Bulos y redes

Foto de Roman Kraft en Unsplash

Por Robert Deglané

Hace ya algunos años que Neil Postman, sociólogo de la cultura, criticó a la televisión como modelo de transmisión informativa y de creación de cultura. Postman nos indicó que el fenómeno tecnológico de la TV había generado una manera de contar la noticia que rompía completamente con el universo de la prensa de papel, cuyos lectores estaban habituados a la lectura lineal, lo que permitía la asimilación racional de la información. Con la televisión, el espectador estaba sometido a un bombardeo condensado de la información en quince segundos. Citando a otro colega norteamericano Postman sintetizó lo que era el núcleo de este modelo:« la idea es mantener todo breve, no forzar la atención de nadie, sino que se proporcione, en su lugar, una estimulación constante mediante la variedad, lo novedoso, la acción y el movimiento. Se requiere que el espectador no preste atención a concepto alguno, a ningún personaje ni a ningún problema, por más de unos pocos segundos a la vez». La televisión informativa significó una ruptura antropológica con el mundo anterior del periodismo. Esa ruptura vino marcada por la presencia de la imagen en movimiento y ese formato abrió camino a lo que luego sería la era digital, la que estamos viviendo.

Hoy hacer un periódico digital es bastante sencillo con los medios tecnológicos y aplicaciones que existen ya en el mercado mundial. Desde la cocina de su casa un “periodista” puede transmitir a una audiencia digital lo que pasa fuera de esa cocina. Y nos creemos que el periodista está en el foco de la noticia cuando puede que esté a miles de kilómetros de distancia. Por eso algunos periódicos con históricas y respetables cabeceras todavía presumen de tener «corresponsales en el lugar». No es lo mismo escribir que «ha estallado una bomba en Teherán» que publicar que «ha estallado una bomba en Teherán, según nuestro corresponsal…». Estar cerca de la noticia, vivirla in situ. Este detalle quizás es el que todavía distingue a un periodismo profesional y de calidad que al otro donde prima la noticia sin fundamento. Por eso muchos seguimos leyendo, aunque sea en la red, a periódicos con corresponsales…

Postman no sabía, sin embargo aunque ya lo podía intuir, que el crecimiento de ese fenómeno social verdaderamente revolucionario –no en el mejor sentido– como son las llamadas redes sociales iba a mutar todavía más al periodismo y a la información cercana a los hechos. Umberto Eco atinó al definir el modelo de comunicación de las redes sociales como algo disruptivo: «Con Internet ocurre al contrario: te fías de todo porque no sabes diferenciar la fuente acreditada de la disparatada». Este es el problema fundamental, la ausencia de jerarquía de la fuente, la carencia de autoridad en la fuente o en el emisor, la imposibilidad de descubrir dónde está la fuente y quién es su transmisor. Cuando nos llega un tuit no sabemos si el firmante es real o es un robot y, además, no podemos saber si el origen de la información está acreditada o no. En definitiva, hemos entrado en una selva comunicativa donde el lagarto se confunde con la comadreja, no hay manera de orientarse en esa confusión.

Y de esa manera se produce el estado social de caos, de desconcierto, de mezcla de noticias reales con acontecimientos falsos y manipulados. Antes era un titular tratado de tal manera que poco tenía que ver con la realidad de la noticia que se contaba; ahora es la lluvia tormentosa de tuits falsos y de bulos transmitidos por millones de células que, como el virus que nos amenaza, se expande exponencialmente por todas partes. En estos días asistimos a una guerra de cifras y de datos sobre la pandemia con la única finalidad de que el que gobierna caiga. Ante un dato –aunque sea falso– parece como si la gente no tuviera otro remedio que aceptarlo. La guerra de las cifras –de los muertos– en esta batalla contra el coronavirus se ha expandido por las redes sociales y cualquiera se convierte en epidemiólogo o estadístico de las curvas de la pandemia. Se ha mezclado, en una completa confusión la voz de un portavoz oficial y acreditado sobre la pandemia con cualquier chisgarabís que presume de tener los datos.

Luchar en este conflicto en francamente difícil. No puedes combatirlo con las mismas armas ni puedes poner trincheras inútiles frente a esos robots humanos o digitales que infectan toda la red. Entiendo que la única forma de preparar el futuro es preparar a la gente, enseñarles a pensar, adaptarlos a una vida repleta de trampas digitales. Una persona autónoma, formada y preparada para discriminar la información que nos suministran siempre será más eficaz que cualquier otra defensa. Como siempre ha sido, antes con el periódico de papel y ahora con el bulo digital.

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