Poder no es Gobierno

Foto de Timon Studler en Unsplash

Por Ignacio de Mágina

3 de abril. En estos días en los que se vuelve a invocar su nombre, no está de más recordar que John Maynard Keynes, tal vez el economista más prestigioso del siglo XX, dejó para la posteridad alguna que entre otra frase antológica. Dijo, por ejemplo, algo así como que sólo existen dos certezas para el ser humano: la muerte y los impuestos. No le faltaba razón a este británico que no vivió para vivir el apogeo de la influencia de su pensamiento de experto. En efecto, algunos de sus proyectos fueron derrotados reiteradamente. Finalizada la primera guerra total del siglo XX, Keynes abandonó las reuniones donde se fraguaron los acuerdos de Versalles, advirtiendo que el castigo impuesto a la joven República alemana de Weimar alimentaba la amenaza de una nueva guerra. Así fue. Después de la Segunda Guerra Mundial sobre la que Keynes había advertido el economista volvió a ser derrotado por la propuesta de la Administración norteamericana, encabezada por el experto economista Harry Dexter White, que descartaba el proyecto keynesiano de crear un órgano internacional de compensación, el International Clearing Union. Según Keynes el ICU sería capaz de emitir una moneda internacional (el Bancor) vinculada a las divisas fuertes y canjeable en moneda local por medio de un cambio fijo. Con este plan, a través de este nuevo organismo internacional los países con excedentes financiarían vía transferencia a los países deficitarios, de esta manera se tendría la ventaja de hacer crecer la demanda mundial y evitar la deflación, lo que finalmente beneficiaría a todos los países. Pero tampoco fue así (¿de qué estamos hablando hoy en Europa, salvando todas las distancias que se quieran?). Pues bien, después de la Conferencia de Bretton Woods (julio de 1944) donde proyectaron la bases de un nuevo orden económico mundial, entre ellas el del sistema monetario, el resultado fue que EEUU consiguió la  facultad de cambiar dólares por oro (35 dólares por onza de oro), sin restricciones ni limitaciones. Al mantenerse fijo el precio de una moneda (el dólar), los demás países deberían fijar el precio de sus monedas con relación a aquella, y de ser necesario, intervenir dentro de los mercados cambiarios con el fin de mantener los tipos de cambio dentro de una banda de fluctuación del 1 %. Es cierto que después las fluctuaciones no desaparecieron. Pero de esta forma la nueva potencia mundial estadounidense impuso sus criterios y sus intereses, moldeando la gobernanza de la economía mundial. Hizo caso a los expertos, a unos sí y no a otros.

Me diréis que todo esto es sabido y me tendréis que disculpar por esta larga parrafada sobre una historia conocida, pero la experiencia fracasada de Keynes, en dos ocasiones, me parece que me permite terciar en esa conversación epistolar y enviarla a lo que el guasón de nuestro Deglané ha bautizado hoy como “tribuna paranormal”.

Voy a intervenir sobre mis propias dudas. Dudas sobre el planteamiento que ambos habéis hecho          -coincidente en buena medida, me parece- y que tiene que ver con dónde alojáis el “Poder” y la “Autoridad”. Vuestra elección remite, me parece a mí, a los dirigentes políticos de hoy, de hecho mencionáis en vuestra carta a algunos: Sánchez, Macrón e incluso ese hombre…, Trump. Sin embargo, no estoy seguro que sean o representen in toto al Poder; esto es algo con lo que, por lo evidente, estaréis de acuerdo. Porque el poder ni está tan concentrado ni es tan visible. No, no me lo digáis…, ya lo digo yo: esto no lo planteo en términos conspiranoicos. Tal vez, conviene recordar que sobre este asunto advirtió atinadamente, entre otros, aquel filósofo peculiar, cuando menos, que fue Michel Focault; otra cuestión distinta es que uno pueda plantearse si el intelectual francés construyó una jaula de hierro en la que no solo pretendió situar al saber occidental sino en la que, finalmente, cayó su propio pensamiento. Pero esto es asunto para otra carta y, es posible, que para una tribuna o bien un “Manifiesto “subnormal”, en la estela del publicado hace ya década por nuestro estimado Manuel Vázquez Montalbán… (pregunta obligada, pero también tópica: ¿qué diría hoy MVM? Nos lo podemos imaginar, pero, claro está, no lo sabemos o bien al revés…)

Es más que probable, como sostenéis, que los gobiernos hoy estén bajo la férula de los expertos. Pero me parece, insisto, aunque no de la manera categórica que hoy suele hacerse, que la pandemia no ha re-articulado en sus dependencias al “Poder”, en mayúscula, porque este poder no se reduce al Gobierno, ni estoy seguro que durante al menos la contemporaneidad alguna vez se haya reducido a él.

Por otro lado, tengo serias dudas sobre la unidimensionalidad de la autoridad de los expertos; no digo que vosotros la planteéis, pero a veces parece estar en el aire. No conviene olvidar que hasta hace muy poco tiempo estábamos, supuestamente, en manos de otros expertos, en este caso los economistas. Claro que siempre se puede decir que el estrellato de estos expertos no respondía a la clave científica, sino ideológica. Bien, si es así, podría pensarse que en ningún campo del conocimiento los expertos tienen un solo punto de vista, el conocimiento científico avanza por medio del debate intelectual y así es conveniente que sea. Esto me hace pensar que el consenso actual entre epidemiólogos y virólogos -si es que existe tal consenso científico- no tiene porqué prolongarse en el tiempo, algo que no cabría descartar. Hay otras voces, desconozco si con base o no, que ofrecen una visión distinta de la pandemia, no menos grave pero sí distinta, y también de cómo aterrizar de este primer brote. La disputa sobre el poder de la influencia del experto y la influencia de poder en el experto es históricamente un tema apasionante, sobre el que, por cierto, no me parece que exista un acuerdo definitivo entre las personas dedicadas desde hace años al estudio de la historia de la Ciencia. 

Lo que no parece rebatible es que hoy como ayer la muerte, venga esta como venga, es una certeza, como deberían serlo los impuestos. He dicho que deberían serlo, pero esta última certeza ha podido ser, por lo menos tendencialmente y hasta ahora, la tercera derrota del viejo Keynes.

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