¿Desglobalización?

Foto de Manny Fortin en Unsplash

Por Ignacio de Mágina

11 de abril. En perspectiva histórica, como es conocido, el capitalismo ha
atravesado varias etapas, desde la comercial, la industrial a la
financiera y tecnológica identificada con el actual capitalismo
globalizado. Desde tiempo atrás se viene hablando de una lenta
desglobalización, se dice que es posible que tendencialmente vayamos o
ya estemos en ese proceso. La extensión de los discursos
antiglobalistas surgidos de ese útero llamado trumpismo parecería
confirmarlo. De manera que si la globalización ha tenido etapas
diferenciadas en la historia pasada, siendo sin duda la última y la
más reciente la de su mayor aceleración, estaríamos en una primera
etapa de esa desglobalización que presumiblemente podría tener efectos
más que notables en la dinámica geopolítica.

El problema, que viene de antiguo, tiene que ver con la aceptación
acrítica de una noción de “globalización” fruto del propio
neoliberalismo, para el que la globalización es económica, en una
línea de “progreso” sin fin, entrópico, con su pretensión y apuesta
fuerte por persuadir de una separación “natural” entre “economía” y
“política”, “economía” y “sociedad”. Sin embargo, la interconexión que
caracteriza al fenómeno globalizador está presente en cada una de
estas dimensiones, ninguna de ellas constituye un motor central que
lanza estímulos hacia terminaciones políticas y sociales, la relación
entre cada una de ellas es conflictiva.

Al hablar de tendencia desglobalizadora, si no lo he entendido mal, se
piensa básicamente en el refortalecimiento de los Estados y en las
confrontaciones comerciales que se habían ido intensificando, de
manera oscilante, durante el período pre-pandémico. En particular
entre la administración norteamericana actual y el gobierno chino
liderado por Xi Jinping. Sin voluntad de simplificar, sería algo así
como una vuelta un proteccionismo económico con que desandar lo andado
por el proceso globalizador. Pero ¿es posible esa progresiva
desglobalización? Albergo algunas dudas sobre este asunto. Aunque debo
confesar que las reflexiones que os envío en mi carta no responden más
que a contraintuiciones. El asunto, me parece, es lo suficientemente
peliagudo para un simple carteo. Pero ya que me lo pedís, os envío
algunas reflexiones.

¿Por qué hoy la manifestación de un discurso proteccionista en los
Estados por sí misma iba a representar única y exclusivamente el
camino, no sé si inevitable, hacia una desglobalización? Sin duda, las
pulsiones hacia la renacionalización, que es donde se sitúa hoy el
debate, están ahí y es posible que se concrete la renacionalización de
aquello que se consideren sectores estratégicos, no estoy seguro de
qué forma y manera. Tal como plantea Deglané en su carta de ayer, está
sobre la mesa el tema de la “nacionalizaciones” a partir de la
asunción del Estado de algunos sectores claves de la economía. También
se está en el replanteamiento sobre la producción y el suministro de
productos clave en la lucha contra el COVID-19 (mascarillas,
respiradores…). Estas cuestiones no me parece que tenga sentido
plantearlas como una búsqueda de dejar de ser interdependientes ¿cómo
podría uno dejar de serlo más allá de la pesadilla de un proyecto
autárquico que presumo anacrónico? No parece posible que Endesa por
mucho que le insistan con argumentos patrióticos compre carbón
nacional cuando en el mercado mundial la competencia le ofrece un
precio que nada tiene que ver con el producto arrancado en las pocas y
declinantes cuencas mineras españolas. No parece posible volver a la
época del carbón, decisión que podría ser síntoma de desglobalización.
Tampoco parece posible que las grandes corporaciones que son marca de
nuestro tiempo se replieguen y abandonen los confines conquistados.
¿Puede hoy EEUU prescindir del suministro de antibióticos procedentes
de China? Pues, por mucho que Trump soltara, en su momento, alguna de
sus estupideces sobre asuntos económicos no parece que sea posible.
Sus consejeros se han convertido en un relativo dique de contención a
sus ocurrencias y extravagancias. A veces incluso haciendo de
prestidigitadores que resuelven la situación haciendo desaparecer
memorándums presidenciales de la mesa del Despacho Oval, en la Ala
Oeste de la Casa Blanca, antes de que su inquilino estampe su firma en
ellos, tal como relata con maestría el veterano periodista Bob
Woodward en su libro “Miedo: Trump en la Casa Blanca” (2018).

No cabría olvidar, por otro lado, que en las fases históricas
anteriores el papel del Estado fue central -su consolidación primero y
su despliegue después, mediando guerras, dos de ellas mundiales
entrado ya el siglo XX- para el propia proceso de extensión del
comercio y de la economía en el marco de la globalización. En ese
contexto el “Estado emprendedor”, tal como lo ha definido la
economista italo-americana Mariana Mazzucato, no quedó reducido al
simple arreglo de los posibles fallos del mercado, sino de motor para
la innovación y el dinamismo (Internet, investigación básica en salud,
industrias renovadas,…). Por otro lado, en la etapa de la
mundialización, hace 500 años, existía un centro claramente definido
para el que se producía desde las periferias. En la actual economía
global intervienen más actores que la etapa de la economía-mundo, y de
manera destacada cabe considerar el desafío del “socialismo de
mercado” formulado por la República Popular China al liderazgo
estadounidense, todavía la principal potencia mundial aunque muestre
síntomas de declive, de perder pie frente al crecimiento económico del
gigante chino.

¿En qué etapa podríamos entrar ahora y cómo caracterizarla? No me
atrevo a responder a esta pregunta, pero intuyo que difícilmente
encajaría con una “globalización desglobalizada”. Insisto, no se trata
de dejar de ser interdependiente, sino de ser menos dependiente o de
frenar las dependencias mientras se lleva a cabo la “reconstrucción”.
Aunque para algunos se trataría de una simple “recuperación” de la
economía y, por tanto, no cabría descartar que una vez atravesado el
vendaval las apuestas sean volver de alguna manera al casilla de
salida inicial. Una crisis más del capitalismo, que vive precisamente
de sus propias crisis, sin presumiblemente singularidad alguna. La
cuestión relevante, sin embargo, es que hoy el problema no es sólo la
economía, que lo es, sino que también nos remite a una notable fisura
en la domesticación de la Naturaleza, un proceso que viene de lejos y
que hasta ayer y para algunos supuestamente estaba totalmente
controlada por el ser humano.

Para ir concluyendo. Todo esto que os digo me hace pensar que no es
imposible ver el asunto de las tendencias desglobalizadoras de las que
se hablan desde el punto de vista contrario ¿No es posible que más que
desglobalizarse, lo que se esté produciendo sea una nueva forma y
trayecto de la globalización? Sin duda, una etapa distinta e incierta,
pero un nuevo del proceso globalizador que cabría analizar sin quitar
importancia al sonido de la fría moneda sin alma, pero sin reducirlo a
ello. Los órdenes y los hábitos son o pueden ser resistentes. La
catástrofe, portadora de sufrimientos humanos, no tiene una sola cara.
El miedo paraliza pero espera, nunca mejor dicho, una forma de
esperanza. La crisis económica está aquí, la crisis política está en
curso. En medio del deslizamiento por el túnel, la pandemia puede
configurarse como un portal -tal como escribía semanas atrás la
novelista india Arundathi Roy en Financial Times, 3 de abril de 2020-
a partir del que romper con el pasado e imaginar un futuro. Un portal
de enlace entre un mundo y el siguiente. De ser esto así, se abrirían
posibilidades de abandonar la servidumbre del camino por el que nos ha
conducido el mito del “libre mercado”, que no es más que un eufemismo
-como nos recordaba el desaparecido historiador Josep Fontana- para
referirse al capitalismo. El motor utópico de ese “mercado libre”
parece haberse congelado momentáneamente. La reparación no es
imposible. Pero la sustitución de un mito requiere de otro mito.
Estamos ante la imagen especular del “Camino de servidumbre” de Hayek:
el mercado como nuevo totalitarismo que ha venido atravesando todas
dimensiones de nuestras vidas y que nos ha conducido a la servidumbre
de un único camino posible.

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