El tercer hombre

Por Bizco Pardal

7 de abril. Las guerras y las situaciones de crisis suelen tener esa intra historia que, por lo general, no sale en las crónicas oficiales: la de los aprovechaos.  Hay que diferenciar, sin embargo, entre sus diversas tipologías: las de tipo político suelen pasearse, a veces excesivamente, por sus páginas; las de tipo económico y similares son más discretas, pues las organizaciones de ese jaez son más prudentes como aconsejaba siempre don Vito Corleone. Mención especial merecería esa situación cuando en el dirigente de la guerra o el político coincide su condición de aprovechao, económicamente hablando.

Algo de ello debió sospechar el católico rey Fernando cuando pidió a don Gonzalo Fernández de Córdoba que rindiera cuentas de los gastos de la campaña de Nápoles. En la corte se rumoreaba que don Gonzalo era hombre de manos ligeras. Los viciosos de la historia cuentan que el militar respondió: «Por picos, palas y azadones, cien millones». Fernando calló, aunque se fue definitivamente a la Capilla Real, allá en la granadina calle de los Oficios, sospechando que el Gran Capitán se había llevado una buena tajada de aquella campaña de 1508. Nosotros ni entramos, ni salimos en lo verídico o falso de ello, pero sospechamos que la llamada ´memoria histórica´ es, a veces, un conjunto de recuerdos abigarrados sin orden ni concierto; y, también, nos maliciamos que atenerse solo al papel y al documento puede depararnos algunas  veces –digo algunas veces–  conclusiones más falsas que los antiguos duros sevillanos. Sin ir más lejos, los papeles granadinos de la Abadía del Sacromonte –los tan famosos como fraudulentos Libros plúmbeos—  muestran que, en algunas ocasiones (no siempre), tanto monta, montan tanto la memoria histórica como los documentos. Sépase más de uno, más de dos y más de tres se han aprovechao de tales libros escritos en aljamía.

Han pasado los años. Las guerras y las crisis se suceden. También los aprovechaos.  En la ciudad de los Cuatro Arcos –por lo tanto, cuatro veces santa–  mientras los españoles se pegan tiros los hunos a los hotros, contradiciendo el mandato bíblico de «amaos los unos a los otros», un mulero roba por la noche bestias al ejército republicano y se las vende a los sublevados; al día siguiente lo hará al revés. Así hasta que, entre estas fechorías y otras posteriores no menos celebradas, amasa una gran fortuna. A este mulero le llamaremos Peppe Mmerda como homenaje al abuelo de la bella de El Gattopardo, que encarnó Claudia Cardinale. Nuestro Peppe Mmerda acabó siendo dueño de casi toda la comarca de la ciudad de los Cuatro Arcos. No hay documentos que demuestren la veracidad de cómo se enriqueció el mulero. Pero, si seguimos las enseñanzas de la llamada Historia de las Formas veremos, como muestran los viejos retratos, que los padres del Peppe Mmerda cuatriarcado visten unas ropillas que dan pena: pobres como las ratas. Más todavía, el mulero murió a los ochenta años sin saber leer ni escribir, aunque de números sabía más que al Juarismi. Murió dejando en herencia toda la tierra que fuera de los Carrillo de Alfornón a la dinastía de los Mierda. De aquellos robos de mulos y del continuo trapicheo, en tiempos de guerra y post guerra, sacó la gran tajada que le hizo hiperbólicamente rico. Podríamos decir, aunque no hay papeles que lo demuestren, que de los robos de mulos –ora a unos, ora a otros— en tiempos de guerra se inició la acumulación de capital para que Fabián Estapé, que en Gloria esté, diseñara el Plan de Estabilización de 1959.  Diré que Estapé fue también un aprovechao, pero de los buenos, en su casa tuvimos asilo cuando algunos fuimos buscados por «el Teniente, el Teniente coronel, el Teniente coronel de la Guardia civil». En resumidas cuentas, nuestro Peppe Mmerda fue el Juan March chico.

Ahora en esta crisis del coronavirus aparecerán nuevos peppe mmerdas tanto a escala menor como a gran escala, sea esta doméstica o global. Aún es pronto, aunque ya están danzando por ahí determinados bribones que  intentan revender mascarillas, guantes y demás cosas necesarias. Los habrá y si la porra del orden democrático no actúa con firmeza puede aparecer un mercado negro. No es cosa de exagerar, pero «el tercer hombre» (aquel que trapicheaba en Viena con la penicilina) puede resurgir silbando la conocida melodía que hizo célebre a Antón Karas.

El profesor Mágina nos aclara que el autor del tan celebrado, en estos días, Resistiré contra lo que la gente cree no es el Dúo Dinámico, sino Carlos Toro, hijo del militante del Partido Comunista de España Carlos Toro Gallego. Queda dicho y aclarado con la autoridad de Ignacio Mágina, director del Conservatoio. Lo que me lleva a hablar de dos aprovechaos de fama mundial: Bizet y Chaplin. Los dos aprovecharon situaciones confusas y se portaron con gruesa sinvergonzonería. Más Bizet que Chaplin.

El caso es que Bizet introdujo en su ópera Carmen una habanera que había compuesto otro. No era un plagio, sino lo que hoy se conoce como un copia-y-pega. Ni una corchea salió de Bizet. Todo había sido compuesto por el músico vasco Sebastián Iradier. Era El arreglito, que Bizet fusiló sin contemplaciones. Véanlo en youtube y quedarán escandalizados. Iradier no tocó la flauta por casualidad con El arreglito, años más tarde compuso La paloma –«si a tu ventana viene una paloma»–  que es la canción que más se ha interpretado desde que se compuso hasta nuestros días. Y Chaplin, que en Izavieja llamamos Charlot, puso La Violetera que compuso el maestro Padilla en su película Luces de la ciudad. Chaplin no sólo no consultó al músico lo que iba a hacer sino que ni siquiera le pagó los derechos que le correspondían.

Bizet y Chaplin, dos aprovechaos.  O un ´aprovechategui´ como diría ese funambulista del lenguaje que es Mariano Rajoy.

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