Ante los cambios

Foto de Brett Jordan en Unsplash

Por Robert Deglané

17 de abril. Escribo a partir de una serie de «casos prácticos» que leo en la prensa. La Covid-19 está afectando de forma decisiva a la manera de enfocar el mundo del trabajo y las  condiciones del mismo. Como escribía el otro día el historiador Javier Tébar, la pandemia ha hecho resucitar el debate y la realidad del trabajo aunque con resultados muy dolorosos para los trabajadores: «el mundo del trabajo, y en particular la clase trabajadora de este país han visto como de la noche al día las reglas de juego en el ámbito de las relaciones laborales se han visto desbaratadas»

En plena crisis del coronavirus en Nueva York la anécdota es impresionante: en un famoso restaurante de la ciudad, establecimiento con una estrella Michelin, un grupo de repartidores de comida hacen cola para recoger unas pizzas –cada una vale 30 dólares, unos 27 euros– y llevarlas a los domicilios donde ejecutivos y sus familias esperan confinados, sin salir a la calle. Un policía se acerca al grupo y les conmina a que se disuelvan: «Sé que estáis aquí porque es vuestra manera de ganar dinero pero a mí me importa una mierda! Váyanse». Comparo esta anécdota con la cantidad de fotos que estoy observando estos días, ciudades desiertas, sin tráfico, como abandonadas…excepto un ryder en bicicleta se supone que para repartir la comida a algún encerrado en su casa.

Otra: los directivos de la compañía norteamericana de aviación United Airlines han enviado una carta a sus 100.000 empleados anunciándoles los casi seguros reajustes en el empleo dado que esperan un hundimiento de sus planes de vuelo para este año y posiblemente también en 2021. La carta habla de una crisis en la compañía como nunca la tuvieron en sus 94 años de existencia.

Un juez de París ha obligado al gigante empresarial Amazon a cerrar durante unos días sus enormes almacenes a fin de asegurar las condiciones de seguridad e higiene de sus trabajadores dado que los sindicatos habían protestado por las mismas, especialmente por el problema del distanciamiento social dentro de la empresa.

El presidente de Telefónica ha enviado un video a sus 70.000 empleados hablándoles de la gravedad de la situación y proponiéndoles sugerencias e ideas para readaptar el estilo de trabajo de la empresa a las nuevas y futuras circunstancias. El máximo directivo les hace a sus trabajadores las siguientes preguntas: «“¿qué compañía queremos ser cuando pase esta crisis? ¿Qué hemos aprendido? o ¿Qué cosas debemos cambiar?”».

En resumen, estamos en los prolegómenos de una verdadera transformación de los estilos de vida, de consumo y, en lo que ahora me interesa, de trabajo. El trabajo, sus condiciones y su situación dentro del mundo de las relaciones sociales se va a ver afectado de manera decisiva tras esta crisis. Y a su vez va a afectar a los demás componentes de la vida social. Va a cambiar el consumo, va a cambiar el turismo, va a cambiar el estilo de viajar, y va a cambiar la forma de producir. Esta revolución social va a durar años, décadas seguramente, pero acaba de comenzar. Vino adelantada por las revoluciones tecnológicas digitales pero seguramente no va a ser ya cómo pensaron los grandes genios y cerebros de esas compañías tecnológicas. El virus ha dado un golpetazo a ese esquema o diseño y nos hace repensar a todos las formas en que vivimos y las formas en que trabajamos.

Por eso me parece necesario incidir en la necesidad de que los dos actores decisivos en el mundo del trabajo, empresa y sindicato, inicien cuanto antes una reflexión más allá de los capítulos clásicos de sus negociaciones inmediatas. Ahora se trata de recuperar al enfermo y dotar al sistema sanitario de potencia de respuesta. Luego habrá que seguir hablando de productividad, de salarios, de condiciones de trabajo, de reducción del horario, etc. pero esta crisis ha situado una buena parte de esa discusión en terrenos completamente nuevos. En cierto modo obliga a resucitar dentro del sindicalismo ese espíritu «sociopolítico» que si no abandonado sí estaba algo alicaído. Y no se trata de una concepción del sindicato como actor político, a la vieja usanza de la década de los años 30 o de los años del franquismo. Se trata de poner en vigor ese impulso de actor global que interviene en aquello que afecta al trabajador como trabajador pero también como ciudadano y ser social.

La vida social de este mundo está cambiando. Nadie sabe cómo vamos a organizarnos en los próximos años en lo referente a las costumbres urbanas, el ocio, el transporte, el horario y condiciones del trabajo, pero es evidente que el actual universo de hábitos y relaciones sociales y laborales ya no será exactamente igual.

Es importante, por todo ello, que el mundo de los ryders, de las azafatas de compañías aéreas, de los almaceneros y reponedores, de los camareros, de los técnicos de fibra óptica, y de tantos millones de personas que hacen un trabajo esencial y necesario comiencen a recibir de parte de sus representantes mensajes claros de que en los cambios que se avecinan su papel en esta vida está asegurado.

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