El trabajo, de nuevo

Photo by Razvan Chisu on Unsplash

Por Robert Deglané

20 de abril. Algunos de los argumentos que se proponen en las cartas tártaras de hoy abren las luminarias de viejas cuestiones que vienen asaltándonos desde hace ya varios años y que tienen que ver fundamentalmente con la relación entre política, estado, mercado y sociedad. Sobre cómo articular esos ámbitos a la luz de esta inmensa oleada que nos invade. Y lo primero que se me ha venido a la cabeza es el papel de una organización como es el sindicato en todo ese complejo mundo de interrelaciones que afectan al individuo.

Un querido sindicalista de nombre Bruno Trentin escribió hace ya tiempo una profunda reflexión sobre ese asunto en La ciudad del trabajo y otros ensayos que José Luis López Bulla ha venido traduciendo y presentando en sociedad. Trentin es valiente y positivamente provocador cuando escribe que el problema histórico de la izquierda, al contrario de como se narra en bastantes “historias del movimiento socialista”, no ha sido la confrontación entre «reforma» y «revolución». Esto ha sido una manera sagrada pero artificial de situar un conflicto cuya raíz está en otro lugar. Para Trentin, como es conocido, el problema fundamental ha sido que la aspiración máxima de la izquierda en sus orígenes –la de alcanzar la libertad en y del trabajo– fue delegada a una minoría política –una ‘élite ilustrada’, dice– que se arrogó «la representatividad del trabajo en su conjunto», en nombre de la ciencia o en nombre de cualquier otro reclamo. Este es el verdadero nudo que hoy en día sigue presente en nuestras relaciones sociales. La política, el partido político, la vanguardia llámese nomenclatura, dirigencia o grupo que se arroga el poder de representación del mundo social y pretende sintetizar en sí mismo a toda la sociedad.

Ante esta crisis podemos asistir a una variante de esta problemática relación entre sociedad y política. Que hoy sea el Estado, a través de su Gobierno, quien pueda resolver y vehicular el problema de una renta mínima marca un paso más en este asunto, no porque sea negativo en sí mismo la orientación de un presupuesto estatal hacia capas sociales desfavorecidas, sino porque una palanca de incidencia social como es esa medida, se pueda sustraer, en su planificación y ejecución, al control de la propia sociedad y de sus organizaciones. Es decir, que se convierta en una simple disposición sujeta a un burócrata estatal.

Lo mismo podremos decir de lo que comienza a gestarse como una estrategia de acuerdos políticos para actuar frente a la crisis económica. ¿Significa eso que el papel del sindicato será solo el de negociar con el Gobierno y empresarios, por ejemplo, las repercusiones de los Ertes/Eres, las políticas de acción sobre el desempleo o las futuras políticas salariales? ¿No es acaso evidente que esta crisis que afecta de forma contundente a la organización económica, es decir, a los ejes estructurales de una sociedad, no puede ser solo negociada entre las fuerzas políticas, entre los representantes del Estado? Hace falta comprender que un «acuerdo de reconstrucción de país» implica sostener su firma en las fuerzas parlamentarias, como representantes democráticos de la «sociedad política», pero que no se puede quedar ahí, tiene que incluir a más “representaciones” de ese país. Hay que llegar a la «sociedad del trabajo», es decir, a la que se articula en torno a esa actividad que denominamos con ese concepto.

En estos años, la «sociedad del trabajo» ha venido mutándose de manera formidable, ya lo sabéis mejor que nadie. Todo un mundo de trabajadores de nuevo formato, de funciones desconocidas hace solo veinte años, de relaciones laborales que no han pasado por las instituciones clásicas del derecho, de complejas e innovadoras interacciones entre vida personal y vida del trabajo (teletrabajo, horarios fragmentados, contratos 0 horas, etc.) ha venido a crear una «sociedad del trabajo» profundamente diversa de la del pasado. Y ante eso nos encontramos con una institución como «la política» que trata, una vez más, de asumir ella sola y por sí misma la solución global a este asunto tan diverso y plural.

Por todo ello creo que el papel del sindicato, como organización centrada en el mundo «del trabajo», sea este cual sea, adquiere un papel ejemplar. Siempre que acometa su condición de representante social de ese conjunto disperso, amorfo a veces, pero claramente diverso, complejo y plural como es el del mundo laboral en estos instantes, y no se quede en simple vehículo de los trabajadores conocidos o allegados. Entiendo que es en estos momentos de profundas conmociones cuando las instituciones sociales muestran su vigencia o su caducidad. Por ello, creo que hoy más que nunca el trabajo necesita que sea representado ante las instancias políticas y generales por sus propios interlocutores para evitar, entre otras cosas, que sea secuestrada su presencia a la hora de tomar decisiones sobre él mismo.

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