Redes tóxicas

Foto de Clem Onojeghuo en Unsplash

Por Robert Deglané

7 de abril. En todo conflicto siempre hay alguien que trata de sacar tajada del mismo, en toda guerra siempre habrá un “intermediario” que hará negocio, y en toda catástrofe siempre habrá un comerciante que se aprovechará de la escasez y de la necesidad de los demás.

En esta batalla contra el coronavirus seguro que habrá fabricantes de mascarillas que tratarán de retener stocks para que aumente el precio de las mismas, o productores de camas hospitalarias que especulen con la demanda necesaria en estos momentos. Los ha habido antes y los habrá ahora. Lo que es nuevo en este conflicto de salud pública y de supervivencia social es la cantidad de microbios humanos que pululan por las redes sociales, intoxicando el ambiente, generando noticias falsas, creando, en definitiva, un estado de opinión donde prima la animadversión frente a la amabilidad y la solidaridad.

Las redes sociales son hoy lo que fueron las cervecerías muniquesas o las tabernuchas milanesas de los años 20 del siglo pasado. Los Hitler y Mussolini de estos días se desplazan de forma digital por Twitter, por Facebook, por las redes sociales que llevamos con nosotros en el teléfono móvil. Adoptan formas innovadoras, mutan de personalidad, cambian de identidad continuamente pero siempre se ocupan de alcanzar mismo objetivo: mentir, intoxicar, adulterar la realidad. Ayer fue que el virus lo trajeron los inmigrantes, hoy es difundir que Manuela Carmena ha enfermado pero ha conseguido para ella y en su casa un respirador tan anhelado por decenas de enfermos; mañana puede ser que el virus se ha creado en un laboratorio chino para infectar a los países occidentales, etc. Toda una maquinaria desinformativa puesta al servicio de la disrupción, de la ruptura de las cadenas de fiabilidad informativa y de la cohesión social. Antes, si no a los gobiernos, sí hacíamos relativo caso a medios de comunicación, aunque sabemos desde hace tiempo que nunca y todos han sido objetivamente diáfanos y que tras muchas noticias ha habido una manipulación del hecho.

El llamado “espacio público” o área donde toda la ciudadanía se comunica y establece sus fluidos informativos ha saltado por los aires hace tiempo. Habermas definió de forma muy alemana aquella conquista social tras la Revolución francesa: «La ‘politización de la vida social’, el auge de la prensa de opinión, la lucha contra la censura y a favor de la libertad de opinión caracterizan el cambio funcional de la red expansiva de comunicación pública hasta mediados del siglo XIX».

La civilización digital ha roto las convenciones, defectuosas y conflictivas pero al fin y al cabo convenciones de una sociedad civilizada que nos permitían construir y reformar ese preciado «espacio público». ¿Podía uno imaginarse a Lincoln difundiendo conscientemente mentiras o falsedades en sus discursos públicos? Hoy Trump lo hace sin rubor desde un Tuit a las diez de la noche, y lo siguen 76 millones de personas. Tras esta pandemia hay bastantes interesados en sacar tajada económica de la misma y otros muchos que buscan la confusión y la manipulación entre personas y grupos donde la información, desgraciadamente, brilla por su ausencia. Las redes son a la vez receptáculo y agente, espacio pasivo y factor dinámico de la intoxicación. Tras el anonimato, la falsa identidad o, ¿por qué no? el propio nombre y perfil, se encuentra el virus tóxico de una sociedad de la información completamente trastocada. Y ese virus se aprovecha de nuestra enfermiza necesidad de estar informados, de saber qué pasa con nuestros congéneres, de nuestra obsesión por “estar presentes” en las redes. Las redes sociales son en estos años el caldo de cultivo del nuevo fascismo, ahí se está incubando el monstruo de este siglo. O cuidamos y filtramos esa nueva «atmósfera pública» o nos envenenará a todos.

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