Libertad y Trabajo: nos jugamos mucho

Foto de Shridhar Gupta en Unsplash

Por Ignacio de Mágina

17 de abril. Tras la Gran Recesión de 2008 los recortes económicos fueron
presentados con celofán y timbre del Estado. Su remitente habitual
adopta el mal nombre de “reformas de calado”, es decir, el Estado del
Bienestar dispuesto de nuevo ante la siguiente intervención quirúrgica
en un cuerpo ya de por sí menguante. Las publicitadas refundaciones
del capitalismo en francés o en cualquier otra lengua e ideología no
encontraron ni atajo ni víctima más propicia. La colonización de
nuevos mercados en las tripas del Leviatán fue exigida por la codicia
reorganizada en busca de más espacio y de más tiempo. El tiempo es
dinero, como nos recuerda el viejo apotegma tatuado en la mente de los
vivos y también de los muertos.
Aquellas “reformas de encalado” afectaron entre otras cuestiones y de
manera muy profunda al salario indirecto -asociado al conflicto por la
redistribución- que representan los sistemas de protección social
alcanzados después de décadas. Descendió de manera brusca y súbita la
cobertura pública de las personas sin empleo. El desempleo estructural
fue asumido como si se tratara de un presente y un horizonte
inmodificables. El desempleo pasó a formar parte de la tinta de los
programas electorales. La precarización se extendió como una mancha de
aceite en el papel de estraza de las economías empeñadas hasta las
cejas con los “mercados”, una sombra con nombre.
La crisis de entonces –parece que hablamos de tiempos antiguos…- se
convirtió en una situación permanente y la precariedad en un estilo de
vida para muchas personas. Aquello no fue ni es hoy un reflejo
exclusivamente de la crisis económica, sino que tuvo otra dimensión,
la dimensión política. La decisión de que un número cada vez mayor de
personas haya estado y esté manteniendo una relación intermitente o de
salida crónica de un mercado de trabajo caracterizado por la rigidez
enorme de la cuenta de resultados e impone una dirección única, es
decir, la decisión de la mercantilización del trabajo.
Desde este punto de vista, se comprende la amenaza continuada contra
la consolidación de los derechos laborales, pero también la ferocidad
con la que se persiguió durante la etapa del anterior gobierno a los
sindicatos, a la negociación colectiva, a las mareas sanitarias o
educativas y a la defensa de la protección social, etc. En paralelo,
se han hecho evidentes las enormes dificultades para retener los
derechos sociales o bien aspirar a una nueva generación de derechos
asociados a la participación en los mercados de trabajo. En todo esto
hay algo de vuelta a la sui generis “sociedad de la ocupación” propia
de la segunda mitad del siglo XIX, previa al nacimiento del derecho
del trabajo y el trabajo como derecho. No digo que estos dos momentos
sean equiparables, pero sí son comparables en algunos aspectos. Aunque
esta cuestión necesariamente no puedo abordarla en la carta que os
envío hoy.
Como vosotros bien sabéis, el concepto “trabajo” puede definirse de
formas muy variadas. En esta ocasión os propongo una reflexión en
torno a dos definiciones que me han interesado y continúan haciéndome
pensar, que ya es mucho. Me refiero a la formulada ya hace tiempo por
Bruno Trentin y a la propuesta más recientemente por David Casassas.
Me diréis que estos dos son autores muy distintos, y lo son. Desde un
punto de vista generacional y vital ambos poco tienen que ver, pero
ahí radica en mi opinión el interés de combinar sus ideas. Sus miradas
sobre el asunto que nos ocupa están unidas como voy a tratar de
argumentar por un mismo hilo de pensamiento clásico en torno a la
libertad y el trabajo. Pero además, los dos cuando hablan de trabajo
no se refieren al empleo, conceptos, como también sabéis, relacionados
pero no sinónimos.
El sociólogo Casassas define el trabajo como “el conjunto de
actividades, remuneradas o no y a menudo poco escogidas, que hacemos
para satisfacer nuestras necesidades materiales y simbólicas” (vale la
pena la lectura de su más reciente aportación Libertad incondicional:
La renta básica en la revolución democrática Estado y Sociedad,
Paidós, 2018). El carácter sintético de esta definición favorece su
operatividad, sin dejar de situar la propia complejidad del asunto.
Los recursos para satisfacer esas “necesidades materiales y
simbólicas” remiten tanto a la política pública -renta, sanidad,
educación, cuidados, vivienda, etc.- como a los espacios de
auto-organización, entre ellos el sindicalismo de clase, que puedan
crearse y que pueden adquirir un papel crucial de cara a las
transformaciones y cambios sociales. De igual forma, aquellos recursos
necesarios de los que nos habla el autor hacen referencia tanto a la
economía productiva como a la reproductiva.
En un terreno distinto, pero que desde mi punto de vista podría ser
complementario al aportado por Casassas, se mueve la definición
sugerida por Trentin, el que fuera dirigente sindical de la
Confederazione Generale Italiana del Lavoro (CGIL). Para el italiano
el trabajo está más cerca de constituir la forma en la que el ser
humano se apropia del mundo y lo transforma que de cualquier otra
cosa. Así que siendo el trabajo un derecho constitucional, allí donde
se reconoce, y siendo también un derecho humano protegido por la
legislación internacional, allí donde no se vulnera, finalmente es una
forma de libertad que se construye. Por esta razón podría resultar
útil valorar de forma adecuada la potencialidad del trabajo en
términos de experimentación social, y hacerlo más allá de las formas
de trabajo subordinado. Esta concepción, superando la pura lógica
técnico-instrumental y del management, podría -y es un segundo
condicional el que empleo- conducir a un proceso continuado de
autorrealización inescindible de la propia libertad humana, dado que
la libertad es lo primero (“la libertà viene prima”) tal como sostuvo
Trentin (La libertà viene prima. La libertà come posta in gioco nel
conflitto sociale. Editori Riuniti, Roma 2004).
La ceja circunfleja debe necesitar una o más precisiones y no digo que
no tenga razón. Simplemente voy a añadir que cuando Trentin habla de
“libertad” no nos remite al supuesto individuo libre neoliberal, el
falso “individuo envasado al vacío”, aislado frente a los otros y
guiado exclusivamente por el interés propio, sino que nos está
hablando de una cultura de la libertad y de los derechos. De un
derecho a tener derechos, postulado por la filósofa Hannah Arendt como
alternativa que establece una relación entre el derecho moral de
formar parte de una comunidad política y, al mismo tiempo, el derecho
político de actuar en ella. De una libertad republicana, a la que
también se refiere David Casassas, entendida en términos de valores
republicanos y no de retóricas de campanario. Una libertad que sólo
puede ser producto de la relación con los demás y del bienestar de la
comunidad.
No ahora sino incluso antes de la llegada al nuevo escenario en el que
vamos a tener que actuar, liberarse del trabajo era una opción que,
bien entendida, no deberíamos contraponer a liberar al trabajo
(asalariado) hoy. Puede que valga la pena que, aquellos a los que las
circunstancias nos lo permiten, intentemos levantar algo la vista y
sigamos dándole vueltas al asunto planteado por Trentin y por
Casassas, entre otros autores. En definitiva, invertir tiempo en medio
de todas las urgencias para volver a repensar el trabajo y sus
significados. Hoy como ayer, nos jugamos mucho como sociedad.

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