La reconstrucción de un solar

Derribos en la ciudad de Detroit. Foto flickr Stuart Wainstock

Por Bizco Pardal

4 de abril. Los viejos sindicalistas estamos tan engreidamente enamorados de nuestras ideas particulares que nos sentimos tentados de volver sobre ellas con insistencia con el riesgo de provocar la fatiga de quienes nos leen con la indulgencia de agradecer los servicios prestados. Eso es lo que otra vez me puede pasar ante el tema que nuestro director nos ha puesto a los tres escribidores de este blog: ¿unos pactos de la Moncloa bis?  En todo  caso, la disciplina tiene una regla: donde manda patrón no manda marinero.

Primera consideración: téngase en cuenta que los Pactos de la Moncloa  famosos fueron un trabajo de corrección. El edificio –esto es, la economía española– tenía algunos pilares hechos polvo, vigas profundamente carcomidas y el techo casi a la intemperie: una inflación que se acercaba al 30 por ciento, un desempleo que superaba el 20 por ciento, una balanza exterior deficitaria y muchos más desconchones. Había que corregirlo a fondo, y se hizo. Cierto, con ese estilo tan desaliñado de Abril Martorell que ponía de los nervios a Fuentes Quintana. Se hizo, en todo caso, con dos sherpas de tono: José Luis Leal y Ramón Tamames.

La situación ahora es radicalmente distinta. La crisis del coronavirus se está llevando muchas cosas por delante. Y lo que vendrá. Las averías del edificio –esto es, la economía y no sólo ella– afectarán a las paredes maestras y a los fundamentos. Una parte enorme del producto interior bruto hecha trizas. Es necesario hacer otra casa. Es necesario ir a un Pacto de enormes proporciones. Moncloa bis debe ser inexorablemente un trabajo de reconstruir la gran devastación.  De manera que la diferencia con aquel otoño de 1977 no es esencialmente de naturaleza política (salida de la Dictadura), ni del contexto internacional: es la diferencia entre arreglar el edificio y reconstruirlo casi todo.

Posiblemente, haya un detalle que valga la pena considerar: el aparente grado de unidad política de las fuerzas que redactaron Moncloa 77. Digo «aparente» porque no todo fue  orégano en aquel monte: el joven Felipe González siempre hizo lo que pudo por marginar al PCE, y para ello no dudó en exportar a UGT su malestar. Felipe se negó en redondo a la Comisión de seguimiento del pacto, porque ello significaba darle vidilla a los comunistas.

En todo caso, Felipe abrió un melón tóxico: la confrontación entre UGT y Comisiones Obreras durante algunos años. El partido lassalleano trasladó a ´su´ sindicato la obligación de pensar que la unidad es una quisicosa sin relevancia. Así pues, hubo unidad aparente de las fuerzas políticas a cambio de exportar los problemas al mundo sindical.   Fueron los años ásperos del sindicalismo español. Los años del «Mientes, Marcelino», «Te equivocas, Nicolás», que se propinaron en el único canal de televisión que había en España Nicolás Redondo y Marcelino Camacho.

Ahora, recostrucción, decimos. Robert Deglané lo deja claro en su epístola de hoy: «los efectos de la pandemia sobre las sociedades de todo el mundo  serán brutales, inmediatas y duraderas».  Dispensen el esquematismo: los pactos de la Moncloa necesitaron un arquitecto para corregir el edificio, en esta ocasión se necesita un urbanista; un arquitecto que hablaba en español, ahora se trata de un urbanista políglota.

Reconstrucción que tendrá su diferencia con Moncloa 77 en que, en esta ocasión, ese gran pacto –o conjunto de pactos, la cosa está por ver–  tiene los confines o límites que impone Bruselas. Por lo que, comoquiera que todos los países se verán abocados a una operación similar de grandes acuerdos, sería deseable que la Unión Europea flexibilizara el Pacto de Estabilidad como, con buen criterio, lo está haciendo ahora. Flexibilidad de corsés, para entendernos.

Con todo, la nueva situación tiene una novedad no irrelevante: el sindicalismo confederal (en Moncloa 77 desunido y subalterno a los partidos) ahora tiene un potente hormigón unitario y piensa con su propia cabeza. No me parece irrelevante situar otra novedad: en aquel Moncloa 77 la foto que salió ni siquiera disimuló su virilidad, ni una mujer aparecía. Ahora será, afortunadamente, imposible repetir aquel disparate. La reconstrucción podría tener nombre de mujer.

Son reflexiones que me hago en mi recogimiento, a medio camino de Izavieja y Campotéjar. 

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