Enredados en la (des)información digital

Foto de Christian Wiediger en Unsplash

Por Ignacio de Mágina

En la Era de la Información digital estar comunicados se ha traducido tendencialmente en una forma de permanecer desinformados. Nos movemos entre un envejecido 4º Poder, la prensa tradicional cuya tarea era fiscalizar el poder e intermediar críticamente con la ciudadanía, y el llamado 5º Poder, identificado con los nuevos fenómenos sociales surgidos en torno a Internet. Estaríamos entre Escila y Caribdis, los dos monstruos marinos de la mitología griega que vigilan las dos orillas de un estrecho, cuando aquello que se promete como libertad por cada extremo está apareciendo con frecuencia como servidumbre. La genuflexión informativa se da en forma de pérdida de independencia del periodismo clásico respecto al poder político. El retorcimiento comunicativo se da como glotonería amenazadora en el caso del periodismo digital, y de unas Redes Sociales con altas tasas de colesterol en forma de bulos. Para evitar la demagogia catastrofista tan extendida, debo añadir que existen excepciones a esta regla, pero pocas.

En “Número zero” (2015), la última novela del desaparecido intelectual italiano Umberto Eco, el autor dibujó a través de un periodista cincuentón y sin escrúpulos, director del diario Domani, la puesta en marcha del periodismo como “máquina del fango” a través de la membrana digital en la que vivimos. La información ha dejado de ser negocio. El negocio es el chantaje, la extorsión o la dilapidación en la plaza mediática (“De acuerdo, my friend”, se escucha en las grabaciones). El periodismo y la política mantienen una relación promiscua, adictiva y de dependencia. Ha nacido otro monstruo famélico. El periodista David Jiménez, exdirector de El Mundo, ofrecía hace poco tiempo una crónica de su paso por este diario español, financiado por una sociedad italiana, que retrataba con crudo naturalismo, propia del reportero de guerra que es, lo que ha venido siendo una nueva forma de conflicto, el mediático-periodístico entre bandos y bandas (El director: secretos e intrigas de la prensa narrados por el exdirector de El Mundo, David Jiménez, 2019).

Como os decía, queridos amigos, el negocio de la información dejó hace tiempo de ser negocio. Esto aseguraba Enric González, periodista de raza, hace ya más de 5 años en una mesa de debate con motivo de uno de los congresos organizados en la Universitat Pompeu Fabra por la Internacional de vazquezmontalbianos (por cierto, aprovecho la ocasión para informaros de la novedad editorial del nuevo libro s de MVM, una recopilación de artículos, titulado Cambiar la vida, cambiar la historia (textos clandestinos o no tanto)”). La gratuidad y una compulsiva inmediatez, unido a la condición de reporteros que ha adquirido todo el mundo que disponga de un móvil en la mano, habrían puesto punto y final a una época dorada del periodismo iniciada a mitad del siglo XX (en la España franquista, por supuesto, no). Aquella época irremediablemente habría quedado enterrada con la entrada en el nuevo siglo.

La “corrosión del carácter” propia de nuestra sociedad, teorizada por el sociólogo norteamericano Richard Sennett, ha corrido en paralelo a la “corrupción del lenguaje político”. La decadencia de la retórica democrática nos ha conducido a un mundo “sin palabras”, tal como con toda crudeza y lucidez crítica planteaba ya en 2016 el periodista británico Mark Thompson, director ejecutivo de New York Times (“Sin palabras ¿qué ha pasado con el lenguaje de la clase política?”). El lenguaje público se ha roto, la eficacia emocional ha desplazado el debate racional. La polarización digital tiene como única expectativa la rentabilidad. La TV que en su momento constituyó una ruptura respecto del lenguaje periodístico -como bien apuntaba Deglané en su carta- vive hoy una segunda ruptura. La escenificación de la “noticia” es un sesgo insalvable. Las palabras como puños, la sobreactuación excitada y el estímulo masivo propio de la publicidad desplazan al argumento razonado. La evolución describe una línea que va de la retórica deliberativa al puro marketing ¿es posible desandar los pasos dados, volver atrás? No lo sé, pero habrá que intentarlo. Thompson propone reformular este asunto desde una reconexión con el pensamiento del mundo clásico. No lo sé… Apuntado está, porque ésta o bien otra alternativa tendrá que explorarse más pronto que tarde.

Sin alarmismo y sin pánico, pero, en mi opinión, estamos ante otro tipo de fenómeno pandémico: el virus de la desinformación. Es portador de una alta carga vírica y constituye, al mismo tiempo, una modalidad entre las nuevas formas de guerra en el siglo XXI, sin abandonar en sus tareas los tics propios de información y contrainformación de los servicios de inteligencia y contrainteligencia, hijos del siglo pasado. El lenguaje público como planteó Thompson en estos mismos términos (y, releído hoy otra vez, no deja de sorprenderme que lo hiciera así) está en fase pandémica, extendiendo su contagio en todas las bocas y pantallas.

Las pandemias con las que se ha convivido y se está conviviendo hasta hoy mismo (malaria, dengue, cólera, diabetes, desnutrición, alcoholismo,…) han sido invisibles, estaban lejos, en otros continentes…, hasta que nos ha afectado la actual que por momentos parecería presentarse como “nuestra pandemia occidental”. El joven epidemiólogo asturiano Usama Bilal, en una magnífica entrevista del periodista de Infolibre Ángel Munáriz, defendió ayer que la salud de las poblaciones es en gran medida producto de las decisiones tomadas colectivamente por las sociedades, de las políticas públicas, más que de las individuales, a pesar del rampante individualismo y mercantilización instalados en las sociedades contemporáneas. Y añadía: “sólo entenderemos las epidemias si entendemos la sociedad” (Infolibre, https://www.infolibre.es/noticias/politica/2020/04/29/usama_bilal_epidemiologo_turismo_masivo_nos_hace_muy_vulnerables_las_epidemias_105585_1012.html). Pues bien, sólo entenderemos la corrupción del lenguaje político y su caja de resonancia informativa si entendemos la sociedad actual.

El tránsito al periodismo digital podría decirse que ofrece un resultado de suma cero, beneficios y pérdidas suman el mismo valor. “Domani” (“Mañana”), la imaginaria cabecera inventada por Umberto Eco en su última novela, ha pasado a ser Oggi (“Hoy”).

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