Terpenie, terpenie

Por Bizco Pardal

(Desde Izavieja, 31 de Marzo del 2020)

En esta crisis del coronavirus se ha vuelto a poner de manifiesto que la Unión Europea es una zahúrda. El peor patio de vecinos es más considerado que ella. Ahora, en el reciente encuentro de los mandatarios ha reaparecido la división más inoportuna de la historia de esta institución. Es, lo diré tanteando las palabras, una división crónica y estructural. Lo de ahora llueve sobre mojado. Observo una novedad: esa división se ha convertido en confrontación. Hasta la presente las diversas crisis de la UE se iban capeando, unas veces por chicuelinas y otras por verónicas. Además, los anteriores encontronazos se mitigaban con lo que Ángel Abad –padre fundador de Comisiones Obreras– llamaba la «magia del verbo». O sea, a través de un lenguaje edulcorado, del que Javier Solana siempre fue un maestro.

Ahora esa sintaxis tiene muchas faltas de ortografía. Don Luis Miranda Podadera se estará removiendo en su tumba, allá en la santanderina Pedreña. Faltas ortográficas que le salen por los colmillos a ciertos dirigentes, que han estudiado en colegios de pago. La derecha ha capturado el lenguaje de bidonville. Siempre se pega lo malo, que diría el dómine Cabra.

Así las cosas, en la Unión Europea la confrontación, que ha substituido a la división, está acompañada por otra crisis: la crisis de los modos diplomáticos. La diplomacia, entendido en negativo como la técnica de templar gaitas, está perdiendo dentina. Algunos gobiernos de la Unión Europea –«diletantes y cacareadores», dice el de Mágina– se comportan como vecinos de una corrala pendenciera. Las groseras y temerarias palabras del holandés Mark Rutte, del Partido Popular Europeo, contra España e Italia son una prueba de que la confrontación ha sobrepasado más decibelios que los permitidos. Lógicamente la respuesta del premier portugués contra el «indecente» Rutte, que han sido tan celebradas en las tabernas españolas –«más vale honra sin barcos que barcos sin honra», de damnatae memoriae Méndez Núñez–  echan más gasolina al polvorín. Aplaudo con las vísceras a Antonio Costa, pero con la cabeza le digo, meridionalmente hablando: «No m’ayúes, compare». Templanza. Incluso cuando otro holandés, Jeroen Dijsselboem, acusó a los países del Sur de «gastarse el dinero en ´copas y mujeres´  y luego pedir dinero al resto». Templanza, y –como diría aquel don José de las Nieves–  terpenie, terpenie.  Porque si no hay templanza, prudencia y paciencia la confrontación entre ciertos gobernantes puede trasladarse con facilidad a la gente corriente y moliente.

En resumidas cuentas, tal como están las cosas con tanto chillerío es más difícil, pero no imposible, resolver la papeleta europea que demostrar la conjetura de Goldbach.

Post sriptum.– Claudio Eliano en sus Historias curiosas nos habló de un precursos de estos estilos: «Zoílo de Anfípolis, quien escribió contra Homero, Platón y otros, fue discípulo de Polícrates, el mismo Polícrates que escribió la acusación contra Sócrates. A este Zoílo lo llamaban también el «perro retórico». Este era su aspecto: había dejado crecer su barba  y se había rasurado la cabeza, y el  manto le llegaba por encima de la rodilla. A este desgraciado le apasionaba hablar mal de la gente y dedicaba su tiempo a volverse odioso ante todos. Sentía una gran afición por la calumnia». 

Terpenie, terpenie. Es lo que la gente sabia de Izavieja recomienda. 

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