Pacto de Bruselas

Foto David Fernández

Por Ignacio de Mágina

7 de abril. Hacer frente a una situación inédita necesita de una solución inédita o casi inédita. Estos días pasados se ha levantado el debate en la política española y han aparecido en el centro de la escena los Pactos de la Moncloa. Alfa y omega… Obscuro objeto del deseo… A favor o en contra. Camino inevitable hacia la salida del laberinto que se abrió súbitamente. Emulación de un momento histórico lleno de aristas. Laboratorio sin material necesario para el experimento. Debate nominalista para los especialistas en la ciencia mínima del nominalismo.

Bienvenido sea el debate. Bienvenidas las precisiones y los matices. Un nuevo marco y una nueva metáfora. Las propuestas no pueden ni deben cerrarse de un portazo. Aunque solo sea para reducir la inflamación de las varices internas de una política española con mala circulación. Es cierto que se corre el riesgo de que en el nuevo escenario estos Pactos de la Moncloa 2.0 fracasen por una declamación sobreactuada. El público está confinado y necesita aire. El aire viene de Europa, los ventiladores mecánicos que necesita con urgencia la economía española no son exclusivamente de patente nacional. El programa de fabricación es necesariamente un programa europeo. Los despachos y salones de reunión de La Moncloa son estrechos, son parte de la arquitectura pero no la pared maestra. De haber pacto, éste tendría que tener una dimensión europea. Un Pacto de Bruselas.

En el debate de estos días en torno al espíritu del Pacto de la Moncloa se ha expresado con nitidez la necesidad de la historia, como de la geografía, de su conocimiento, para pensar el mundo actual. Puestos a tirar de fondo histórico y revisitar el pasado, diría que hoy es el espíritu del «Manifiesto de Ventotene» de 1941 (“Por una Europa libre y unidad. Proyecto de manifiesto”) el que cabría agitar, reactualizado. Un marco y una metáfora para un nuevo impulso, necesario y urgente, del federalismo europeo.

El proyecto europeo, como se sabe, se inició después de dos devastadoras guerras. Décadas después de su puesta en marcha en el Tratado de Roma (1957), el proceso de integración de la UE representó un nuevo nivel de federalismo en la regulación económica. Tras la implosión soviética se produjo su ampliación a partir de las antiguas “democracias populares” del Este y con sucesivas ampliaciones hasta estar formada por 28 estados miembros. De esta forma, Europa potencialmente podría convertirse en un actor fundamental de la escena mundial por la importancia de su riqueza como de su comercio. En el ranking mundial de población, Europa ocupa el tercer puesto, con un total de más de 500 millones de habitantes, frente a los poco más de 300 millones de EEUU. En 2007, en los prolegómenos de la Gran Recesión, la economía europea representaba el 30% del PIB mundial.

Sin embargo, se han manifestado sucesivas crisis políticas, particularmente aguda ha sido la reciente del Brexit, que ha acabado con la salida de Reino Unido el pasado mes de enero y la negociación sobre un nuevo acuerdo. Una muestra de la difícil cohesión de un proyecto que viene agravándose con fuertes disparidades regionales. La comunidad europea ha quedado reducida a 27 socios. A esto se suma un déficit político e institucional, cuya divisoria tradicionalmente se ha establecido entre “federalistas” y “soberanistas” entre los representantes del Parlamento europeo. Este ha sido un síntoma claro de la falta constante de coherencia en la voluntad política europea, que contrasta con la mostrada por las políticas desarrolladas por EE.UU., China o la propia República Rusa. Y así nos va a los europeos en el escenario geopolítico actual.

La tensión entre los estados-miembros de la UE se ha venido dando tradicionalmente entre el “progreso” de una Europa económica y las limitaciones claras de la Europa social y política. La Unión es sobre todo un poderoso conjunto económico, mientras que la Europa política y social se ha desarrollado a un ritmo excesivamente lento. Algo sabido, hablamos de un gigante económico y un enano político. Situarse en un terreno intermedio entre las formas confederales y federales, así como la falta de definición clara en la distribución de competencias entre el poder ejecutivo y el legislativo ha propiciado que en el trayecto no se supere en buena medida lo que es un acuerdo de libre cambio comercial. Que no se alcance una dimensión supranacional del proyecto. En este cuadro general un factor esencial ha marcado el itinerario europeo, me refiero a la incapacidad de los gobiernos individuales de enfrentarse de manera adecuada a los retos transnacionales, globales. A la apuesta errónea de hacerlo sin cooperación. Estos retos siguen ahí, no han desparecido: mundialización económica, peso y tamaño de las multinacionales, comercio internacional, seguridad y medio ambiente,… y hoy la pandemia del COVID-19.

Así el estado de las cosas, lo que cabría rescatar y robustecer en estos momentos de crisis combinada es un método, un proceso, puesto en marcha por los estados miembros aunque no controlado del todo por estos. Es necesario dar el salto más allá de constituir una comunidad económica. El Pacto de Bruselas puede ser el marco, la metáfora. Bruselas tiene que dejar de ser una especie de segunda residencia. Las reformas o la reconstrucción en la Moncloa deben despejar el pasillo compartido con otros (Francia, Italia, Portugal y los vecinos que se sumen). El fin no sería otro que muscular el núcleo de protección que hoy podría ser Europa y permita, unidos, hacer frente a las crisis en curso.

Alerta: en las sociedades europeas se ha instalado una falsa ilusión, la idea de que, una vez alcanzada, la democracia es irreversible, pero la democracia es frágil y reversible. A menudo se olvida apresuradamente que durante el siglo XX, tal como ha advertido el historiador británico Mark Mazower (La Europa negra. Desde la Gran Guerra hasta la caída del comunismo, Barcelona et al., Ediciones B, 2001), la forma más común de gobierno fue la dictadura. Las raíces del totalitarismo y los fascismos europeos están más arraigadas en la cultura europea de lo que con frecuencia nos gustaría aceptar. Parece que anda suelto… Por eso, bienvenido el debate. Que no se cierre en falso.

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