La importancia de llamarse Bruselas

Foto flickr David Fernández

Por Bizco Pardal

Entiendo que nosotros tres –tártaros de adopción–, a la hora de hablar de cómo abordar el drama de la situación post pandemia, habíamos dejado temporalmente de banda la cuestión europea para incidir machaconamente la necesidad del pacto.  Por lo que a mí se refiere no concibo una intervención eficaz para enfrentarnos a la devastación que se producirá que un potente trabajo a nivel europeo, un pacto europeo. (Es posible que seamos un tantico latosos con esto de la «devastación», pero es que hay quien todavía piensa que la cosa no será para tanto. Son sordos y paraléxicos). Un pacto europeo a pesar de todos los pesares o incluso precisamente por ellos.

Un amigo mío, Gaetano Sateriale, sindicalista reputado de la CGIL y ex alcalde de Ferrara ha escrito hace pocos días: «Los Estados Unidos y China están interviniendo ahora a nivel continental. La Unión Europea todavía está defendiendo las ventajas y la competitividad de los países fuertes, esto es, Alemania, Holanda y los países escandinavos». (Ver Il diario del lavoro, https://www.ildiariodellavoro.it/adon.pl?act=doc&doc=75322#.XouHUYgzbIU).

Lo que me lleva a afirmar que, en esta situación, es más que temerario mantener esa doble velocidad que no solo es la muerte de Europa sino la imposibilidad de abordar la triple emergencia que, según Sateriale, están presente: la sanitaria, la económica y la social. En concreto, no se trata de una situación de crisis convencional, sino de emergencia. Lo que nunca hemos visto los europeos de hoy en día, nuestros padres y abuelos.

Ningún país europeo saldrá por sí solo de esta emergencia, tampoco los del Norte, cuyos gobernantes creen –o hacen creer imprudentemente– que ellos pueden zafarse de esta emergencia. Que pueden salir de rositas. Los países del Sur tampoco. Todo ello lo saben desde los siete Niños de Écija hasta los más afamados científicos de la Universidad de Upsala, desde el cortijo de Cañabate de Izavieja hasta la Puerta de Brandenburgo en Berlín.

De la situación que nos vamos a encontrar sólo se podrá salir a través de un plan europeo o no se saldrá; o no se saldrá moderadamente bien, quiero decir. Con todo, tampoco quiero ocultar que la salida será lenta, gradual y desigual. Y, comoquiera que no es de recibo dejarse cosas en el tintero, diré  que habrá países que obligatoriamente jugarán el papel de locomotoras. Nadie deberá escandalizarse de ello. Cuestión diferente es que tales países impongan unas condiciones inadmisibles, lo que es rechazable de plano. Los países del Norte deberán entender que, haciendo de locomotoras europeas, estarán ellos también en mejores condiciones para sí mismos. Por lo que no estamos hablando de solidaridad abstracta sino de interés propio de ellos.

Se propugna, pues, un plan de emergencia europeo. Por comodidad,  y obligados por la pila bautismal que exige todo lo mediático disponga de su nomen omen,  a ese plan le llamamos los tártaros el Pacto de Bruselas. Pacto de Bruselas, pues.

Retengo la experiencia de la elaboración del proyecto de Constitución europea. Un grupo de sabios elaboró un proyecto de lo que después fue el texto definitivo, nuestro amigo Emilio Gabaglio estaba entre ellos. Tres cuartos de lo mismo podría ensayarse a partir de ahora, porque conviene arrancar pronto, ya que sabemos lo que cuesta empezar los trabajos.  

Acabo de leer un artículo del ingeniero don Manuel Gómez Acosta en Crónica global (1). Hay que tenerlo muy en cuenta, y me parece que dará que hablar. En todo caso, me creo obligado a hacerle una apostilla. Gómez Acosta, en un momento dado, habla de la «vetusta Europa». Quisiera, haciendo un alarde de tiquismiquis, decir lo siguiente: cuidado con trasladar a Europa ese «sentimiento trágico» que los mustios del 98 hicieron correr por España. Menos mal que vino la generación del 14 y se dedicaron a deshollinar la chimenea, aunque nadie pudo decir que «aquí no hay tutía». No es esa la intención de Gómez Acosta, lo sé. Si lo digo es porque hay gente que lee rematadamente mal o interpreta que lo que lee es lo que él mismo cree.  En resumidas cuentas, en la vetusta Europa hay energías, saberes y  capacidad de proyecto para abordar el post coronavirus. Así, por lo derecho: la importancia de llamarse Bruselas y su pacto.

1)   https://cronicaglobal.elespanol.com/pensamiento/industria-europea-covid-19-soberania-solidaridad_335310_102.html?fbclid=IwAR2iMCSiidK2v_Dc0Whs34a8qtHRFijl9hwgCskxF2a2DcezvW3yz2Ip0_Y

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