Riesgos globales

Chernóbil. Foto Ben Adlard

Por Robert Deglané

2 de abril. La globalización de estos años es el proceso por el cual se han integrado como eslabones en una misma cadena procesos económicos, tecnológicos, sociales, políticos, culturales que antes parecían independientes y ahora son interdependientes. Lo cual nos puede llevar al error de pensar que la globalización es un proceso nuevo y desconocido antes cuando sabemos que globalizaciones ha habido muchas a lo largo de la historia y que la interdependencia de sociedades, procesos y acciones humanas se ha dado casi siempre, desde que el ser humano adquiere su carta de naturaleza de ser social.

Pero es cierto que esta globalización posee características absolutamente nuevas y, lo que es más importante, tiene consecuencias sobre el desarrollo humano completamente irreversibles. El descubrimiento por el hombre europeo del continente América en el siglo XVI abrió unas perspectivas globales inéditas para los países europeos de esa época; pero Chernóbil –por usar un ejemplo– supone el factor de globalización máxima del peligro para la humanidad conocido hasta ahora. Fue un aviso decisivo.

 El sociólogo Ulrich Beck, con el que el mago de La Malahá abre su columna de hoy ayer, publicó su conocido ensayo titulado La sociedad del riesgo en 1986, inmediatamente después de la catástrofe nuclear de Chernóbil ocurrida ese mismo año, en abril. Aquel accidente de la central nuclear soviética, que costó la vida de miles de personas, durante el mismo y como consecuencia de este, y que contaminó a millones de ucranianos, rusos y de otras poblaciones, significó para Beck un retroceso incalculable en la historia del ser humano. Cito al sociólogo: «Las centrales nucleares (que son la cumbre de las fuerzas productivas y creativas humanas) se han convertido, a partir de Chernóbil, en signos de una Edad Media moderna del peligro, en signos de amenazas que, al mismo tiempo que impulsan al máximo el individualismo de la modernidad, lo convierten en su contrario». Chernóbil se constituye en la metáfora de la máxima paradoja de nuestra civilización.

No sabemos todavía lo que va a significar el COVID-19 en muertes, enfermedades, destrucción de tejido económico, social y en la configuración de un nuevo imaginario del peligro que acecha al ser humano, pero no tiene discusión que va a ser un factor de primera magnitud en la reconfiguración del mundo, del mundo global, del mundo colectivo y del mundo individual de cada uno. De Chernóbil algunos han captado sus gigantescas consecuencias solo cuando han visto la serie británica que está en HBO, muy acertada por otra parte. Hasta ahora esa ciudad rusa solo ha significado peligro para los contemporáneos de entonces y para un grupo de científicos; hoy el Coronavirus es ya un factor globalizado y presente en nuestros hogares.

El nuevo peligro global ya está aquí. Chernóbil fue una amenaza básicamente europea, de la Europa centro oriental, aunque pudo haber sido universal. El coronavirus ya está globalizado y ha convertido al mal en algo global, como las finanzas y el transporte. Habrá que seguir leyendo a Beck, como recomienda Bizco, porque sus intuiciones no fueron gratuitas: «seguimos viviendo en el shock antropológico de una dependencia de las formas civilizatorias de vida respecto de la “naturaleza” […] que ha acabado con todos nuestros conceptos de “madurez” y “vida propia”, de nacionalidad, espacio y tiempo».

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