Intercambios

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Por Bizco Pardal

22 de abril. (A la memoria de Paco Puerto, el sabio de Las Cabezas de San Juan)

Todavía es pronto para que, a quien le corresponda, pueda concretar un aproximado  proyecto de cómo deberían ser una serie de actividades «cuando esto pase». Nos lo advierte el profesor Javier Aristu: «Nadie es capaz de predecir lo que va a ocurrir tras esta pandemia, cuando seamos ya capaces de, al menos, controlarla o mantenerla a raya». Nadie, ni siquiera los más sabios de Izavieja, en los Montes Orientales granadinos. Pero sí nos es exigible establecer algunas hipótesis para que, en forma de sugerencias, puedan irse barajando y tomar forma de propuestas. Adelanto que mis modestas proposiciones girarán en torno a lo que se dio en llamar la «economía del intercambio», un término que salió de la pila bautismal del sociólogo francés Marcel Maus. Otros lo bautizaron como economía de la donación y, lógicamente, los anglosajones no perdieron la oportunidad de hacerse notar y hablaron de la gift economy. Nombres diversos para referirse a, chispa más  o menos, la misma cuestión. 

Primer término de la ecuación. 

He dicho en repetidas veces –y algunos con más fundamento que un servidor lo han señaldado–  que la situación post pandemia será tremenda. Por si faltaba poco, el lunes pasado los precios del petróleo tuvieron una caída caballuna.  Un aspecto indispensable para abordar la situación –ahora y ´cuando esto pase´–  será la solidaridad, concreta y organizada. Y hablando de ella estoy seguro que alguien está recopilando todos los ejemplos de solidaridad que se están prodigando en estos tiempos. De ella –de ese sotobosque solidario– surgirán lecciones para futuras actividades y, si se tercia, nuevos empleos. Por ejemplo, nuevas formas de servicio civil –voluntario o retribuido, según los casos— en lo que continuará siendo una emergencia social. Mención especial requeriría la atención y los cuidados a quienes han sido los más desprotegidos durante esta crisis: los ancianos. Paradoja grotesca: nuestros jubilados y pensionistas, durante la crisis de 2008, fueron quienes sostuvieron en una parte no irrelevante las economías domésticas. Ahora, con el confinamiento están siendo los más damnificados. 

Segundo término de la ecuación

Hubo un tiempo en que se ensayaron ciertas experiencias sociales que, en escalas reducidas fueron exitosas aunque minoritarias. Yo tuve la ocasión de vivirlo de cerca en algún barrio de Barcelona a mediados de los años noventa.  

Eran grupos más o menos amplios que habían establecido una trama informal (red, diríamos ahora) que permitía las ayudas mutuas –a veces de supervivencia— fuera de toda  la lógica de mercado. Por ejemplo, aquel vecino que se ofrecía a hacer pequeñas reparaciones, aquel jubilado que llevaba los niños al colegio, aquella persona que acompañaba a un enfermo que no tenía parientes o quien ayudaba a alguien a hacer unas gestiones burocráticas, y un montón de ejemplos similares. 

Esta economía del intercambio se trata de un ´sistema´ donde las prestaciones de las gentes entre—sí no se miden en cantidades equivalentes en relación a las relaciones restituidas, indicando sobre todo la relevancia del ligamen social entre quien da y quien recibe.  Por otra parte, el tiempo asume unas características particulares en la «economía del intercambio», ya que lo que se valora en dicho ´intercambio´  es la relación entre las personas o grupos y no tanto el objeto que se trueca.  Es decir, no se valora si una ayuda es cualitativamente más importante que otra sino la relación interpersonal que se ha creado entre el que ha ayudado y el receptor de la ayuda.  No importa si mi trabajo hacía ti ´val´ x y la compensación que recibo es de 2x. Lo notable es –ya se ha dicho— las relaciones interpersonales. 

Despejando la incógnita

De una u otra forma siempre existieron esas maneras de ´intercambio´, que revestían el carácter de caridad o simplemente de ayuda. Las experiencias barcelonesas que yo conocí a mediados de los años 90 habían trascendido ese carácter caritativo y, de manera todavía incipiente, eran redes de cooperación mutua, de asociacionismo solidario. Cuando dejé Barcelona para volverme al pueblo perdí de vista aquellas experiencias y, ahora, confieso un tantico avergonzado que desconozco cómo están las cosas concretamente.  

Esas formas de economía del intercambio podrían transformarse en  una práctica organizada de asociacionismo. Que ya no está referida a momentos puntuales de un gesto solidario sino a toda una actividad permanente. Un asociacionismo de esta naturaleza debería ser reconocido como tal  por las instituciones.

Estas nuevas –o no tan nuevas–  actividades son efectivamente un granito de arena. Pero no irrelevante. Pueden ser actividades de acompañamiento de las grandes medidas que se necesitan para la reconstrucción económica y social. Y también para después.

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