De senectute

Por Bizco pardal

(En La Malahá, 30 de Marzo 2020)

Cuando Norberto Bobbio  publicó su De senectute tenía 87 años. Estaba en forma. Es un libro bellísimo que muestra la potencia de la cabeza de este testarudo turinés, amigo de nuestro Vittorio Foa, uno de los sindicalistas más fascinantes de la segunda mitad del siglo pasado. Foa tiene un libro maravilloso de recuerdos, Il cavallo e la torre, donde aparece el Bobbio fundador de Giustizia e libertà, el Bobbio académico, el Bobbio padre noble de la  izquierda. Bobbio junto a los leones del comunismo italiano: Togliatti, Amendola, Ingrao; Bobbio junto a los sindicalistas Giuseppe Di Vittorio, Bruno Trentin …   Os recomiendo el De senectute, que está traducida al castellano por Esther Benítez.

Javier del Pino en la SER, esta mañana, se hacía cruces porque había leído en varios diarios –y oído en algunas informaciones en televisión–  que hay tantas personas infectadas por el coronavirus, «pero el 30 por ciento son ancianos». Alto ahí: ¿qué quiere decir e insinuar ese «pero»?, ha interpelado Javier del Pino. Veo en google que el periodista tiene 56 años por lo que su observación nada tiene de etaria sorpresa corporativa,  sino de perplejidad indignada de matriz intelectual. Yo no sé cómo interpretar ese pero. Porque sería incapaz, en el fondo –a mis cerca de ochenta años— de disimular mi indignación corporativa. Es evidente, no obstante, que desde hace algún tiempo el de senectute (las cosas de la vejez) en ciertos sectores se miran con otros ojos. Ojos inmisericordes, de exclusivo utilitarismo económico.

Empezó madame Lagarde, entonces madre abadesa del Fondo Monetario Internacional, a abrir camino: hay que recortar las prestaciones y retrasar la edad de jubilación ante «el riesgo de que la gente viva más de lo esperado». Es decir, la biografía de las personas debe estar en función de lo que diga la ideológica econometría de tan desparpajada señora. En definitiva, la vejez tiene el límite de la subjetiva viabilidad que el FMI conceda a los sistemas públicos de protección. Lagarde abrió camino. Ya no se trataba sólo de neoliberalismo puro y duro. Lagarde se convertía en Dios, que creaba los algoritmos ideológicos al servicio de la duración de la vida de las personas. Ella no tendría problemas, porque iría encadenando puertas giratorias a porrillo para que siga teniendo (algo) más que un buen pasar para cuando le llegue la vejez.

Este neoliberalismo (sector homicida) ha tenido seguidores: determinados gobernantes de la «muy católica» Polonia han dicho cosas similares y tan directas como las de Lagarde. Y recientemente el premier holandés, Mark Rutte, del Partido Popular Europeo, ha escupido a través del colmillo cosas similares. En resumen, se trata de una batalla en toda la regla con el objetivo de convertir la economía neoliberal en el único dios verdadero. En este sentido von Hayek sería simplemente un Juan el Bautista. Aquel Mont Pelerin convertido en el rio Jordán.

Estas novedades han aparecido también en España. No es por casualidad ese «pero», que alarma a Javier del Pino. En realidad es algo muy sutil: los viejos viven cada vez más; los viejos han puesto en crisis los sistemas públicos; los  viejos, los viejos, los viejos…  Porque, en el fondo, eso de los viejos se ha convertido en un problema político para la derecha. Los viejos son, efectivamente, más viejos. Pero –no hay paradoja en ello–  también son cada vez más jóvenes. Y de la antigua pasividad de los viejos se ha pasado a un activismo sostenido: son esas plataformas que luchan en defensa y exigencia de mejores pensiones, que llevan más de un año de movilizaciones. Un movimiento que está poniendo de los nervios a los sindicatos confederales, que –no me explico sus razones–  han visto cómo tales movimientos les miraban por el rabillo del ojo.

De senectute. De ahí sacamos una cita que expresa la potencia intelectual del maestro Bobbio: «Sólo quiero decir que siempre me han parecido más convincentes las razones de la duda que las de la certeza». 

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