Barrio europeo

Bruselas, edificio Berlaymont. Foto flickr Fred Romero

Por Robert Deglané

Los que viven en Bruselas saben qué es el quartier européen, el «barrio europeo» Es una zona de la capital en donde crecieron los edificios que acogen a las instituciones europeas, la Comisión, el Parlamento, el Consejo, y otras decenas de instituciones que configuran la actual Unión europea. Entre la Place Schumann, la rue de la Loi y el parque de Luxemburg, cada día miles de funcionarios y administradores europeos diseñan y gestionan el proyecto. En estos momentos, aunque sea de forma virtual, el futuro de Europa se está discutiendo en esas oficinas.

La política española de la democracia ha pecado de un exceso de “españolismo” y de un defecto de “europeísmo”. Han primado siempre más las señas de nuestra parcela nacional que las mutuas dependencias e interrelaciones con las otras sociedades, países y estados europeos. Puede ser un maldito legado que hemos heredado de haber estado tan aislados como país a partir de 1939 y no haber participado en la construcción de aquel Mercado Común, luego Comunidad Económica y finalmente –de momento– Unión europea. España, sometida a la dictadura franquista, estuvo fuera del corazón, los pulmones y del entero organismo de Europa. Solo a partir de los años sesenta, más o menos de forma subrepticia con acuerdos comerciales con aquellos países de Centroeuropa, y luego ya integrados económicamente en el diseño industrial europeo a partir de 1970, iniciamos un proceso de acercamiento que culminaría en 1986, con el gobierno González, con el ingreso en la CEE. Hace solo treinta años que tenemos un compromiso solidario con los países de la Unión. Por todo ello no es extraño que ante el tsunami al que estamos asistiendo, una ola que va desde China a Estados Unidos y desde la India a Reino Unido, nuestro debate haya sido hasta ahora “en clave nacional” (yo diría nacionalista, pero es un matiz). Las derechas españolas siguen instaladas en la obsesión antigubernamental y las izquierdas en el gobierno solo recientemente han comenzado a ver que esto no va de Moncloas –aunque así haya comenzado el debate– sino que esto va, como mínimo, de Bruselas. Al final de esta lluvia de meteoritos, habrá que hablar de pactos de Metrópolis, la ciudad global. O los poderes que hay en el mundo se orientan en esa línea de alcanzar unas mínimas reglas de juego y unos estables pactos o la pandemia sanitaria se convertirá en una calamidad geopolítica. No voy a ser repetitivo, ya lo han dicho bastantes personas fiables en el diagnóstico: «No es el fin del mundo. Pero es el fin de un mundo» (Manuel Castells); «La pandemia de coronavirus es una tragedia humana de proporciones potencialmente bíblicas» (Mario Draghi). Solo intelectos como Donald Trump relativizan la potencia y consecuencias de la pandemia.

Italia y España –ya veremos cómo evoluciona el contagio– son hasta ahora los dos países europeos más afectados por la Covid-19. A la hora de proyectar soluciones al desastre económico y social en nuestro país algunos han hecho referencia a dos experiencias históricas de pactos: el compromiso histórico en Italia y los Pactos de La Moncloa en España. Ambos ejemplos fueron entonces alabados y criticados pero, nadie lo duda ahora, respondieron a dos contextos históricos y geopolíticos diversos. En este año 2020 el contexto, el marco general y la disposición de las piezas tiene poco que ver con aquellos años 70.

Otros ejemplos son los del gran pacto social de la postguerra del 45. Entonces los países del oeste europeo, devastados por los bombardeos aliados, con sus economías en paro y sus sociedades atravesadas por una mortandad también formidable, se plantearon un gran acuerdo social en cada uno de sus países y, pocos años después, acometieron el proyecto de unión de los europeos mediante los acuerdos del carbón y el acero. El gran pacto social de posguerra que vino en denominarse «Estado social» fue resultado de la mentalidad colectiva de resistencia que se fue construyendo a lo largo de la guerra y del instrumento de la planificación económica. Los parámetros habían cambiado debido al impacto de aquel conflicto. La gente, los partidos que habían sido resistentes en aquella conflagración, las masas laboriosas que habían sido el sustento de la carnicería bélica y del enfrentamiento contra el enemigo, vieron claro tras la paz que «lo que ahora se necesitaba eran «ciudades, parques y campos de deportes, casas y escuelas, fábricas y tiendas bien planificadas y bien construidas» (Tony Judt, Postguerra). La inversión pública, del Estado, se convirtió en el instrumento esencial de un nuevo pacto social. De esa forma nacen los proyectos de Monnet, de Schumann, de Atlee en el Reino Unido. O la Seguridad social en Francia gracias al pacto de De Gaulle con los comunistas.

 Hoy pasa algo similar en el proceso de destrucción de las bases de la economía y de la producción social. Pero no sabemos si todavía la política será capaz de dar respuesta a esa necesidad. De cualquier forma esa respuesta tiene que ser diferente, en los programas, en los instrumentos y en las dimensiones geopolíticas. No caben respuestas nacionales y solo será posible una o varias respuestas continentales a nivel europeo.

Por eso es importante pasar de la dimensión Moncloa a la dimensión Bruselas. Tenemos le geopolítica concretada en los territorios y sociedades que conforman la Unión. Tenemos los instrumentos políticos, financieros y legislativos en el acervo europeo. Nos faltan los programas: ¿qué queremos reconstruir? ¿qué debemos conservar y qué debemos dejar que desaparezca con esta crisis? Ahí tienen un papel decisivo los estados, pero también los agentes sociales, los sindicatos y las organizaciones empresariales, las diversas asociaciones que tienen que ver con la economía de las personas. Y nos falta aplicar los instrumentos que son fundamentalmente una política de deuda para acometer los planes de reconstrucción. Una deuda que solo puede ser a nivel europeo, es decir, de la Unión como tal. En 1948 la financiación vino de Estados Unidos a través del Plan Marshall. Hoy la financiación debe ser a partir de la propia Europa, a partir de los recursos que ella sea capaz de crear y de captar a partir de su propia riqueza y a partir de una economía globalizada.  Y este es el debate de estos momentos y con el que nos jugamos o bien la disgregación del proyecto europeo o bien su recomposición hacia una realidad más federal.

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