Estado de la vida

Robert Deglané

30 de marzo. Plantea Bizco un asunto de primer orden como es el de los mayores y su retiro, provisional o final, de nuestro entorno. El asunto tiene muchos perfiles y muchas maneras de abordarlo. El más reciente, el de los viejos y la economía liberal, está ocupando primeras páginas de los medios y ha sido tratado por políticos de primera fila, como nos recuerda el honorable Pardal. Desde políticos del lado conservador como la francesa Lagarde hasta el holandés Mark Rutte, sin olvidarnos de que esta perspectiva llamada darwinista ha llegado hasta las propias filas del lado contrario: no quiero hacer sangre con las declaraciones de una concejala de Somos Lanzarote al hablar en una radio de lo mucho que viven los viejos. Ya se ha disculpado la edil.

Mi madrugador corresponsal Bizco Pardal nos sitúa como base de su carta a don Norberto Bobbio. No conocía el libro al que hace referencia, De senectute. Su título ya indica la pasión clásica del maestro de Turín. Me haré con él y, junto con el de Cicerón, imagino que serán lectura añadidas a la lista de este histórico aislamiento de masas. ¿Os ha gustado la expresión? Aislamiento de masas, Huelga Nacional Pacífica y Encerrada: ¡lo que da de sí la terminología que algunos inventaron en la década de los sesenta!. Pero volvamos al asunto de los mayores. Si Monsieur Pardal propone a Bobbio, yo le reto con Madame Nussbaum, doña Martha.

La señora Nussbaum tiene un breve ensayo acerca de la vejez. Se titula Envejecer con sentido. Conversación sobre el amor, las arrugas y otros pesares, y es una partida dialogada entre ella, profesora de Filosofía en la universidad de Chicago, y Saul Levmore, profesor de Derecho y economía en el mismo centro. Nussbaum tiene 72 años y Levmore 67. Voy a referirme solo a uno de la serie de temas colaterales que estos dos sabios tratan de forma coloquial pero muy seria en este libro:  el asunto de la jubilación de las personas que cumplen una determinada edad. De entrada, Martha Nussbaum nos dice que la vejez está sometida a un estigma social generalizado y virtualmente universal. Las opiniones sobre la vejez están lastradas de estereotipos, mayormente denigrantes sobre ese «estado de la vida», atribuyéndole fealdad, incompetencia e inutilidad. Es un asunto grave este del estereotipo negativo sobre esta fase de la vida cuando la literatura clásica precisamente y por lo general nos ha transmitido lo contrario, la imagen del anciano sabio y al que toda la tribu respeta. Pero concretemos un asunto que sin duda les interesará a mis dos corresponsales.

Leyendo el libro he descubierto que en Estados Unidos la jubilación no es obligatoria. Esto es, cada uno puede seguir en su curro mientras la empresa no lo despida y él no se quiera ir cumplida una edad. Nussbaum nos muestra dos modelos que ella ha conocido: el de Finlandia (y creo que España), donde todo trabajador, sea del sector que sea, cumplidos los 65 años, pasa al retiro sin posibilidad de seguir trabajando y recibiendo la pensión del Estado; y el de Estados Unidos donde ya he dicho que no hay límite de edad para jubilarse. Nussbaum, profesora de universidad acreditada, defiende con uñas y dientes esta última opción porque piensa que en la universidad, si existiera la norma de la jubilación con límite de edad, se produciría una marginación. Ella misma, pasados ya los 70 años, sigue como profesora según veo en la página web de esa universidad. He conocido a amigos universitarios que cuando les ha llegado el número 65 a su biografía han luchado denodadamente, y justamente creo, para que se les concediera el “profesorado emérito”, es decir, seguir hasta los 70 con docencia. Tengo que decir que no he conocido a ningún trabajador manual asalariado que estuviera encantado con prolongar más allá de los 65 años su dedicación a la empresa que le paga. Puede que aquí tengamos ya una cuestión diferencial: el trabajo ‘intelectual’ (universitario en el caso de Nussbaum) y el que se basa prioritariamente en el desgaste ‘físico’ aunque siempre tenga un componente también intelectual. Marcar, seguramente, a todo lo que es trabajo sometido a salario (o retribución de otro tipo) con la misma barra de edad puede que simplifique de forma abstracta algo que es muy diverso y complejo en la realidad. Un piloto aéreo de 70 años seguramente ya no puede estar al mando de un avión –pero sí enseñar experiencia teórica a otros jóvenes pilotos–, pero un profesor de matemáticas de la misma edad puede dar un rendimiento intelectual y pedagógico posiblemente mayor que otro colega de 30 años. Puede enseñar más.

Nussbaum nos dice palabras fuertes: «hay una enorme variedad de ancianos. La jubilación obligatoria, la principal forma de discriminación por edad, es una de las mayores perversiones morales de nuestra época, la próxima frontera que cualquier teoría de la justicia debe franquear […] Estados Unidos ha hecho bien en rechazar la jubilación obligatoria y adoptar leyes contra la discriminación por edad. Todos los países deberían seguir esta línea». Vengamos a Europa: ¿Quién le pone el cascabel al gato?

Esta pandemia está sacando muchas cosas ocultas que funcionan y dan vida a nuestra sociedad y a las que no damos importancia por lo general. Una de ellas es que resulta que ahora el sindicalista es un trabajador indispensable y por tanto excluido de la obligación de permanecer en su casa por la pandemia, según el Decreto que el gobierno ha sacado ayer domingo. Otra es la situación del «estado de vida de la vejez» dentro de nuestras sociedades, sus derechos y sus deberes, sus necesidades, su relación con el mundo productivo y reproductivo, sus límites en esos ámbitos, su papel en la familia y en las colectividades humanas.

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