Otra globalización contra el campanario

Foto de Ross Sneddon en Unsplash

Por Bizco Pardal

9 de abril.

1.— El mundo –lo decían los antiguos–  es un pañuelo. También afirmaban, cuando una cosa estaba fuera del alcance, que está tan lejos «como de aquí a Lima». ¿Exageraciones? No creo, se trata más bien de construcciones lingüísticas de carácter equívoco, pues ambos ideolectos pueden ser usados por la misma persona según convenga a sus intenciones. Lenguajes equívocos que tuvieron su máximo esplendor en la gramática parda del florentino más grande, hasta la presente, que en el mundo ha sido. Dante Alighieri, el intelectual –en su época no se le llamaba así–  concibió un instrumento para gobernar la «globalización» que estaba a su alcance, la europea y una pizca de sus alrededores. Ese instrumento era la Monarquía universal. Herejía, porque no se refería al Papa, que según el excelso poeta era una «vil cloaca». Dante era gibelino.

2.–  A Dante no le siguió nadie en su ambiciosa propuesta. Un sindicalista timorato acostumbraba a decir que acertar antes de tiempo es equivocarse. Si Dante acertó antes de tiempo o no es cosa que no importa dilucidar ahora. Obviamente la gazmoñería ortodoxa dirá que tuvo una salida de pata de banco. Marx lo hubiera dicho con más esmalte aparentemente científico: no había condiciones objetivas ni subjetivas.

Con todo, vale la pena retener estas curiosidades: políticamente las cosas iban en dirección contraria al desiderátum dantesco, pero en el terreno de la economía el Mundo se iba haciendo cada vez más pequeño e intercomunicado. Dos vidas paralelas –la política y la economía–  que ambiguamente parecían darle la razón a Dante, maestro de lo equívoco. Políticamente: aparición de los Estados, primero, y mucho más tarde los nacionalismos. Económicamente, las finanzas van tejiendo gradualmente una telaraña ´global´. Cañones y velas dijo Carlo M. Cipolla, que era de Pavía.

3.—  Cosas harto chocantes: el Barbudo de Tréveris y su amigo, el gentleman comunista, proponen un alegato: «Proletarios de todos los países, uníos». Se aparenta estar de acuerdo por parte de sus amigos, conocidos y saludados. Pero, a las primeras de cambio, cada cual tira por su cuenta. Siguen el refrán popular: «Cada uno en su casa y Dios en la de todos». A partir de ahí la izquierda se convierte en zurda y, por lo general, cada cual se encierra en la aparente seguridad de su propio campanario. Usando un lenguaje actual, la izquierda se «confina». La izquierda pueblerina como Luis Pepinillo que me decía que fuera de la Vega del Genil no había naíca de ná. Suerte para mí que su anciana madre –una nonagenaria que había vivido bajo el duodécimo Alfonso— le contradijo con la sabiduría de las viejas de la Ciudad Cuatriarcada: «Falso, fuera de la Vega está París. Allí se fue don José Bicicleta huyendo del cólera».  Don José Bicicleta era el apodo de don José Carrillo de Albornoz, hidalgo de gotera.

Tanto se olvidó la izquierda (que gradualmente se convirtió en zurda) del universal alegato a los proletarios que su exaltación del campanario maleducó, indirectamente, a los primeros movimientos antiglobalización, pasando de ser zurdos a zocatos, variedades ambas del aldeanismo de izquierdas. Hasta que algunos cayeron en la cuenta y, lúcidamente,  fijaron que «es posible otra globalización». Se combatía, además, el fatalismo como enfermedad del lenguaje.

4.—  Sin embargo, fue apareciendo –también globalmente–  un viejo movimiento que se disfrazó de posmoderno para  no infundir sospechas: los populismos. Que se metieron en el osobucco  de los nacionalismos, cuyas historias imaginadas se pusieron a la venta en cómodos fascículos. Era la etnohistoria que volvía a reactualizar las Numancias y Saguntos, las Neopatrias y los 11 de Septimbre que unos y otros hicieron correr para justificar los fracasos de sus ancestros. La etnohistoria todo un catálogo de recuerdos inventados, repleta de imágenes no nacidas del patriotismo sino para fomentarlo y construir un pesebrismo crematístico.

Total, la mirada que se esforzaba en ver las emergencias de la globalización y cómo transformarla en energías de  cambio fue entrando en  crisis. Hasta el punto que conocidos archimandritas de la alter globalización acabaron en las covachuelas de los nacionalismos milenaristas.

Y así estamos nuevamente: en la pugna entre el campanario y la globalización, perdón, la alter globalización. Es la pugna entre el repique de campanas y su contrario. Es el enfrentamiento entre los presocráticos y Einstein; entre las historietas del abuelo Cebolleta y la vida real. Unos enfrentamientos que incluso siguen en estos momentos de confinamiento contra la pandemia del coronavirus. El nacionalismo, que alguien llama cátaro, intenta ensayar un anticipo de sus caco utopías  (caco utopías es una expresión de Juan-Ramón Capella) con resultados muy negativos.  Así lo entendemos desde Izavieja, en los Montes Orientales.

Tramo final.–  Para que la globalización pueda ser eficaz –estamos hablando de la otra globalización–  es preciso una gobernanza global. Lejos, muy lejos está esta perspectiva, ese sueño dantesco. De momento, sin embargo, y tras la gravedad de esta crisis global del coronavirus sería de cajón que se creara una gobernanza global, con poderes reales, para abordar estas situaciones de catástrofe. Y más todavía, de la misma manera que hay agencias interestatales para la cosa del espacio, ¿no estaría bien crear una institución mundial para la investigación? Bien está ir por esos espacios en los que Luis Pepinillo no creía, a pesar de que El Caso, su revista de cabecera, había publicado en portada la llegada a la Luna. Bien está, me digo. Pero ¡oiga! No descuidemos lo que tenemos más a mano. 

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