Festival de máscaras

Foto de Nick Bolton en Unsplash

Por Ignacio de Mágina

7 de abril. El domingo pasado, buscando información y opiniones en Internet, tropecé con un blog llamado “Campo abierto” y rápidamente se me hizo irresistible lo del “abierto” del campo en pleno confinamiento. Pensé que la consulta de este blog iba a aligerar la reclusión y me puse a leer como quien busca aire. La lectura además me deparó la sorpresa de encontrar una referencia en un texto firmado por un tal Aristu a esta peculiar Sociedad de Correspondencia tártara de la que formamos parte. Desde luego, fue un acierto. No encontré en “Campo abierto” (insisto “abierto”) sólo información y opiniones, sino que el tal Javier Aristu, terciando en un debate con un economista, nos ofrecía claves de fondo sobre el tema estrella de estos días en la vitrola de la política doméstica: Pactos, pactos, pactos… Debo deciros que en mi cabeza la apelación a los Pactos de la Moncloa 2.0, no sé porqué, tal vez por el confinamiento, ha terminado identificándose con la melodía de aquella canción sesentera de “Pepa, no me des tormento”, interpretada por una pizpireta Encarnita Polo. Debo deciros también que suscribo lo escrito por el ciudadano Aristu: la reconstrucción o construcción ex novo -me atrevo a decir- de un mundo nuevo que no termina de nacer, pero que está de partos. Después de esta bocanada de aire fresco -y una vez que logré dejar atrás el eco de los “pactos, pactos, pactos” de Encarnita Polo-, me fui a dormir como un bendito.

Al levantarme, no me preguntéis por qué, cosas del cerebro, seguí dándole vueltas a este asunto y pensé en una cuestión que podría derivarse de la reflexión que había leído el día anterior. Pensaba que en medio de la catástrofe siempre emergen inclinaciones y actitudes individuales que pueden devenir en colectivas. Aunque, en realidad, se debería hablar de catástrofes combinadas, no convendría olvidarlo. El filósofo Innerarity advertía hace poco sobre el trato diferenciado y opuesto entre unas catástrofes y otras; ante la medio-ambiental en curso desde tiempo atrás, aquellos que tienen capacidad de decisión han optado por procrastinar y, en cambio, son los mismos don Tancredo que han mostrado celeridad en la toma de decisiones ante la crisis sanitaria que padecemos.

Como os digo, estuve atento a algunas noticias, a unas cifras que aunque muestran una tendencia a la baja nos golpean a diario, y con las que también no martillean día tras día. Por cierto, el papel de los medios de comunicación está siendo otra forma distinta, claro está, de “catástrofe”. No sé si vosotros compartís esta opinión y no pretendo generalizar, pero, tal vez podríamos otro día darle una vuelta a la insidiosa esfera de la propaganda vestida en la mayoría de ocasiones de un sobreactuado fervor patriótico y de una ñoña solidaridad verbal, en buena parte de otras ocasiones.

El caso es que llegué a la conclusión de que entre las voces mil que aparecen, ya sea en los profesionales de los medios como los declarantes ante los medios (políticos, expertos, opinadores, intrusos, pícaros, gente de buena fe, etc…) uno podría llegar a identificar a alguna figuras del ayer y del hoy, eternas, arquetípicas y por eso reales. He sido capaz de identificar, sin ser exhaustivo, al menos cuatro máscaras públicas persistentes y muy activas: los categóricos, los liberticidas, los catastrofistas y los antitodo. Los categóricos sacan la cabeza entre el griterío con voluntad de protagonismo, están el secreto del Pulchinela, de esa clásica máscara del teatro callejero napolitano. Los liberticidas padecen la pérdida de su libertad individual en su vida diaria, cuestionan las restricciones de la actividad económica y critican la protección de la libertad colectiva de la supervivencia por medio del confinamiento. Los catastrofistas te entregan con seriedad de notario su tarjeta de visita y se van corriendo, a la espera de volver cuando se les llame para encargarles la salvación, terrena y/o eterna. Pero de entre estos personajes que van apareciendo en la escena pública -todos ellos banales y prisioneros de su propia vanidad- destacan los antitodo por su furor y su potencial dañino en términos de sociedad. Los antitodo son los habituales de la falacia furtiva, de la conspiración, de la decisión tomada en la oscuridad en pequeño comité… Este grupo coral constituye un antiguo virus oportunista contra el que todavía no se ha encontrado ni tratamiento ni vacuna, son aquellos predispuesto a sacar provecho de las desgracias que ven como ajenas. Surfeando la ola, representan el oportunismo en términos políticos, económicos y materiales. Son los aprovechados del cansancio, del desgaste lógico de la sociedad ante este período de glaciación social, sí, glaciación y no hibernación como algunos vienen diciendo -y de esto, si queréis, hablamos también en otra ocasión-, porque la fecha de la primavera no se corresponde con el calendario, esa fecha es incierta, dudo que ni siquiera esté fijada todavía, y lo es tanto como la salida de las cuevas en las que nos hemos refugiado ante un inesperado rebrote futuro o  el impredecible curso de la economía.

Nos queda resistir…, tal como hoy se canta todavía desde los balcones, popularizando un tema como “Resistiré”, aunque la gente desconoce que la letra adjudicada a El Dúo Dinámico en realidad es de Carlos Toro, hijo de Carlos Toro Gallego, militante del Partido Comunista de España condenado a muerte por la dictadura del general Franco y que le fue conmutada por 17 años de confinamiento carcelario. Acabo con esto, me parece que conviene recordarlo hoy, cuando tanto se habla de pactos, pactos, pactos.

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