¿Moncloa bis?

Foto de José Martín Ramírez C en Unsplash

Por Robert Deglané

4 de abril. Los efectos de la pandemia sobre las sociedades de todo el mundo serán brutales, inmediatas y duraderas. Habrá países que resistan mejor que otros pero en general esta pandemia global se va a traducir en una crisis económica con su consecuencia de una gran y global crisis social. Sin necesidad de hacer discursos apocalípticos ni distópicos, lo que viene por delante no es nada agradable. Y ante ese panorama algunas voces autorizadas comienzan a reflexionar con la mirada larga y la voz clara. Uno ha sido el periodista Enric Juliana que en La Vanguardia del pasado 2 de abril salía opinando con un título significativo: «Pactos de La Moncloa». Ayer día 3, era Joaquín Estefanía en El País que con el título de «El compromiso histórico español» hacía un resumen bastante claro de lo que fueron aquellos acuerdos de 1977. Ambos periodistas –¡ojo al dato!– fueron testigos más o menos cercanos de aquel episodio desde los periódicos en los que entonces trabajaban y, por tanto, cuando se habla desde el hoy (2020) del ayer (1977) están tratando de establecer si no una analogía sí un parámetro de comparación entre ambas realidades, entre ambas crisis. La de 1977 está bastante detallada en diversos libros y artículos de estos dos grandes periodistas y me remito por tanto a ellos. La de 2020, que no ha hecho sino comenzar, está todavía por saber por dónde se va a encaminar, hasta dónde va a llegar el destrozo sobre el tejido productivo y laboral, qué instituciones van a sobrevivir de este tsunami o ciclón que nos está devastando.

No es casualidad, por tanto, que estos dos observadores privilegiados de la realidad española hayan coincido en el plazo de 24 horas sobre la necesidad de plantearse seguramente un gran acuerdo nacional (y europeo) capaz de sobrellevar la gran carga que el país va a tener que soportar a partir de esta primavera y no se sabe por cuánto tiempo.

Los Pactos de la Moncloa han sido vituperados y criticados desde sectores de la izquierda casi desde aquel momento y sigue siendo un tema tabú para una parte de lo que podríamos llamar el componente Unidas Podemos de la actual coalición de gobierno. Entonces, en 1977, fue la derecha empresarial quien principalmente estuvo reacia a aquellos compromisos y al PSOE le interesó bien poco proseguir con un acuerdo político de unidad de todas las fuerzas partidarias cuando estableció su estrategia a partir de la toma del poder en las elecciones de 1979. En ese año no lo consiguió pero sí en 1982. Para entonces los pactos de Moncloa eran ya territorio sobrepasado. Pero sin  aquellos pactos seguramente una buena parte del “estado de bienestar” que formalizó luego el partido de Felipe González se habría hecho con más dificultades. Allí  estuvieron plasmados los principios básicos y presupuestarios de un modelo educativo público financiado desde el Estado, se alcanzaron compromisos y reformas del marco laboral que luego, en 1980, darían lugar al Estatuto de los Trabajadores, se acordaron políticas salariales de moderación y derechos de los sindicatos en las empresas, etc. Estefanía los compara con el «compromiso histórico» italiano entre DC y PCI; algo de eso hubo –eran otros tiempos– aunque también las diferencias entre ambos procesos son significativas.

¿Son hoy racionalmente proyectables aquellos acuerdos de la Moncloa? Seguramente no: las cuatro décadas trascurridas han cambiado al país, a sus estructuras e instituciones y a sus fuerzas políticas. Mi vecino Bizco Pardal anota perfectamente los datos de esa diferencia. Hoy tenemos un país muy diferente y una cultura política muy diferente. Y, además, estamos ya completamente imbricados en una organización de intereses, necesidades y soluciones que se llama Unión Europea. El contexto social, económico y político de aquel 1977 está bastante lejano del de 2020. Pero la crisis, sus consecuencias para la gente que vive, puede tener la misma posibilidad de llevarse por delante lo que hay, nos guste mal que bien. Entonces las crisis del petróleo y monetaria se podían haber cargado la naciente democracia que acababa de tener sus primeras elecciones en cuarenta años. Hoy, la COVID-19 y las consecuencias económicas y sociales que trae incorporadas puede llevarse por delante a la propia Unión europea, a las instituciones de solidaridades existentes en nuestras sociedades, la capacidad económica de Europa y, en consecuencia, de España. Por llevarse se puede llevar por delante hasta los mecanismos de financiación establecidos hasta ahora, aumentar la deuda de los países hasta límites siderales y cegar los pequeños canales de recuperación de estos años. Ya se está hablando de que las consecuencias de esta crisis pueden ser superior a las de 2008. El secretario general de la ONU habla de la peor crisis global desde la Segunda Guerra Mundial (1945).

¿Qué hacer ante esto? ¿Cómo enfrentarnos como país y como sociedad europea a este desastre? Asistimos en Europa a una dislocación de sus instrumentos de intervención. Los dirigentes políticos andan desconcertados, dado que nadie sabía en enero la dimensión que iba a tener esta pandemia social. Pero hay que reaccionar y rápidamente; un deterioro o empeoramiento de este marco puede llevar a que renazcan soluciones nacional-populistas que serían peores que las que ese stán tratando de aplicar.

En España será necesario replantearse muchas cosas. En mi opinión, la fase política que arrancó en la crisis de 2010 y que hizo caer al gobierno de Rodríguez Zapatero abriendo con Rajoy una etapa de gobiernos del PP se ha cerrado. El actual gobierno de Sánchez –el anterior salido de la moción de censura fue en cierto modo el apéndice de esa clausura– pretendía ser la apertura de una nueva fase que, con la incorporación de Podemos y los restos de IU, iba a generar un proyecto reformador de alcance donde se decía del mismo que situaría  «a España como referente de la protección de los derechos sociales en Europa» (Acuerdos de coalición suscrito por ambas fuerzas).

Pues bien, entiendo que tras las novedades que nos ha traído este mes de marzo y lo que nos aportará abril, el programa de gobierno de coalición tendrá que ser actualizado, adaptado y formateado a las nuevas circunstancias. Ni este gobierno (su composición política) ni este programa (sus propuestas) son ya de actualidad en su globalidad. ¿Quiere decir que no eran realistas? No, quiere decir que la realidad nos va a cambiar a todos…menos a los obtusos y ciegos testarudos. ¿Quiere decir que este gobierno formado en enero era inoportuno o improcedente? No. Su gobierno era necesario entonces y su programa era atractivo entonces. Hoy, en abril de 2020, con cerca de un millón de desempleados superados en un mes, miles de empresas con Ertes inmediatos y Eres, una estructura económica (decisiva y prioritaria, como es el turismo y los servicios) disuelta y deshecha en dos semanas, y tantas desgracias más…este gobierno es ya insuficiente y este programa es ya irreal. Hace falta acometer un plan de emergencia nacional –llamémosle como queramos– que sostenga las acciones políticas necesarias a fin de salir de este terrible incendio en el que estamos. Y un programa de emergencia necesita de una amplísima base de apoyo social, político y parlamentario. El actual gobierno no tiene ni siquiera mayoría parlamentaria, tiene un apoyo político reducido (PSOE, UP y algunas fuerzas pequeñas de autonomías), tiene abstenidas fuerzas nacionalistas importantes (PNV, ERC, BNG) y enfrente tiene a un bloque de derechas plural pero que es consistente como oposición (PP, Cs, JxSí,), dejando aparte a Vox, fuerza parapolítica que no sabemos todavía cómo saldrá de esta situación, si reforzado o debilitado.

¿Un nuevo gobierno? No es este el momento de concretar esta cuestión que la propia dinámica irá desvelando pero sí es necesario definir y proponer un terreno de pactos sociales y políticos que estén de acuerdo en sostener una política de emergencia y salida de la crisis mediante la potente intervención de instrumentos del Estado social, acuerdos entre las fuerzas sociales (patronos y trabajadores) y corresponsabilidad de las autonomías ante dichas propuestas. Estas son las lecciones que yo saco de aquellos pactos de la Moncloa de 1977.

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