mercados donde colocar el producto. Fijémonos solo en el sector de la dependencia de los mayores. La situación española de estos centros (privados, públicos y concertados) ha sido un ejemplo negativo en medios internacionales (léase este informe en la revista italiana Strisciarossa) y tendrá que darse una reestructuración y revisión global de este servicio para la colectividad. Considerado hasta ahora un mercado de plusvalías (no pocos de los centros de mayores son propiedad de fondos internacionales de inversión), tendrá que ser entendido como un servicio social que requerirá máxima cualificación en el mismo. Lo cual provocará sin duda una reconversión del tipo de trabajador, su recualificación, el reforzamiento en tecnología y bienes ligados a la salud, a la vez que nos obligará a todos los demás a replantearnos también nuestra relación con ese ámbito del «servicio a los mayores».

Son varios los sectores y mercados de trabajo que van a ser sometidos a profundas reestructuraciones, si no reconstrucciones a partir de la nada. Puede ser, por tanto, una ocasión única para introducir en esa reflexión social una serie de principios e instrumentos de análisis que nos van a ser muy necesarios para seguir viviendo en compañía de todos.

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