Hoy no es ayer

Photo by Nuno Silva on Unsplash

Por Ignacio de Mágina

20 de abril. Hoy estamos ante la necesidad de un plan económico y social de urgencia. Se nos viene encima una segunda ola de crisis. Definitivamente, no estamos ante unos Pactos de la Moncloa 2.0. La justificación de aquellos Pactos fue estrictamente política tal como planteó uno de sus principales hacedores, el vicepresidente Enrique Fuentes Quintana, y pasó por la consolidación de la democracia, proyecto reiteradamente fracasado a la largo de la historia contemporánea española marcada por los grandes retrocesos.

Hoy la democracia española está consolidada, otra cuestión distinta es que las democracias liberales realmente existentes estén amenazadas desde múltiples frentes. Entre las crisis que ya atravesamos y que amenazan la democracia, la prioritaria en estos momentos y no sabemos durante cuánto tiempo es una crisis de salud pública que ha cortocircuitado y fundido literalmente la atención y cura sanitarias. No nos podemos permitir un nuevo fundido, el riesgo material, operativo y psicológico podría ser enorme. Desconfinar la sociedad, pero también la economía, paso a paso.

Hoy los acuerdos no pueden ser exclusivamente políticos, sino que los agentes sociales, sindicatos y patronal, deben tener un papel y no menor en hacerlos posibles en forma y fondo. El “pacto” no puede representar la aceptación unilateral de sacrificios por parte del conjunto asalariado y de profundizar en la desigualdad material. Las rentas salariales no pueden volver a ser objeto de moderación y devaluación salarial, la amenaza actual es la deflación. Un objetivo central, sin duda, deberá ser hacer frente al paro. La aplicación de una política expansiva que se juega en la Unión Europea y que se juega el propio proyecto europeo. La fiscalidad requiere de manera definitiva transitar la senda de la progresividad impositiva. Todo esto aconseja que la “reconstrucción” económica y social -tal como Bizco Pardal propuso semana atrás en una de sus cartas- necesita de acuerdos, parciales y revisables si se quiere, pero de naturaleza tanto política como social. El trayecto es extremadamente complicado pero parece inevitable para hacer frente a la segunda oleada de la crisis, mientras todavía nos movemos entre los restos del naufragio.

Hoy no es ayer. El acuerdo sólo será efectivo si pasa por un “Pacto de Bruselas”, como hablamos hace ya algunas semanas en estas cartas tártaras. Existen notables diferencias con el tiempo y no sé si con el llamado “espíritu” de los Pactos de la Moncloa. Pero puestos a zanjar este tema, al menos por mi parte, podría decirse que sí, que efectivamente, podrían tener algo en común: una similar y aproximada mirada frente a problemas de naturaleza distinta. Pero puestos a señalar diferencias, menciono algunas. Hoy existen algunas señales que pueden contribuir a una salida social y económica de la crisis, no sólo y prioritariamente a una salida económica. Hoy no existe como en la época de la Transición un enfrentamiento entre las dos organizaciones sindicales con mayor representación. Hoy la patronal no parece ser o no debería ser aquella organización recién creada, con escasa legitimidad tras su papel durante la dictadura, cuando se firmaron los acuerdos de la Moncloa el 25 de octubre de 1977. Entonces las fuerzas en presencia no quisieron quedar marginados del pacto, excepto la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), que no solo fue extraordinariamente crítica con los contenidos de los acuerdos sino que protagonizó un boicot empresarial que se tradujo en una “huelga de inversiones”, provocando su descenso en un 6,4% en 1978.

Hoy no es o no debería ser ayer. El empresariado español no se corresponde al retrato berlanguiano de la “Escopeta Nacional”, del “qué hay de lo mío”, o no debería corresponderse. El grupo dirigente de la CEOE no se identifica o no debería identificarse con el discurso anticomunista y beligerante de un Ferrer Salat (descanse). Hoy no es como en 1977 o no debería ser como ayer. Hoy las empresas y corporaciones españolas de mayor importancia tienen un peso global. La patronal, hoy es o debería ser una patronal que piensa, necesariamente, en clave global.

Días atrás, el presidente ejecutivo de Telefónica, José María Álvarez-Pallete, solicitaba de los trabajadores ideas para que la empresa haga frente “al día después” y la vuelta a la “nueva normalidad”, anteponiendo “la salud y la seguridad de todos”. La presidenta del Banco de Santander, Ana Botín, anunciaba el pasado 4 de abril que el banco revisará su plan estratégico ante la crisis del coronavirus como desafío global y ante los accionistas informaba que la prioridad del banco será dar apoyo a través del crédito a las familias y a las empresas, de manera que esto comportará la cancelación del dividendo de 2019 y 2020. Inditex, presidida por Pablo Isla, también aplaza al mes de julio el dividendo, por primera vez en su historia, después de los efectos económicos de la pandemia previstos en sus centros de producción y sus mercados. Las empresas del sector energético también se lo están planteando, como es el caso conocido de Repsol, dirigida hoy por Josu Jon Imaz. 

Sin duda, la sociología de los grupos empresariales de este país no se reduce a estas corporaciones, directivos y decisiones. Pero más allá de la coyuntura y sus efectos en las estrategias de estos grupos: ¿Qué piensa el empresariado de mayor peso en la economía española? Y para no ser reduccionistas: ¿Qué piensa el resto del empresariado que compone un tejido de pequeña y mediana empresa con un papel clave en la economía? ¿Se puede mantener al margen de lo acuerdos económicos y sociales en esta etapa de “reconstrucción”? Diría que no y que, de una forma u otra, en el caso de que se lleven a cabo esos acuerdos dejarán necesariamente su impronta. ¿Qué piensa, qué predisposición y qué propuestas tiene hoy la CEOE sobre este asunto? No lo sé, o bien no se ha informado o yo estoy mal informado, no lo descarto.

De lo que no tengo dudas es que mayoritariamente este empresariado hoy, y ante la situación actual, pueda identificarse con las salidas estrambóticas de la extrema derecha. He dicho dudas. De lo que tengo dudas, serias dudas, es este empresariado y sus organizaciones patronales pueda identificarse con las actitudes y declaraciones de la derecha condicionada por la extrema derecha, ese Partido Popular anclado en la libertad condicional en la que le sitúa su propia mirada estrábica hacia sus socios y, sin embargo, competidores directos. Enemigos y, sin embargo, camaradas.

Me pregunto si el mundo empresarial, pero incluso el de las izquierdas españolas gobernantes (¿y el de las europeas? También…) siguen arrastrando aquella envejecida clave según la cual se atravesará la crisis para salir a campo abierto a través de la de recuperación del excedente empresarial, con el fin de favorecer inversiones y promover la competitividad. ¿Qué competitividad? ¿Es que podemos retomar nociones que han mostrado que necesitan ser revisadas y no sólo ya por la crisis pandémica?  Nociones realmente complejas como la “competitividad”, tal como ha planteado hace tiempo el sociólogo Ramon Alós, han de ser objeto de una revisión a fondo. Ideas consolidadas hasta ayer según las que el excedente empresarial es el único motor de creación de la riqueza se han mostrado falsas. Hoy, desgraciadamente en una cruda situación, se valora al alza el trabajo como otro motor de creación de esa riqueza, no único pero probablemente sí principal. Teorías hasta ayer mismo hegemónicas según las que el mercado crea una gran tarta y permite que a través de un “goteo” supuestamente distributivo de la riqueza ésta llega a la ciudadanía, han perdido por completo su credibilidad después de la Gran Recesión.

Así las cosas, en algún momento cabrá cuestionar de forma definitiva el mantra extendido y asumido plenamente de que la empresa no tiene finalidad social sino que su fin únicamente es la obtención de beneficios. Esto, aunque pueda llamaros la atención, no es naíf porque no siempre fue así. El dogma se impuso a partir de los años setenta, iniciado el proceso de lo que el economista norteamericano Paul Krugman llamó la “Gran divergencia”. Es cierto que la cultura de la llamada “Responsabilidad Social de la Empresa” que se ha ido desarrollando suena bien. Pero siempre he intuido que se sustenta en ciertas capas de marketing adherente y eso hace que, desde mi punto de vista, no parezca ser una apuesta suficiente ni una solución fiable. Digo esto porque visto desde hoy puede ser enternecedor, si no fuera por sus consecuencias, volver a ver los programas emitidos en 1980 por PBS (Servicio Público de Radiodifusión) en los que el matrimonio Friedman, Milton y Rose, hacían la “puerta fría”, en este caso el “puerta a puerta” televisivo para traer la buena nueva con el libro y serie de televisión titulados “Libre para elegir”. Aquella campaña en toda regla y en una televisión pública fue una respuesta al también libro y serie de TV titulado “La era de la incertidumbre”, del prestigioso economista de origen canadiense John Kenneth Galbraith, no enemigo, pero sí crítico con un excesivo poder del papel del mercado de las grandes corporaciones. En tiempos de incertidumbre se trata más de elegir la libertad de todos que hablar de la supuesta libertad de elegir de cada uno.

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